La tragedia de Hamlet, por Esperanza Aguirre

Sin programa ni apoyo de su partido, sola y con una dura campaña por delante, a Esperanza Aguirre le quedaba el acto final de su propia tragedia. Pero ¿y si Esperanza manipuló a todos?

, (@ecanrog) periodista
24/05/15 · 14:25

La tragedia se palpaba en el escenario. La obra había discurrido vívidamente alrededor de la locura (tanto real como fingida), y la transformación del profundo dolor en desmesurada ira ya había comenzado a desgañitarse en detrimento de la traición. Los focos, a punto de apagarse, sólo enfocaban a una persona a punto de morir bajo la atenta mirada de todo el mundo.

Se cierra el telón: comienza la jornada de reflexión.

Son muchos los que han observado y analizado La tragedia de Hamlet, la pieza más larga de Shakespeare y una de las más influyentes de la literatura inglesa, pero sólo alguien ha tenido la valiente osadía de revivirla. Sólo alguien desesperado por una descomunal marea de ciudadanos podría atreverse.

Esperanza Aguirre puede perder el poder del reino en el que gobernó durante décadas, Madrid. Hay un murmullo generalizado que hace pensar que ha llegado el momento de cambiar. Lo creen los miles que se han sumado a la ola de Esperanza de Manuela Carmena, lo escriben decenas de periodistas que han hecho de sus artículos fieros ataques y de sus informaciones proyectiles incendiados contra la fortaleza de la reina. Lo dicen hasta las encuestas de cocina más conservadora.

Sin programa ni apoyo de su partido, sola y con una dura campaña por delante, a Esperanza Aguirre le quedaba el acto final de su propia tragedia. InfoLibre, algo más que un medio de comunicación, publicó la declaración filtrada de la renta de la candidata del Partido Popular a la alcaldía de Madrid. Al día siguiente, el periódico El País llevaba en portada a tres columnas un servil titular en el que ponía el foco en la moribunda Aguirre para que, como en el final de Hamlet, expresara su enorme sufrimiento antes de caer tendida. La noticia, por si no fuera poco, iba acompañada de un editorial que alimentaba esta victimista percepción. Por otro lado, ABC, “periódico” que pagó a Esperanza Aguirre 3.000 euros por artículos de 900 palabras, abría su primera página con una Aguirre con cara triste, como si hubiera sido objeto de una persecución y de una campaña orquestada contra ella.

¿Y si Esperanza manipuló a todos?, se preguntaba Ana R. Cañil, que hacía una hipótesis de que la declaración de la presidenta del PP de Madrid había sido en realidad una filtración de la propia Aguirre. No dudo de lo contrario; su electorado conservador y elitista. El dinero que tenga o deje de tener su candidata no determinará su voto. Y aunque también los hay que son humildes, en cuanto a su renta anual, la aspiración de llegar a ser ricos en un futuro pesa en buena parte de su ideales, aunque no los proyecten. Nadie saber mejor que una Aguirre sin programa político para gobernar Madrid que la gente no vota programas, sino que entrega su papeleta según los valores de quién vota. Unos que no han dejado de aparecer como amenazados por la izquierda.

Esperanza Aguirre tiene claros los marcos en los que tiene que discurrir el debate para ganar. Son muy claros, y los repite cada vez que le ponen una cámara de televisión delante: "Si gana Podemos, no volveremos a votar libremente”. De hecho, la ultima petición de su campaña fue que votaran al PP "como nunca" para "plantar cara" a Podemos.

Una vez que la dramaturga se encargó de sentar estos marcos, quedaba alimentarlos. Y en esta función, los medios tuvieron gran importancia. La prensa madrileña de gran tirada no puso ningún obstáculo en su camino e hizo girar toda la campaña en subrayar la guerra entre dos bandos, Aguirre y el resto. Y la prensa libre, la del bando de enfrente, calló en la trampa de retroalimentar una percepción que beneficia a la candidata del PP. Y no sólo, sino que emprendió una campaña informativa contra Esperanza Aguirre, que la beneficiaba. Ninguna información la ponía en serios aprietos con sus votantes y todas en su conjunto alimentaban el mensaje de que la izquierda iba a por ella, que “la estabilidad” estaba en peligro.

“Si mantienes su lenguaje, y te limitas a argumentar en contra, pierdes, porque refuerzas su marco”, dice el siempre referente en lo que a lenguaje se refiere, George Lakoff. Enmarcar eficazmente las verdades desde su perspectiva es lo que no han sabido hacer ni los contrarios políticos de la bien renombrada “Duquesa de la corrupción” ni los medios que aspiran a derrocarla.

No sé qué ocurrirá el domingo, Esperanza Aguirre ha cometido infinidad de fallos, en otro tiempo inexplicables, durante esta campaña. Supongo que su propio miedo la ha traicionado. Estratégicamente, por ejemplo, fue un error asociar a Manuela Carmena con ETA. Consiguió que todas las televisiones y periódicos del país lo reflejaran. Publicidad gratis para la candidata de Ahora Madrid.

Pero donde realmente hay espacio para la autocrítica es en la izquierda, que es quien tiene que derrocarla. Una buena estrategia no debería haber dejado que Esperanza Aguirre saliera viva de esta campaña. La oposición ha permitido que el debate generado durante la campaña electoral girara en torno a una guerra de bandos, en vez de impulsar un análisis de la situación de un Madrid que aspiran a cambiar. Demuestra una falta de visión estratégica por parte de todos los que han cargado contra Aguirre, no haber logrado traducir sus poco frecuentes errores en ataques contra ella. Reenmarcar el debate y ganarlo. Por no hablar, claro, de que si no hubiera sido por los traspiés de la candidata del PP, Manuela Carmena no sería tan conocida. Seamos claros, ¿quién no la votaría como alternativa si realmente la conociera? Antes de la campaña, Metroscopia decía que sólo el 52% del electorado conocía a la jueza. Un 15% menos que dos semanas después. Muy lejos aún del 90% de los que ponían cara a Antonio Miguel Carmona y un 100% de los que sabían quién era Esperanza Aguirre.

Pero volviendo a la tragedia. Aguirre supo conseguir que un pequeño acto desencadenara grandes beneficios estratégicos, que, como decíamos, movilizaran a sus votantes para que elijan entre ella y el resto. Una elección que sólo tiene dos respuestas: votarle a ella o no votar. Quizá hayamos -hayan- subestimado la brutal inteligencia de Esperanza Aguirre, que pensó siempre en grandes fines morales y obvió la letra pequeña de los programas; esos que nadie lee y que apenas definen el voto. No cabe más que reconocerle la destreza estratégica y rezar para que el caótico, aunque sincero, sentimiento de cambio gane.

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