América Latina
La derrota del movimiento de junio de 2013 en Brasil

Las elecciones de octubre de 2014 finalizaron un largo trabajo de descalificación y represión.

, es profesor de Teoría Política en la Universidad Federal de Río. Traducción: Maria José Castro Lage.
13/04/15 · 8:00
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Muchos comentarios en las redes sociales sobre las manifestaciones del 13 y el 15 de marzo intentaron sintetizar sus dimensiones paradójicas y casi irónicas: “el viernes 13, se manifestaron para apoyar el Gobierno de Dilma sectores y movimientos sociales que critican su política económica; el domingo 15 de marzo, se manifestaron en contra del Gobierno sectores sociales (y organizaciones) que aprueban su política económica”. A mucha gente le agradó dicha formulación, la compartió, tal vez comentando la situación "surrealista" o diciendo que "sólo en Brasil" se puede ver tal confusión e incoherencia. Ahora, en un principio, hay que pensar que lo que caracteriza las crisis y la intensidad de la el país que va a arrastrar es crear esa confusión general y el cambio sistemático de los indicios. Pero, en realidad, no hay ninguna confusión, salvo la de que el “gobernismo”, un raro fenómeno que cobró empaque en la segunda vuelta de las elecciones de 2014, pretende producir para... reproducirse. Al contrario que sus efectos retóricos, la situación política actual es bastante nítida y, además, permite respaldar muchos de los análisis y las afirmaciones que se hicieron en junio de 2013 y en los meses siguientes.

Para empezar, se debe decir que la coyuntura actual se explica, inicialmente, en el resultado electoral de octubre de 2014: al contrario de lo que difundió la demagogia gobernista y de lo que el voto acrítico quiso (y quiere) creer, en las elecciones no salieron derrotados Aécio Neves ni, menos aún, la "derecha" brasileña, sino el movimiento de junio de 2013. Para continuar, cabe resaltar que quien pide una "tercera vuelta" no es la derecha, sino el "gobernismo". La derecha ya estaba en el gobierno y el movimiento de junio tenía esa ambigüedad positiva de ir contra el Gobierno también por la presencia de la derecha en él (no fue casualidad que Río de Janeiro se convirtiera pronto en el punto más fuerte de movilización, hasta octubre). En la actualidad, tras sólo dos meses y medio de la toma de posesión de Dilma2, tenemos una situación absurda: el Gobierno es todavía más de derechas, pero el régimen de marketing de las elecciones y la tercera vuelta que busca el PT para seguir polarizando ante los escándalos de corrupción y la crisis vertical de su aventura neodesarrollista consiguen que la derecha también hegemonice la (justa) indignación en las calles.

Las elecciones de octubre de 2014 finalizaron un largo trabajo de descalificación, represión y deconstrucción que ya se había iniciado en 2013, cuando la multitud se constituyó de forma autónoma e irrepresentable. Entre la primera y la segunda vuelta, tuve la oportunidad de afirmar en las páginas del IHU-Oline que las elecciones eran una tremenda restauración, un termidor. ¡Y fueron justamente eso! No sólo desde el punto de vista político general, sino también en términos de subjetividad.
 

En las elecciones no salieron derrotados Aécio Neves ni, menos aún, la "derecha" brasileña, sino el movimiento de junio de 2013

La comparación con el Estado español es significativa: el 15 de mayo de 2011, cientos de miles de indignados tomaron las calles de la península ibérica para protestar de forma autónoma contra la austeridad y contra todo el sistema de representación, en concreto de la “izquierda” que gobernaba por aquel entonces (el PSOE). Cuando llegaron las elecciones, el 15M no se dejó chantajear y no temió derrotar al PSOE, aunque eso significase el retorno de la derecha, del PP. Las redes del 15M sabían que la victoria del PP (sólo) sería (apenas) electoral y que las luchas seguirían (y siguieron). El “gobernismo” brasileño no tenía ningún interés en el potencial de renovación democrática del 15M español, sino sólo en la amenaza que éste representaba (y el escándalo de Petrobras nos da una imagen de lo que está en juego) por el hecho de huir del chantaje básico que la “izquierda” construye cuando está en el poder: “si me criticas, estás con la derecha, eres una quinta columna del enemigo, un espía del imperialismo”. Desde que, en junio de 2013, el monstruo mostro su terrible potencia y abrió la brecha democrática, el PT y el gobernismo lo identificaron como el enemigo al que había que derrotar: derrotar a junio se convirtió en el gran objetivo del “lulismo” justamente porque junio significaba la destrucción de la máquina binaria, de la dialéctica que compone la gramática grosera del gobernismo. Así se construyó un verdadero festín de ataques e intrigas de todo tipo, el gobernismo compinchado con el “odiado PIG (Partido de la Prensa Golpista)”, cobrando por la represión de los “enmascarados”, hablando de “coxinhas” [término que se utiliza para denominar a personas con un ánimo individualista y elitista] y del “odio al PT”. Los intelectuales gobernistas se unían a los columnistas de Millenium para condenar el “nihilismo” universitario que se atrevía a entender los acontecimientos. Una filosofa llegó a criminalizar a los jóvenes manifestantes en conferencias para esa institución “democrática” que es la policía militar cuando no estaba dando lecciones desenfrenadas sobre el “fascismos de la clase media”.

