Lecciones de la experiencia griega
Europa, Syriza y el euro

El 'acuerdo' recientemente certificado por el Eurogrupo para la puesta en marcha de un tercer plan de austericidio para Grecia pasará a la historia como el momento más oscuro de la reciente construcción europea. Se trata de una paz cartaginesa diseñada para aplastar cualquier cuestionamiento de la austeridad en Europa, y para afirmar la hegemonía alemana en el continente.

21/07/15 · 12:33
Manifestación tras el acuerdo alcanzado por Tsipras con la Unión Europea. / Ángel Ballesteros

El 'acuerdo' recientemente certificado por el Eurogrupo para la puesta en marcha de un tercer plan de austericidio para Grecia pasará a la historia como el momento más oscuro de la reciente construcción europea. Se trata de una paz cartaginesa diseñada para aplastar cualquier cuestionamiento de la austeridad en Europa, y para afirmar la hegemonía alemana en el continente. La brutalidad del acuerdo se acrecienta por lo que supone de humillación para el pueblo griego, así como para su gobierno, obligado a llevar adelante un plan absolutamente contrario a su programa electoral. Se trata de un duro golpe a los proyectos de transformación de la Europa neoliberal impuesta por el Directorio europeo.

Sin embargo, la experiencia de Syriza en estos duros meses de negociaciones ha tenido un claro efecto revelador. Como señala Rafael Poch, “el Politburó de Bruselas, su régimen de soberanía limitada, su ideología (el estalinismo de mercado) y su comportamiento antidemocrático, se han hecho más obvios para más y más ciudadanos europeos”. En efecto, la derrota sufrida por Syriza en el proceso de negociaciones no debe impedirnos ver la aportación de la experiencia griega en lo que tiene de revelador para las izquierdas europeas en general, y para la española en particular. Es momento de extraer algunas conclusiones provisionales con el fin de coger un nuevo impulso, y madurar la alternativa de la izquierda transformadora para Europa. Tanto los aciertos como los errores de Syriza son en este sentido de gran utilidad.

Una negociación reveladora

La negociación llevada a cabo por Syriza ha permitido mostrar muy a las claras los ejes que están marcando la política europea, y que han intervenido de manera decisiva en la gestión de la crisis griega. En primer lugar, resulta evidente que se ha consolidado de manera definitiva un eje económico entre países acreedores y deudores, con Alemania de nuevo como potencia hegemónica en Europa. En segundo lugar, comienza a consolidarse un eje ideológico de oposición a la gran coalición en Europa. En los países del sur aparecen movimientos de izquierda antiausteritaria como Syriza y Podemos. En el norte y el este de Europa, la oposición a la gran coalición aparece por desgracia desde movimientos populistas de extrema derecha. En tercer lugar, se evidencia claramente la existencia de un eje geoestratégico entre dos polos principales de atracción: Estados Unidos y Rusia. Entre estas dos potencias militares en conflicto (explícito en el caso de Ucrania) se encuentra una Unión Europea carente de un sistema de defensa propio. En cuarto lugar, se constata la existencia de un eje político entre las instituciones supranacionales y la soberanía de los Estados. Por último, se hace patente la existencia de un eje de clase entre una burguesía financiera transnacional todopoderosa y unas clases populares cada vez más desposeídas e impotentes.

De estos ejes, el que parece haber tenido un mayor peso en las negociaciones es el eje ideológico. El propio Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, lo reconocía abiertamente y sin ningún disimulo en una entrevista recientemente publicada en el diario El Mundo: “Tengo mucho miedo del contagio ideológico, no financiero”. Tusk, después de declarar su adhesión al ordoliberalismo alemán (la versión alemana del neoliberalismo, que Tusk califica como “muy pragmático, sin ideología, sin falsas ilusiones”) afirma que Europa cometió un error a finales de 2014 cuando fue intransigente con Samarás, dando en bandeja las elecciones a Syriza, pues “sin duda, Samarás era más cooperativo cuando se trataba de la sustancia de las discusiones. Reformas y medidas. El proceso de negociación del tercer programa habría sido más fácil”. No se puede hablar más claro.

Mientras que la prensa generalista sigue ofreciendo el pobre espectáculo de la inevitabilidad del programa económico impuesto a Atenas, las negociaciones han puesto de manifiesto el carácter eminentemente político de la economía. La deuda, además de ser una relación económica, se ha mostrado como una relación política entre acreedores y deudores, entre dominantes y dominados. Así pues, Grecia contaba con un elemento muy importante en su contra en las negociaciones: había que evitar el “contagio ideológico”. Un éxito en las negociaciones de Syriza (por ejemplo con el reconocimiento de una quita de una parte de la deuda) habría supuesto un incentivo a la rebeldía en los países deudores, especialmente en el caso de Podemos en España. Un castigo ejemplarizante era la mejor manera de evitar contagios indeseados. El ordoliberalismo alemán, pragmático y sin falsas ilusiones, debía prevalecer. Esta es una lección que habrá que tener muy en cuenta en el futuro.

