Análisis
El Ibex no quiere al PP

La vieja oligarquía financiera que Tamames describía en 1977, hoy reconvertida en capital transnacional, ha decidido colgar el cartel de “se busca partido”

18/06/15 · 12:49

Existe una interpretación muy extendida hoy sobre la aparición de nuevos partidos como Ciudadanos o Podemos y el declive de partidos como el Partido Popular que habría que completar. Ésta asume que éstos surgen como efecto de cambios de actitudes del electorado, producido por una estrategia de persuasión efectiva de éstos, y un clima de corrupción que devalúa el sistema político tradicional. Dicho enfoque, basado en el contexto –pluralista– de la demanda (visión del electorado), deja de lado otro aspecto, aquel que se refiere al conjunto de relaciones que han venido a sostener a los partidos políticos en el sistema actual. En este sentido, es necesario abordar el escenario político actual en los dos sentidos.

El primer enfoque ve acontecimientos recientes como la caída de Rodrigo Rato, la crisis de Bankia, la retirada de la primera línea del antiguo círculo de José María Aznar o el declive del Partido Popular en las últimas elecciones municipales desde los efectos que producen los cambios de opinión en el electorado, es decir, cómo, por ejemplo, los cambios en la “percepción de los partidos como focos de corrupción” ha degenerado en una caída de apoyo hacia éstos (de fiscales, jueces, periodistas que actúan como electores en su actuar profesional). En resumen, cómo tendencias discursivas generan cambios estructurales. En el ámbito de la derecha liberal, este enfoque fue primeramente extendido por el politólogo Robert A. Dahl en su obra Who governs?, el cual establecía que el poder quedaba subordinado –y difuminado– a la vigencia de ciertos temas (issues) que quedaban en la agenda pública. De este modo, determinado espectro de la élite política y económica ejercía el poder desde su proximidad con temas extendidos entre la población, por ejemplo, la transparencia, la contaminación, etc… En el ámbito de la izquierda podemos encontrar ciertas similitudes en la última etapa de Laclau y su citada obra sobre la razón populista o el discurso populista. En ella fija el contexto discursivo como lugar de disputa por el poder (digamos, la lucha por las palabras), en el cual la construcción de significantes metonímicos es un arma fundamental. En su versión práctica tendríamos la estrategia de Podemos, bajo la cual la difusión de los términos como “casta”, “pueblo”, o “podemos” forma parte de la disputa por la hegemonía, y por tanto, origen de su acenso electoral y actual posición de igual frente a los partidos tradicionales.

En 2007 se perdió por completo la última joya de la corona, Endesa, y con ello, la participación del Estado en el sector industrial
 

Desde un segundo enfoque, digamos materialista, situaríamos los acontecimientos antes mencionados por un cambio en un conjunto de relaciones sociales. Es decir, cómo la actual situación política es resultado de relaciones materiales que van más allá que esta. Pongamos un ejemplo: pareciera que los destinos –en declive– de Bankia (Caja Madrid) y el Partido Popular se unen en un punto, la corrupción (punto de vista de la demanda), pero si vemos la evolución de la Caja como actor económico los últimos diez años y analizamos los vínculos personales de la cúpula con el Partido Popular, y en especial con el sector de Aznar (Blesa, Acebes, Rato, José Luis Olivas por el lado de Bancaja..), quizá la unión iba mucho más allá. Caja Madrid era antes de la crisis en 2008, incluso en 2010, un actor central dentro del poder económico español, con importantes participaciones en grandes empresas como Ebro, Iberia, Mapfre, Indra, BME, siendo el accionista central del Ibex junto a La Caixa.

