Huertos urbanos
Clorofila rebelde en la ciudad

En los últimos cinco años se han multiplicado en nuestra geografía las iniciativas de agricultura urbana. 'Raíces en el asfalto' recoge por vez primera la historia, actualidad y perspectivas de futuro de la agricultura urbana en el Estado español.

, Diagonal
30/04/15 · 8:00
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Huerto comunitario de Las Adelfas (Madrid). / Álvaro Minguito

Hoy brotan en cualquier rincón de nuestros pueblos y ciudades: en el patio de un colegio, en el interior de un parque público, en una parcela abandonada, o incluso en una rotonda. Los huertos urbanos, hasta hace poco extrañas islas aisladas en nuestro mar de asfalto, crecen como un archipiélago cada vez más visible y consolidado. Al menos así lo piensan la arquitecta Nerea Morán y el sociólogo José Luis Fernández Casadevante, Kois, autores de Raíces en el asfalto. Pasado, presente y futuro de la agricultura urbana (Ed. Libros en Acción, 2014), un apasionante relato que emana, precisamente, de la necesidad de aportar herramientas conceptuales a este fenómeno en auge.

“Ahora está de moda y corremos el riesgo de hacer aproximaciones banales desde el periodismo, el planeamiento urbano o la arquitectura, quitando las aristas transformadoras que vienen a cuestionar el modelo urbano de desarrollo económico”, sostiene Kois, antes de aportar la segunda razón por la que, junto a Morán, se adentró en una aventura de más de dos años de investigaciones: “Era necesario rellenar un vacío, ya que no había ningún libro sobre la historia de la agricultura urbana en nuestra geografía. Además, estábamos implicados en la promoción de huertos urbanos, en repensar los modelos alimentarios de las ciudades desde nuestro activismo, y veíamos necesario que la agricultura urbana no se despolitizara”. Dice esto sentado junto a un modesto bancal de habas maduras, en su segundo hogar, el huerto comunitario de Adelfas, un minúsculo oasis verde en Madrid impulsado por la asociación vecinal Los Pinos de Retiro Sur que resiste junto a las vías del tren de Cercanías, como podemos comprobar, por su ruido atronador y un ligero temblor del terreno, cada siete minutos.
 
Pero, ¿a qué responde esta expansión? “La agricultura urbana se ha convertido en una de las muchas estrategias adaptativas puestas en marcha ante la crisis. En nuestra geografía hemos pasado de nueve iniciativas de huertos urbanos en el año 2000 a más de 400 en 2014, la mayor parte de las cuales se pusieron en marcha a partir de 2008, coincidiendo con la agudización de la crisis”, recoge el libro. De esos 400 proyectos, el 20% corresponde a huertos comunitarios, que se levantan casi siempre en parcelas abandonadas y de propiedad pública de nuestras grandes urbes. El 80% restante se identifica con huertas sociales, familiares o de ocio, formatos “que se están promoviendo de manera muy intensa desde las administraciones” y a menudo van dirigidos a colectivos concretos como los parados o los mayores, tal es el caso de la Red municipal de Huertos Urbanos de Barcelona.
 
La mayor parte de las iniciativas se pusieron en marcha a partir de 2008, coincidiendo con la agudización de la crisisLa investigación está jalonada de sugerentes ejemplos actuales, de dentro y fuera de nuestras fronteras, que van desde la Red de Parques Hortícolas de Guipúzcoa, el Programa de Huertas Ecológicas de Vitoria o los 175 huertos de ocio, 12 escolares y 5 asociativos de la Huerta de las Moreras en Sevilla, experiencias impulsadas desde los ayuntamientos, pasando por las luchas en defensa de las huertas tradicionales en La Punta valenciana o la Vega de Granada, hasta innovadores proyectos de autogestión y contracultura como Can Masdeu o El Forat de la Vergonya en Barcelona, los huertos ocupados a partir de las asambleas del 15M o las redes de huertos comunitarios de Valladolid y Madrid. Esta última, impulsada por la Federación Regional de Asociaciones Vecinales, agrupa a unos 40 proyectos y, gracias a su presión, ya ha conseguido que el Consistorio de la capital regularice 17 de ellos.
 
Morán y Kois, que impulsan este espacio de “encuentro e intercambio de experiencias, recursos y mecanismos de apoyo mutuo” desde su creación en 2010, reclaman una implicación de las administraciones en el desarrollo y protección de los huertos urbanos que no coarte la iniciativa ciudadana: “Si hemos conseguido que la ONU reconozca que la red de huertos de Madrid es una buena práctica, el Ayuntamiento no podía seguir mirando hacia otro lado sin regularizar ni dar una salida a una realidad con un montón de tejido asociativo involucrado, que recupera zonas degradadas de la ciudad... Hay que hacer del filo de la navaja un camino transitable. La hiperregulación puede inhibir a que la gente asuma su responsabilidad y se apropie de los procesos, pero que la Administración se desentienda completamente puede derivar en chabolismo hortícola o en que parcelas que son públicas tengan usos ambiental y socialmente perjudiciales. Son equilibrios muy precarios para los que no hay una receta mágica.”
 
