Análisis
Puentes abiertos entre Estados Unidos e Irán

El 14 de julio se firmó un acuerdo que parece poner fin a la llamada “crisis nuclear iraní” y que supone un reconocimiento al poder ascendente de Irán en la región.

23/07/15 · 8:00
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Con demasiada frecuencia se catalogan como históricos algunos acontecimientos que, en realidad, no serán contemplados por la historia más que como episodios anecdóticos. No es éste el caso que nos ocupa. El acuerdo en torno al programa nuclear iraní alcanzado en la Cum­bre de Viena el 14 de julio evita, al menos durante diez años, que el programa nuclear iraní tenga derivaciones militares y abre las puertas a una normalización de relaciones entre Irán y el mundo occidental. El acuerdo establece, además, que las centrales nucleares iraníes podrán ser inspeccionadas por la Organización Interna­cio­nal de la Energía Atómica, e Irán se verá obligado a deshacerse de la mayor parte del uranio que ha enriquecido hasta el momento. A cambio logra que la comunidad internacional levante las sanciones que asfixian la economía iraní.

De las declaraciones efectuadas por sus firmantes podría parecer que el acuerdo no tiene ganadores ni perdedores, pero no es así. El progresivo levantamiento de las sanciones internacionales permitirá a Irán recuperar parte del terreno perdido en los últimos años en el seno de la Organización de Países Exportado­res de Petróleo. Debe tenerse en cuenta que Irán atesora las cuartas reservas mundiales de petróleo en su subsuelo: una décima parte de las reservas existentes.

Hoy en día exporta un millón de barriles de crudo diarios, frente a los dos millones y medio que producía en el pasado. La culpa de esta reducción la tienen las sanciones internacionales y la obsoleta industria petrolífera del país, diezmada por años de embargo y necesitada de inversiones inmediatas para recuperar su productividad. Otro elemento clave del acuerdo es la devolución a Irán de los 150.000 millones de dólares bloqueados en el extranjero desde hace décadas, lo que dará un balón de oxígeno a la economía iraní y permitirá que la población note, en su día a día, las ventajas del acuerdo.

Pero quizás lo más relevante sea que, al firmar el acuerdo, EE UU y el resto de integrantes del G5+1 (Ru­sia, China, Francia, Reino Uni­do y Alemania) reconocen el poder ascendente de Irán en la región. En tiempos no tan remotos, las potencias coloniales acostumbraban a imponer sus designios por la fuerza de las armas. En esta ocasión se ha optado por la vía de la negociación, conscientes de que Irán se ha convertido en un actor clave en Oriente Medio y que su contribución es vital para estabilizar los múltiples fuegos que se extienden en países como Siria, Iraq y Yemen y para combatir a quien parece haberse convertido en el enemigo número uno de Occi­dente: el autodenominado Esta­do Islámico, cuyo poder de destrucción no ha dejado de crecer desde la proclamación del califato hace un año.

Paso de gigante

Por último, cabe señalar que Irán ha dado un paso de gigante a la hora de normalizar sus relaciones con los paí­ses occidentales. De hecho, Reino Unido ya ha anunciado su voluntad de reabrir su embajada en Teherán a finales de 2015. Probablemente el restablecimiento de relaciones entre Teherán y Washington tendrá que esperar más tiempo, entre otras cosas porque el Departamento de Esta­do todavía incluye a Irán entre los países que financian el terrorismo, pero llegará pronto si el acuerdo se aplica sin contratiempos.

Al rubricarlo, EE UU reconoce, en cierta medida, que Israel y Arabia Saudí, sus tradicionales aliados desde la Guerra Fría, no están en condiciones o interesados en poner fin a las múltiples crisis que sacuden la región. Es, por lo tanto, un cambio sin precedentes que modifica la distribución de fuerzas sobre el terreno. Lo anteriormente dicho no quiere decir, ni mucho menos, que Washington vaya a distanciarse de Tel Aviv o Riad de la noche a la mañana, sino más bien que opta por reequilibrar sus alianzas regionales. Tras 35 años de aislamiento ininterrumpido a Irán, EE UU no puede permitirse el lujo de seguir considerando a dicho país como un paria.

El presidente Barack Obama también tiene razones para mostrarse razonablemente satisfecho. Aunque todavía no es un ‘pato cojo’, Obama lleva ya seis años y medio en la Casa Blanca y sus éxitos en la escena internacional, más allá del acercamiento a Cuba, brillan por su ausencia. Durante su primera legislatura, Obama intentó, sin demasiado éxito, hacer entrar en razón al Gobierno israelí para que frenase la colonización y reanudase el proceso de paz con los palestinos. Ante este fracaso, las negociaciones con Irán representaban la última oportunidad para dejar una impronta positiva en un Oriente Medio cada vez más convulso. Lo ha hecho, además, con la abierta oposición de la mayoría republicana, que probablemente rechazará el acuerdo en el Congreso en las próximas semanas. También ha tenido que sortear los múltiples obstáculos que Israel y su primer ministro, Benjamin Netanyahu, han colocado a lo largo del camino. No obstante, la activa movilización del lobby proisraelí en EE UU ha sido incapaz de frenar el acuerdo, entre otras cosas porque el influyente AIPAC ha perdido protagonismo y se ha visto perjudicado por la irrupción de J Street, más próximo a los demócratas, que ha ejercido como contrapeso mostrándose favorable al histórico acuerdo.

Así las cosas, parece claro que el gran perdedor es Israel y su actual gobierno. En los últimos años, Ne­tan­yahu ha repetido hasta la saciedad que Irán no representaba una amenaza sólo para Israel, sino para el mundo entero, y que un acuerdo fortalecería a Irán e intensificaría el terrorismo internacional. También se ha dirigido en varias ocasiones al Congreso y al Senado estadounidenses para tratar de presionar a la Administración Obama con movilizar sus peones para boicotear el acuerdo. Estas maniobras no sólo se han mostrado contraproducentes, sino que además han evidenciado el creciente aislamiento de Netanyahu ante una comunidad internacional que se ha congratulado de manera generalizada ante el acuerdo alcanzado. Al Gobierno radical israelí no sólo le inquieta el fortalecimiento del régimen de los ayatolás, su principal enemigo en la región, sino la posibilidad de que un Obama reforzado aproveche la nueva coyuntura para tratar de resucitar el proceso de paz e imponer una solución basada en la fórmula de los dos Estados, lo que supondría un ataque en la línea de flotación del Gran Israel que defiende Netanyahu.

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