En ese mismo periodo, 2008 a 2010, el Estado había perdido hacía ya tiempo su poder directo en las grandes empresas. En 2007 se perdió por completo la última joya de la corona, Endesa (mantenía entonces un 3% de capital), y con ello, la participación del Estado en el sector industrial. Sin embargo, parece ser que el PP (en concreto la facción de Aznar, que no la actual de Rajoy) venía pensando en un proyecto paralelo de poder económico, en el cual, privatizadas todas las empresas públicas, serían las cajas de ahorro un punto fundamental en la construcción de un holding político-empresarial. Es decir, un holding al servicio del PP, en el cual el círculo más cercano al presidente (incluido a ACS de Florentino Pérez, amigo personal) controlaba el accionariado y los consejos de administración de grandes empresas del Ibex, situándose entre la flor y nata del poder económico español. En 1991 otro hombre intentó algo similar con otra entidad financiera, Banesto, era Mario Conde, y su final es conocido por todos.
 

El capitalismo transnacional 
tiene claras cuáles son las fichas a mover en España, y el PSOE es fundamental para dominar el tablero

En los efectos de la crisis económica podemos entender dónde ha quedado el holding empujado por el PP de Aznar: Bankia ha vendido todas sus participaciones, su accionariado en manos del FROB (63,3%), y su consejo de Administración controlado por un antiguo conocido del BBVA, José Ignacio Goirigolzarri (ex consejero delegado del BBVA). En su vertiente política sus efectos también son conocidos: todo el entorno de Aznar ha sido decapitado, procesado o apartado del PP. Ambos aspectos representan una misma cara de la moneda, representan una fracción capitalista que ha perdido, la fracción del capitalismo patrimonialista. En su lugar, dos viejos conocidos, el BBVA y Santander, han conseguido imponer su modelo de banca privada (al ser privatizadas las cajas de ahorro), apartar a las Cajas de Ahorro del sector industrial, y extender su proyecto económico de acumulación: financiarización de la economía, conquista del Estado y, por ende, la ampliación de mercados para los fondos de inversión, que son los accionistas principales de dichos bancos (los fondos son gestionados por los bancos custodios Chase Nominees, Blackrock, o Bank of New York Mellon, los cuales tienen participación mayoritaria en BBVA y Santander).

El PP ha dejado de ser relevante, no sólo por su nefasta gestión y su esencia corrupta, sino por su atemporalidad con respecto al nuevo proyecto. El patrimonialismo de Estado, la economía de las prebenda, con redes extensas clientelares (municipios, comunidades autónomas, diputaciones) y su incapacidad de mantener el poder, lo hacen, en cierta medida, inservible en la nueva fase capitalista en España. Una modernización que requiere partidos unificados y centralizados con capacidad de imponer (que no impulsar ni desafiar las alianzas económicas hegemónicas existentes) proyectos de nivel regional como el tratado de libre comercio entre la UE y EEUU, o la incorporación plena de las empresas españolas al capital internacional, todo ello en el contexto de una nueva fase en la concentración económica global.

Como representante de estos intereses, la vieja oligarquía financiera que Tamames describía en 1977, hoy reconvertida en capital transnacional, ha decidido colgar el cartel de “se busca partido”. Las íntimas relaciones entre el lobby del Ibex FEDEA y Ciudadanos indicaban que quizá lo había encontrado, pero sus resultados menores, y los resultados relativamente buenos del PSOE (al poder mantener el poder de ciertas comunidades con el apoyo de Podemos o Ciudadanos) pueden haber cambiado la situación. Quizá opten por resucitar la relación (bajo la atenta mirada y supervisión de Ciudadanos) con un viejo conocido, el PSOE, artífice de la privatización de las cajas de ahorro, la reconversión industrial, la primera venta de empresas del Estado (Cepsa, Tabacalera, o Seat) o la creación del propio Ibex35.

La reciente visita esta semana de Pedro Sánchez a las huestes del capitalismo conspirador (la reunión del Club Bilderberg) alerta de esta tendencia. El capitalismo transnacional tiene claras cuáles son las fichas a mover en España, y el PSOE es fundamental para dominar el tablero. Sin embargo, hay una incertidumbre respecto al PSOE que tiene que ver con sus contradicciones internas: su tendencia a convivir con familias ideológicas antagónicas, lo cual le hace proclive a giros inesperados. Por ello es necesario poner en valor una posible alianza con el PSOE de cara a formar gobiernos. Es quizá lo que más miedo daría a los patrones en la sombra.

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