Más allá de los escasos ejemplos de normativas municipales o del incipiente proyecto de ley andaluza, en la actualidad no existe una norma autonómica o estatal que regule este tipo de “bienes comunes”. Aunque, según Morán, “es más importante su reconocimiento en el planeamiento urbano como figura de uso de suelo que una ley específica. En Italia, por ejemplo, numerosos urbanistas defienden que en los planeamientos de los nuevos barrios se destine una serie mínima de metros cuadrados a uso agrícola. Esto te asegura la permanencia de un espacio hortícola ligado a un contexto local”.
 
Frente a la novedad que supone la expansión de los huertos comunitarios en nuestras ciudades, proceso que corre paralelo al desarrollo del 15M, la consolidación de las huertas sociales y escolares viene de los 80, aunque estas últimas viven también hoy su época dorada. Como ejemplo, Zaragoza cuenta actualmente con una red de 90 huertas escolares y Madrid con otra de más de 120 huertos que, “cultivando más personas que plantas, sembrando semillas de cambio”, “se han ganado un consenso social sobre sus beneficios que nadie cuestiona”. Detrás de esta expansión se encuentra el empuje de los Movimientos de Renovación Pedagógica, que desde los huertos de los colegios tratan de “establecer puentes con otros movimientos sociales que defienden la agricultura urbana y la horticultura comunitaria”.
 

El abastecimiento

El auge actual de la agricultura urbana no es exclusivo de nuestras ciudades, y lo podemos ver en otros países de nuestro entorno como Grecia, donde el fenómeno ha experimentado un crecimiento extraordinario en los últimos tres años gracias al empuje de las administraciones. Sin embargo, a pesar de las graves consecuencias de la crisis económica, que hace que en este país un millón de personas, y otros dos millones en España, sean consideradas insolventes alimentarias, a diferencia de otras épocas o de lo que sucede en otros continentes, los huertos urbanos de nuestras ciudades apenas se usan como fuente de abastecimiento.

Durante la reconversión industrial existían en Madrid 1.300 huertos informales, y 12.000 en BarcelonaEn un recorrido que arranca en la Revolución Industrial, Morán y Kois se detienen en diversas etapas en las que este hecho fue una realidad de primer orden, como la Gran Depresión en EE UU, el periodo de entreguerras en Europa, las dos guerras mundiales o nuestra contienda civil, en la que jugaron un papel esencial para la alimentación de la población las 1.300 colectividades agrarias que se formaron en la retaguardia republicana, muchas de ellas en el interior de las ciudades y en sus áreas periurbanas. Y más recientemente, la reconversión industrial de los ochenta, en la que numerosos desempleados y jubilados procedentes del éxodo rural ocuparon cientos de hectáreas en la periferia de nuestras urbes para cultivar huertos de autoconsumo. Sólo en el área metropolitana de Madrid existían 1.300 de estos huertos informales o en precario, y 12.000 en Barcelona.
 
¿Por qué no se da hoy este fenómeno a pesar de los datos de desempleo y pobreza? Parte de las razones, según Kois, se encuentran en el “cambio cultural”. “Hasta mediados de los ochenta éramos un país en vías de desarrollo y teníamos una relación con el huerto mucho más próxima. Antes, para una persona llegada desde el campo a una colmena de pisos de un barrio obrero de nuestras ciudades, tener un huertito en la periferia era una satisfacción. Con el paso de los años y la llegada de la sociedad de consumo eso pasó a ser una bobada: lo que había que tener era un chalet adosado”. “Otra de las razones -continúa- es que, salvo en Sevilla, no hubo movimientos sociales detrás de ese proceso. Eran iniciativas espontáneas e individualistas, ocupaciones que no se unieron ni siquiera para defender su propia existencia. En Sevilla, gracias al empuje del tejido asociativo, podemos ver experiencias que se consolidaron y han llegado hasta nuestros días, como el Parque Miraflores”.
 
De todas formas, “si reflexionamos sobre la emergencia alimentaria, los problemas no se solucionan teniendo una parcela de 40 metros; algo tan pequeño no da para autoabastecerte, aunque puede ser un interesante complemento”, subraya el sociólogo madrileño. Las experiencias de los huertos urbanos de La Habana, de la Argentina post-corralito o del Detroit de la bancarrota (en el que hoy existen 1.200 huertos comunitarios y granjas urbanas), que aparecen en el libro, muestran lo importante que puede llegar a ser ese complemento. Además, suponen interesantes espejos en los que mirar nuestro futuro.
 

