Geopolítica
El laberinto afgano y la guerra de baja intensidad

En el contexto de la nueva ronda de conversaciones entre el Gobierno y los talibanes, el autor aborda el laberinto afgano en su marco geoestratégico, con una partición del país como posible salida a la guerra interminable.

, Kabul, Herat, Mazzar el Shariff
20/07/15 · 13:23

A principios de julio y en suelo pakistaní empezaba una nueva ronda de conversaciones entre el gobierno afgano y la insurgencia talibán, para alcanzar no se sabe bien qué tipo de acuerdo. La iniciativa no significa que, finalmente, este ya enésimo y rutinario encuentro tenga éxito alguno. La historia reciente nos recuerda de forma clara e inequívoca que los contactos entre gobierno y talibanes nunca se suspendieron pese a la guerra –al mandato de Karzai, presidente de Afganistan de 2001 a 2014, nos remitimos–, contactos que tampoco paralizaron los enfrentamientos armados. De hecho, mientras se producen estas últimas conversaciones, quizás más formales que de fondo, la guerra silenciosa sigue su camino con normalidad.

En realidad, los combates forman parte de la escena político-social de la vida afgana. Aunque en las últimas semanas hayan trascendido noticias de impacto inmediato en los medios internacionales como Al Jazzeera o la BBC News –tales como la detonación de un coche bomba suicida contra el Parlamento el pasado 21 de junio, o el ataque, también suicida, contra un convoy militar de la OTAN, a unos escasos 500 metros del búnker que constituye la embajada norteamericana en Kabul–, lo cierto es que la TV local muestra de Son combates que han de enmarcarse en un estado de guerra abierta de baja intensidad en la que los talibanes ya se desenvolvieron con éxito forma diaria choques armados entre las diferentes fuerzas en distintas provincias del país. Eso sí, quizás en lugares y en grados no tan atractivos como para publicar a nivel internacional. Es posible que se trate de refriegas y escaramuzas entre pequeñas unidades en zonas de prioridad secundaria para los estrategas militares foráneos y del Gobierno afgano. O para decirlo en otros términos, secundarias para las capacidades operativas actuales del Ejército nacional, que sin el paraguas de las tropas norteamericanas y de la OTAN queda totalmente desamparado para controlar por entero todo el territorio. Pero son combates que no dejan de enmarcarse en un estado de guerra abierta. Una forma de guerra de baja intensidad en la que los talibanes ya se desenvolvieron con éxito antes de controlar buena parte del país en los años 90. Una forma de guerra que constituye un marco perfecto para ellos, puesto que la conquista de un puesto de control en una carretera secundaria no deja de ser un logro significativo, como sucedió hace pocas semanas a 10 km de Sarangan, a una hora y media al este de Mazzar el Shariff, en una provincia que hasta este último invierno era estable y libre de injerencia talibán. Conquista que destacaba justo en el momento en que el Ejército afgano debía asumir la competencias absolutas para el control militar del país ante la retirada de las tropas extranjeras. Es más, a tan sólo una hora de Kabul, los talibanes patrullan las calles de algunas localidades de forma abierta y sin injerencia gubernamental.

Geoestratégicamente parece claro que el Gobierno no tiene capacidades reales para controlar amplias zonas del país, esto es, para controlar el inmenso medio rural más allá de ciudades y poblaciones destacadas. Geopolíticamente puede entenderse que lo que Kabul –la capital del país y sede del Gobierno afgano– está haciendo es aceptar cierto statu quo: una repartición del territorio entre la insurgencia talibán y sus propias fuerzas. Una tesis que podría parecer descabellada, pero que tomaría visos de realidad si observamos los pormenores de la sociedad afgana. Afganistán se mueve en varios planos que se yuxtaponen entre y sobre sí mismos, y la confluencia de las características religiosas, sociales y políticas convierten el escenario en un laberinto de una complejidad absoluta. El país es preponderantemente de etnia dari y pashtún, con la presencia en menor grado de uzbekis, turkmanos, tajgicos o baluch. Los primeros hablan dari o farsi, mientras que los pashtunes hablan pashtu. Los pashtunes afganos comparten muy estrechos vínculos con los pashtunes pakistaníes, lo cual no ocurre con los dari, cuya lengua es de origen persa, y cuyos hábitos sociales son más aperturistas que los de los conservadores y tradicionales pashtún. Los talibanes, cuyo objetivo es la imposición de la Sharia, y la prohibición de cualquier atisbo de influencia cultural occidental, son pashtún. Tanto éstos como los dari son de la rama sunní del islam, al igual que lo era Al Qaeda, en la misma línea que Pakistán y al contrario que el vecino Irán, que pertenece a la rama chií. El anterior presidente de Afganistán, Hammid Karzai –hombre fuerte de los Estados Unidos en el tablero de juego local posterior al desalojo de los talibanes del poder–, es pashtún y a la vez sunní, y mantuvo una política de conciliación con los talibanes aprobada por Washington, esto es, mantuvieron siempre una línea de diálogo abierta.

