Vida y muerte del minotauro europeo

El autor analiza la correspondencia entre patrón oro y democracia a finales del siglo XIX, y su equivalencia entre el euro y el capitalismo financiero cien años después.

, analista económico
10/07/15 · 8:00
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Un grafiti con un minotauro. Foto: Landahlauts.

Uno no podía tener democracia y patrón oro al mismo tiempo, recuerda Barry Eichengreen, experto en sistemas monetarios internacionales, cuando analiza el colapso de aquel régimen de tipo de cambio fijo hace justo cien años.

El patrón oro no era más que el de la libra esterlina, fundado sobre las constantes y grandes plusvalías económicas que obtenía la potencia hegemónica, Gran Bretaña, gracias a su imperio colonial.

Ese sistema monetario imponía una férrea disciplina fiscal: si un país importaba más de lo que exportaba debido a los altos precios de sus productos, entraría en déficit comercial e, inevitablemente, en una crisis de deuda que sólo se podía ajustar bajando los salarios de la clase trabajadora, muchas veces por debajo del nivel de subsistencia.

De ese modo, la misma sostenibilidad del patrón oro estaba fundada sobre la represión estructural de los trabajadores europeos y los sujetos coloniales, aún poco organizados para resistir esas devaluaciones periódicas. Cuando los países europeos se convirtieron en democracias y les dieron derecho al voto, el patrón oro, Eichengreen concluye, devino sistémicamente insostenible.

En la farsa actual, el rol de Gran Bretaña lo lleva a cabo Alemania y el del patrón oro, el euro

Es ya un tópico afirmarlo, pero, como dijo Marx, la historia se repite, primero como tragedia, luego como farsa. En la farsa actual, el rol de Gran Bretaña lo lleva a cabo Alemania y el del patrón oro, el euro, instituido en los 90 bajo la ideología triunfante del momento, el capitalismo financiero.

Bajo el euro, al igual que hace cien años, los gobiernos en déficit ya no podrían devaluar sus monedas y sólo podrían atenerse a la disciplina fiscal "llevando a cabo las reformas estructurales necesarias" en jerga eurocrática, es decir, reprimiendo salarios y desmantelando beneficios sociales.

Los primeros trabajadores en sufrir la austeridad del euro fueron, irónicamente, los alemanes, con las reformas de Schröder a mitad de los 2000
Los primeros trabajadores en sufrir la austeridad del euro (o, en palabras de Jeffrey Sachs, estalinismo de mercado), fueron, irónicamente, los alemanes, con las reformas de Schröder a mitad de los 2000: la dura represión salarial, simbolizada en el auge de los precarios mini-jobs, se tradujo en pingües beneficios empresariales.

Es ley económica, nos recuerda Varoufakis: estas plusvalías tendrían su reverso complementario en los déficits del sur de Europa, inevitablemente desatando burbujas de crédito (privado en España e Irlanda; público en Italia y Grecia) a modo de tsunami debido a la peculiar arquitectura financiera del euro.

¿Quién medió estos enormes influjos de dinero europeo en el sur, consiguiendo un poder político incontestable en el proceso? En Grecia fue lo que Varoufakis llamó el "triángulo del pecado", una alianza de carácter oligárquico entre banqueros, constructores y medios de comunicación, a los que tendríamos que incluir políticos (y cajas de ahorros en el caso español).

El colapso de Wall Street en 2008 supuso el impago unilateral de muchas deudas a los bancos alemanes, que se habían expuesto enorme e irresponsablemente a la burbuja inmobiliaria americana: por ejemplo, el Deutsche Bank poseía un 10% de las casas vacías de Baltimore.

En ese contexto, el flujo internacional de crédito se congela y el primero en padecerlo es, claro está, el eslabón más débil en la arquitectura financiera del euro: el Gobierno griego, que a finales de 2010 se declara incapaz de pagar sus deudas a sus acreedores, los bancos francoalemanes (y, por extensión, a sus ahorradores) y fondos institucionales (como compañías de seguros o planes de pensiones). Se teme un efecto contagio a otros países (sobre todo España), explicando los tremendos vaivenes en los precios de sus deudas públicas, las famosas primas de riesgo.