Las Ciudades en Transición

“Si afirmamos que estamos en un periodo de transición socioecológica, en el que la crisis energética va a condicionar la existencia, la agricultura urbana y de proximidad va a tener un valor como no lo ha tenido en muchas décadas. No va a ser una cuestión de emergencia coyuntural, sino algo más permanente, y así se lo están planteando muchas ciudades”, afirma Kois, aludiendo a las llamadas Ciudades en Transición. Estas ciudades, que se conforman en torno a la idea de resiliencia y hoy en día forman una red planetaria, son “iniciativas orientadas a reorganizar la vida de un municipio ante escenarios de escasez energética, poniendo especial énfasis en el protagonismo ciudadano a la hora de liderar la puesta en marcha de las transformaciones”.

"Los huertos urbanos y comunitarios deben jugar un papel de palanca, cambiando lo urgano desde lo humano", afirma KoisSi, por el motivo que fuere, los grandes canales de distribución se paralizaran, una ciudad como Madrid tendría problemas de abastecimiento alimentario en tan sólo cinco días, calculan los autores de Raíces en el asfalto. Por ello, en previsión de un colapso que, según éstos, “no será repentino, sino un proceso de degradación progresivo, donde los alimentos se encarecerán y ya no dispondremos de una cantidad tan abundante de frutas y verduras de todo el mundo”, es necesario trabajar para construir la ciudad resiliente. Una ciudad que “pasa en términos productivos por avanzar hacia su soberanía alimentaria, recuperando el papel del periurbano, un objetivo que hemos de asumir colectivamente como prioridad política para ponerlo socialmente en valor. Y ahí los huertos urbanos y comunitarios deben jugar un papel de palanca, cambiando lo urbano desde lo humano. Si no cambiamos los valores, los deseos, las expectativas, cómo la gente vive, piensa, percibe y proyecta la ciudad es complicado dar ese salto, hacer esa transición. Los huertos comunitarios tienen la capacidad de colocar eso en el corazón metafórico y real de las ciudades. Su mayor potencialidad reside en la cantidad de gente que gracias a ellos entra en contacto y da valor a la alimentación, la producción, el campo, la agricultura; esa clorofila rebelde dentro de la ciudad es la que va a hacer que la gente se ponga a defender un anillo periurbano o se organice en una cooperativa de consumo, porque sabe que del huerto comunitario puede comer algunas cosas, pero que no se va a alimentar”, asegura Kois.
 
Aunque así pareciera, hablar de colapso y de ciudades resilientes es todo menos política ficción, como demuestra la existencia, en numerosas ciudades de EE UU e Inglaterra, de los food deserts o desiertos alimentarios, donde no se encuentra un supermercado o tienda de comida fresca a una distancia inferior a 1,6 kilómetros, lo que está provocando una auténtica segregación alimentaria por el inadecuado acceso a una alimentación saludable.
 
Frente a este panorama, los autores de Raíces en el asfalto tienen la certeza de que “no hay tiempo ni recursos para construir ciudades ideales” como la Ciudad Jardín anarquista o la Ciudad Lineal, que aparecen en el libro, “por lo que debemos aplicarnos a rehabilitar de la mejor manera posible las que ya tenemos, reutilizando el patrimonio urbano y natural acumulado durante generaciones”. Una tarea en la que, como referente, “necesitamos una 'huertopía' (hortus + topos) que reivindique un lugar para los huertos en las ciudades y reconozca la importancia que le corresponde a una agricultura orientada al cuidado del territorio, las ciudades y las personas”.

De los huertos para pobres a las Green Guerrillas

Con objeto de “dialogar de forma creativa con el pasado” para “proyectarnos hacia el futuro”, lejos de miradas nostálgicas, Raíces en el asfalto recorre la historia de la agricultura urbana en Europa y EE UU desde la Revolución Industrial y sus huertos asistenciales “para pobres” hasta las iniciativas más rupturistas de nuestros días, configurando un relato repleto de experiencias tan fascinantes como desconocidas para el gran público. Experiencias como el movimiento de huertos obreros del siglo XIX, el cooperativismo de viviendas con huerto de la Viena Roja de principios del siglo XX, los barrios autosuficientes de la República de Weimar, los huertos escolares promovidos por la Institución Libre de Enseñanza o las Green Guerrillas del Nueva York de finales de los setenta, ejemplos que en libro se entremezclan con otra historia, la de las teorías y modelos del urbanismo en torno a la relación campo-ciudad.

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comentarios

1

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    Gamonal-ero
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    30/04/2015 - 9:59pm
    En Gamonal tenemos también una huerta autogestionado y colectiva, en terreno recuperado a Méndez Pozo y otros especuladores. Lástima que no se animen a acudir todas las personas que podrían beneficiarse.