El actual presidente, Ashraf Ghani, también sunní y pashtún, parece tender a confeccionar unas relaciones más estrechas con Islamabad –capital del vecino Pakistán y aliado clave de los Estados Unidos–, posiblemente tanto por sus propias líneas políticas como por el hecho El anterior presidente de Afghanistan, Hammid Karzai mantuvo una política de conciliación con los talibanes aprobada por Washington de que ya no posee un paraguas de protección tan amplio como tuvo en su momento Karzai. La retirada de las tropas norteamericanas y de la OTAN hace que su posición sea más débil ante la insurgencia talibán, apoyada por Pakistán y por Arabia Saudí, aliados a su vez de Estados Unidos. Arabia Saudí es una aliada de Israel en sus ataques a los grupos chiís en Yemen  –a su vez aliados de Irán y Hezbolá–, y financia económicamente a los talibanes, los cuales se nutren de los fondos saudíes para captar jóvenes sin ninguna oportunidad en una sociedad al borde de la quiebra económica, aumentando de este modo su capacidad militar. En los años 90 fueron Arabia y Pakistán los primeros Estados en reconocer diplomáticamente al régimen de Kabul bajo dirección talibán, al que los Estados Unidos defenestró en 2001 por ofrecer cobertura a Al Qaeda, cuyo líder su vez provenía de una importante familia saudí. Por su parte, la facción armada chií afgana, operativa en el centro del país y que combate a los talibanes, recibe financiación iraní. Para complicar el tablero regional, es más que posible que en los próximos meses esta facción afgana chií entre en guerra contra el mismo enemigo al que Irán, vía el armamento y entrenamiento de sus aliados locales, combate en el frente sirio/iraquí de forma abierta: el ISIS o Estado Islámico.

Porque, para sumar más complejidad aún a todo este escenario político, hay que tener en cuenta que actualmente otro actor internacional ha aparecido en Afganistán con una fuerza nada despreciable, el ISIS o Estado Islámico, muy activo recientemente en la provincia de Narganhar y en diversas áreas a lo largo de la frontera con Pakistán, zona en la que están ganando terreno a costa de la insurgencia talibán, de la que proceden los integrantes de dicha rama afgana. Como es el caso de Shahidullah Shahid, destacado comandante del ISIS, abatido en un ataque de drones norteamericanos el pasado 8 de julio según informaba el NDS (la agencia de inteligencia afgana), y antiguo miembro desafecto de los talibanes, de los que se separó, al igual que otros cuadros, debido a que éstos En medios locales se apunta ya a la división del país en territorios independientes como una posibilidad para alcanzar una solución consideraban las expectativas de retomar Kabul muy distantes. Es precisamente el uso de drones por parte de Estados Unidos, en su particular y unilateral guerra contra el 'terror' vía la misión Freedom Sentinel, lo que se convierte en combustible para el crecimiento de las diferentes facciones operativas y el aumento del sentimiento antigubernamental. En los últimos seis meses han sido abatidas 400 personas civiles y combatientes en territorio afgano vía ataques de drones, los cuales son utilizados mucho más allá de lo establecido en el BSI o Acuerdo de Seguridad Bilateral entre el Gobierno afgano y Estados Unidos.

En este escenario laberíntico, con implicaciones nacionales e internacionales muy marcadas, es prácticamente imposible en la actualidad vislumbrar un panorama en que alguna mesa de negociaciones alcance resultados de ningún tipo. En medios locales se apunta ya la división del país en territorios independientes como una posibilidad, no exenta de dificultades, para conseguir o alcanzar una solución viable a los conflictos del país

Tags relacionados: Afganistán Guerra Pakistán
+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0

Tienda El Salto