El sistema financiero europeo –sobre todo francoalemán– parece en peligro y tiene que ser rescatado: entre 2011 y 2012 el Banco Central Europeo prestaría un billón de euros al 1% a los bancos europeos para que el crédito fluyera (sin éxito), al mismo tiempo que se utilizaría a los países endeudados como vehículos subsidiarios para el pago de la deuda.

En esos rescates (Irlanda, 85.000 millones; Portugal, 79.000; España, 100.000), los contribuyentes europeos les prestarían para que pagaran a los acreedores privados, mientras que ellos pondrían los intereses.

Así, de los 284.000 millones de dólares que Grecia recibió desde 2010, sólo un 8% llegó a la población griega, mientras que el 92% restante fue a las instituciones financieras griegas y europeas.

De los 284.000 millones de dólares que Grecia recibió desde 2010, sólo un 8% llegó a la población griega, mientras que el 92% restante fue a las instituciones financieras griegas y europeas

A cambio, se obligó a estos países a recortar sus déficits vía represión salarial, privatizaciones y desmantelamiento del Estado de bienestar, deprimiendo la demanda interna y así sumiendo al sur de Europa en una gravísima recesión económica. A un tremendo coste humano, la Troika calculó que se podría llegar a superávits para el pago de la deuda que la mayoría de economistas siempre reconocieron como totalmente irrealizables.

Lo que pasaría, en cambio, sería convertir la galopante deuda griega en totalmente impagable. Un caso clásico de socialización de pérdidas, aunque en forma de rescate bancario encubierto: sólo así y apelando de modo chovinista a peculiaridades nacionales como el de sureuropeos vagos y manirrotos, la Troika podía ocultar la realidad a sus propios electorados: ante la enésima crisis estructural del capitalismo, sus políticos y sus banqueros les habían estafado.

Ahora bien, la peculiar gestión de la crisis europea, con un BCE sin mandato democrático en cabeza, se ha traducido en una fuga de capitales constante, pero en sentido inverso al de los años 2000, desatando una burbuja de deuda en el norte y despolitizando a sus electorados.

Ahora que los acreedores privados ya no están nada expuestos a un default griego, un Grexit es cada vez más factible. Esta vez, el peligro de contagio ya no es económico vía prima de riesgo, sino político: viendo el sufrimiento que las élites europeas no tienen reparos en imponer vía moneda única, es muy posible que otros países como España, en el dilema entre democracia y euro que Eichengreen nos evoca, escojan democracia.

Pero esto implica llevar a cabo auténticas "reformas estructurales": deshacerse de nuestros "triángulos del pecado" nacionales.

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comentarios

1

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    10/07/2015 - 6:45pm
    Espléndidro artículo, Varoufakis tenía razón, la crisis griega lo demuestra, el minotauro global devora a los países de la periferia con sus excedentes mal reciclados. Por eso estamos otra vez en las mismas. Los viejos europeos blancos, tan civilizados, diciéndole a sus colonias y protectorados qué deben hacer. Si el patio trasero del Consenso de Washington era Latinoamérica, el patio trasero del Consenso de Maastritch es el sur de Europa, los PIGS. “La zona euro es una miniatura del sistema de Bretton Woods que se estableció tras la Segunda Guerra Mundial y que subordinaba la periferia al centro –esto no la dicho ningún comunista, son palabras del financiero George Soros de hace ya un par de años-. El verdadero peligro es que Europa quedará permanentemente dividida entre acreedores y deudores. A los primeros siempre les irá mejor que a los segundos, porque estos tienen que pagar tipos de interés mucho mayores y eso se convierte en una desventaja permanente que ampliará las diferencias entre ambos, así la periferia estará permanentemente deprimida y dependiente del centro, que acaparará toda la inversión y el talento y que dejará a la periferia permanentemente en crisis”.