Sin espacios institucionales donde poder volcar sus conatos constituyentes (con la ocupación de Cámaras y Asambleas), el movimiento de junio fue retrocediendo entre una represión brutal y un activismo cada vez más extenuado y atravesado por cierto vanguardismo. En lo que a represión se refiere, ese proceso se afirmó como una apisonadora durante la Copa Del Mundo y si no fue arrasador fue porque la presión en la calle volvió a aparecer donde nadie se la esperaba: en el alma de los jugadores de la selección que encajaron la vergonzosa goleada de Alemania. Pero el culmen fueron las elecciones de octubre, una apoteosis de cinismo y mentiras sin sentido: si Dilma perdiese las elecciones, la comida se esfumaría del plato de los pobres, mientras que los blogueros gobernistas se dedicaban a hablar del sexo de los ángeles, es decir de la “autonomía y/o independencia del Banco Central”. Y así retornó el mecanismo que junio había desterrado: era más importante “ser de izquierdas” que “descubrir” lo que es una práctica de izquierdas en la actualidad. Ya que “somos de izquierdas”, votaremos por los colores de izquierdas para desbancar a la “derecha”. Mucha gente pensó de verdad que estaba desbancando a la “derecha” y, en realidad, lo que hacía era clavar los últimos clavos en el ataúd de la brecha democrática de junio de 2013.

¡Pero eso tiene un precio! ¡Sale caro! No sólo se derrotó a la derecha, sino también la posibilidad de construir una alternativa que no fuera de derechas a la quiebra anunciada del petismo gobernista (aquí me concentraré en el PT, asumiendo los análisis del PMDB que proponen Bruno Cava y Marcelo Castañeda como referencia más general). ¡Y la factura llegó antes de lo que se esperaba! Todavía no sabemos las conclusiones del docto debate sobre el sexo del Banco Central y ya hemos perdido la cuenta de las veces que la letra fue aumentando y el tipo de interés real ha vuelto a ser uno de los más altos del mundo. Peor, mucho peor, la macroeconomía atraviesa una maniobra muy violenta que asocia el ajuste fiscal (recorte y restricción del gasto público, aumento de la presión fiscal, superávit primario) y el incremento generalizado de las tarifas administradas de servicios de pésima calidad. El “giro a la izquierda” que había vislumbrado el voto acrítico en los indicios exotéricas que fueran no se llegó ni a contemplar porque el experimento neodesarrollista que se ensayaba desde el segundo Gobierno de Lula salió, literalmente, disparado. Al haber empujado todo el eje de representación a la derecha para conseguir que funcionase el falso binarismo, el Gobierno Dilma2 tuvo que negociar la gobernabilidad mediante una huida hacia delante del oportunismo, invitando a Gilberto Kassab, Kátia Abreu y Cid Gomes para complementar la tendencia del PMDB. Pero fue una victoria pírrica: el gobernismo está entregado a sí mismo, es decir, a la nada. Hubo intelectuales que, al hablar de junio de 2013, se llenaban la boca con el término nihilismo. Ahora están callados o firmando increíbles (en el sentido literal: no se puede creer) manifiestos en defensa de la mayor empresa de Brasil, Petrobras. Incluso estamos en la doxa autoritaria de esconder y deformar los datos reales. Lo que junio de 2013 había anunciado de forma expansiva como una brecha democrática, en la actualidad aparece como una enorme convergencia de crisis y el agotamiento total de la aventura neodesarrollista. No sobra nada, solo el fisiologismo institucionalizado. Pero no hay más brecha democrática para usar el agotamiento del PT-gobernismo como palanca para un nuevo ciclo, el que está intentando Podemos en España (a pesar de todas sus ambigüedades). Incluso sobra la derecha. Pero no la derecha de la representación que estaba, junto con el PT, postrándose servilmente ante Eduardo Cunha en la comisión parlamentaria de investigación de Petrobras. La que sobra es la derecha social: esa es la que vimos el 15 de marzo en las calles y avenidas de las ciudades de todo Brasil. Se trata de sectores sociales que están pagando parte de la factura de quiebra del modelo neodesarrollista.