El euro, una losa para la periferia

Una segunda lección a extraer de las negociaciones es que el cuestionamiento al Euro es ya un elemento ineludible para la izquierda transformadora. Resulta evidente que el arma principal de los acreedores frente al gobierno griego ha sido el debilitamiento de su sistema bancario mediante la utilización del Banco Central Europeo (BCE). Syriza ganó las elecciones el 25 de Enero de este año. El 5 de febrero, tan solo unos días después, el BCE lanzaba el primer ultimátum al nuevo gobierno: la entidad presidida por Mario Draghi anunció que dejaría de admitir los títulos de deuda griega como colateral a partir del 11 de febrero. Sin duda el posicionamiento del BCE fue claro desde el principio. Como señala Jean- Pierre Chevènement, el diseño de la eurozona convierte a Draghi en el soberano de Carl Shmitt: aquel que decide sobre una situación excepcional.

La raíz de este inmenso poder del BCE hay que buscarla en el defectuoso diseño de la moneda única. En la génesis del euro, el debate se centró en las diferencias ideológicas entre aquellos que defendían la creación de una Zona Monetaria Óptima (ZMO) con anterioridad a la moneda única, y las tesis monetaristas que defendían que la creación de la moneda única podía llevar con posterioridad a la convergencia de las políticas económicas. Se impusieron las tesis monetaristas, y la moneda única se puso en funcionamiento sin la creación de un “mecanismo de reciclaje de excedentes” (en expresión de Varufakis) que permitiera reequilibrar las economías de la eurozona.

El agrupamiento de economías diferentes bajo una misma moneda impide a las economías más débiles devaluar sus monedas para ganar en competitividad. En lugar de llevar a la convergencia de las economías, como predecían los monetaristas, el Euro ha llevado a un agravamiento de las diferencias entre el centro y la periferia europea: un euro sobreevaluado favorece a las economías del centro en detrimento de las de la periferia. Sin transferencias fiscales masivas del centro a la periferia, estas diferencias no pueden hacer más que acrecentarse.

Además, la pérdida de soberanía monetaria obliga a los estados de la periferia a devaluar sus economías vía salarios, disminuyendo por tanto la demanda interna. Esta pérdida de soberanía delega pues la política monetaria en un BCE diseñado a imagen y semejanza del Bundesbank, pues según los tratados de la UE, el BCE tiene como objetivo fundamental la estabilidad de precios. Este diseño ordoliberal le ha impedido actuar como la Reserva Federal norteamericana mutualizando las deudas de los países periféricos. Además, el “arma definitiva” del BCE en el caso de Grecia ha estado en su condición de “prestamista en última instancia”. Al ser el último garante de la liquidez de los bancos griegos, el BCE contaba con la posibilidad de asfixiar al gobierno haciendo temblar su sistema financiero.

Estos hechos ponen de manifiesto que no es posible una transformación progresista de Europa en el marco del euro y de las actuales instituciones y tratados, y que el cuestionamiento del Euro (y en última instancia la decisión de salir del mismo) es una condición necesaria (aunque no suficiente) para el éxito de cualquier estrategia de gobierno que pretenda una transformación de las estructuras de dependencia actuales. Esta segunda lección es crucial para los países del sur. El Euro, en todo caso, ya ha fracasado, pues en lugar de unir a los pueblos de Europa ha llevado a una mayor divergencia de las economías.

La imposible federación

Frente a esta situación, la estrategia de la socialdemocracia ha consistido en una clara apuesta por la federación europea, en una huida hacia adelante en la cesión de soberanía de los Estados. Según su razonamiento, la solución a la crisis europea pasa por completar la integración con una unión política y fiscal, que permita reequilibrar las divergencias entre las diferentes regiones. Sin embargo, esta integración es imposible por dos razones: una política y otra económica.

En primer lugar, la razón política es la inexistencia de una “nación europea” que pudiera sustentar esta nueva democracia europea. El peso de los Estados- Nación en Europa sigue siendo fundamental en la cultura política de los ciudadanos. Se puede objetar que los sentimientos nacionales se construyen, y que por lo tanto se puede construir también un sentimiento de pertenencia europeo. Sin embargo, esto solo puede ser cierto a medio y largo plazo. Como señala Varufakis en su “modesta proposición”, si Europa debe esperar a federarse, se desintegrará primero.

En segundo lugar, la razón económica es la imposibilidad de que las economías del centro se dispongan a hacer las transferencias necesarias para equilibrar sus economías con las de la periferia. Jaques Sapir ha tratado de cuantificar las transferencias que serían necesarias para equilibrar estas economías dado el alto grado de heterogeneidad de la zona Euro. Según sus estimaciones, las transferencias necesarias serían del orden de 257.000 millones de euros al año, financiadas en un 90% por Alemania (es decir, entre un 8% y un 9% de su PIB). ¿Existe todavía alguien que piense que este es un coste asumible por cualquier partido político alemán? ¿Acaso los contribuyentes alemanes están dispuestos a financiar este coste, teniendo Alemania en estos momentos la posición hegemónica en Europa? La respuesta a ambas preguntas sólo puede contestarse con un rotundo no.

Así pues, la contradicción política fundamental en la que se encuentra la construcción europea en estos momentos consiste en el hecho de que la cesión de soberanía de los Estados no se ha visto compensada por la creación de una verdadera democracia europea. El Parlamento Europeo no ejerce como un verdadero parlamento, pues las decisiones fundamentales se toman en el Eurogrupo, la Comisión y el BCE, instituciones ajenas al escrutinio democrático. Frente a esta situación, es necesario repensar la relación entre los Estados- Nación y Europa. ¿Es posible la construcción de una Europa respetuosa con la soberanía de los distintos pueblos que la conforman? ¿Estamos ante una contradicción insalvable entre soberanía y construcción europea?

La izquierda transformadora debe responder a estas preguntas pensando en una nueva propuesta para Europa, que cuestione tanto el ordoliberalismo imperante como el federalismo imposible, y que frente a los populismos de extrema derecha y los neofascismos no concluya únicamente en un repliegue en los Estados- Nación. La apuesta confederal aparece así como una apuesta razonable. Un ejemplo de cómo se podría concretar esta apuesta es el de la moneda común.

De la moneda única a la moneda común

La moneda común fue en los años 80 la apuesta de Inglaterra en lugar de la moneda única, aunque finalmente fue descartada. ¿Qué implica la idea de transitar hacia una moneda común? Como señala Frédéric Lordon, la moneda común restaura la posibilidad de un ajuste de los tipos de cambio evitando la inestabilidad de un sistema de monedas nacionales separadas. Las características que señala Lordon son las siguientes:

Instituye una monede europea (el euro) pero manteniendo las denominaciones nacionales (euro-franco, euro-peseta, euro-marco, etc.). Las denominaciones nacionales tienen cada una paridad fija respecto del euro, que sería la divisa utilizada en los intercambios internacionales. Las denominaciones nacionales son convertibles entre ellas, pero únicamente a través del BCE, por lo que la convertibilidad directa entre agentes privados sería prohibida (eliminando la inestabilidad inherente de los mercados de divisas de la ecuación). Por último, las paridades fijas de las denominaciones nacionales en relación al Euro deben ajustarse por procesos políticos.

La construcción de la moneda común permitiría pues obtener lo mejor de los dos mundos: por una parte, se protege a las monedas nacionales de la inestabilidad de los mercados de cambio internacionales. Por otra, permite el ajuste de las tasas de cambio de las divisas a nivel intraeuropeo. Como señala Chevènement, la transformación del euro en moneda común permitiría a cada país recuperar cierta soberanía monetaria. Los países del sur dejarían de tener la losa de una moneda sobrevalorada sobre sus cabezas y Alemania, por su parte, podría revaluar su marco salvaguardando su sistema de pensiones. Al mismo tiempo, se mantendría una estructura de cooperación entre los países europeos a nivel de su política monetaria, cooperación necesaria en el marco de la inestabilidad de los mercados de divisas internacionales.

Hacia una Europa de los pueblos

La moneda común es tan sólo una muestra de cómo es posible salvar la aparente contradicción entre soberanía nacional y construcción europea. Se demuestra así que la alternativa ante la que se situó al gobierno de Syriza entre un Grexit desordenado y la aceptación del plan de rescate para mantenerse en el Euro no era más que un chantaje impuesto al gobierno griego con el objetivo de derrotarlo en las negociaciones. Frente a esta disyuntiva, el gobierno de Alexis Tsipras se encontraba acorralado, con el resultado que todos conocemos.

Decía Jesús Ibáñez que cuando algo es necesario pero imposible, hay que cambiar las reglas del juego. Hoy las reglas las dicta Alemania, que ha inscrito en los tratados de la unión su visión ordoliberal de Europa. Las instituciones europeas, en su propio funcionamiento, responden a este diseño. Frente a ello, es necesario imaginar otra Europa posible, respetuosa de la soberanía de los pueblos que la constituyen, pero capaz de cooperar para enfrentarse a los retos de la mundialización. Para ello, es necesario deslegitimar a las élites europeas, al Directorio de tecnócratas y políticos mediocres que dirige hoy la Unión siguiendo los dictados del capital financiero. En esta tarea de deslegitimación, se piense lo que se piense del resultado de las negociaciones, la valentía del pueblo griego y de su gobierno ha sido fundamental.

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