Al tiempo que los pobres no tienen derecho a protestar, ya que la policía militar del PT los mata en Salvador y los tanques del Ejército –también del PT – ocupan el complejo de Maré, existe una masa de trabajadores y emprendedores que están indignados (parte de ellos estaban en la calle el día 20 de junio de 2013) y ahora salieron (y saldrán) a la calle con una actitud conservadora, como sucedió en Italia a principio de los años 90, después del vacío que había dejado la represión del movimiento autónomo, cuando la Liga Norte se convirtió en el partido mayoritario en las regiones más desarrolladas y abrió paso al “justicialismo” (la operación de represión de la corrupción llamada “manos limpias” y en la que se inspira la operación Lava Jato en el caso de Petrobras). Y eso no se debió a que el PT hiciera una reforma radical (por ejemplo, la Reforma Agraria o la transformación de la Bolsa Familia en Renta Básica Universal), sino a que robó en Petrobras y llevó al país a una crisis vertical.

Entonces, la única incoherencia en las manifestaciones del 13 y el 15 marzo se limita a la que aparece en los regímenes discursivos. El día 13 solo se manifestaron “aparatos” del PT y vinculados al PT que perderían todo (como aparatos) con la eventual caída del Gobierno (y no consiguieron ninguna movilización social independiente): acudió muy poca gente, gran parte de ella “pagada” vergonzosamente. Las manifestaciones serviles del 13 de marzo sirven para un debate menos docto pero más material sobre el “sexo” del Banco Central: como siempre, lo que interesa no es su estatuto de forma, sino su funcionamiento real y eso depende del nivel material de democracia, es decir, de la autonomía de los movimientos. Así, el 13 de marzo tuvimos la triste imagen del movimiento que le gusta a la “izquierda”: uniformado, organizado, lleno de banderas, buses, coches con equipo de sonido y líderes que hablaban desde los púlpitos. Decían que “junio” no tenía objetivos claros y definidos y que estaba manipulado; el día 13 protestaron contra el Gobierno al que defienden al mismo tiempo, reivindicaron “reformas populares” que nadie sabe cuáles son para finalmente decir que luchan por Petrobras, que hundió el Gobierno al que defienden. Es decir, el día 13 de marzo fue un festival de manipulación del más bajo nivel. El día 13 el gobernismo nos mostró lo que le gusta: el rebaño manipulado por el pastor, ¡con las ovejas defendiendo al lobo en Petrobras!

Pero eso no es lo peor: cuantos más apoyos de esos recopila el PT, supuestamente destinados a “desbancar” a la derecha, más deriva el eje político representativo hacia la derecha, como nos confirmo la elección de Cunha y Calheiros en el Congreso y en el Senado justo después de las elecciones. El día 15 de marzo, aparte de partidos y organizaciones tradicionales y nuevas de la derecha democrática y de la derecha reaccionaria, se manifestaron sectores sociales amplios que están pagando una parte importante de la factura de una crisis múltiple que es del PT-PMDB, de la tendencia del PMDB. El PT logro hacer como en Argentina y en Venezuela: entregar a la derecha la hegemonía sobre la indignación justa. Sí que hubo una movilización social auténtica y masiva, pero con un sesgo conservador. Para las fuerzas de transformación democrática (es decir, para la izquierda como resultado de esa práctica y no como condición metafísica), el desafío actual está en cómo conseguir permanecer dentro de esa indignación justa: reconocer que es justa, pero que sólo será potente si vuelve a abrir la “brecha democrática”. No digo esto como si fuese una solución, al contrario. Se trata de un enigma. Nadie sabe si conseguiremos enfrentarnos a él, entre el éxodo y las movilizaciones. Pero para la izquierda (que ya no tiene nada que ver con el gobernismo) es la única opción. Junio había conseguido la hazaña de romper el binarismo sin por ello entrar en la crítica sistemática al PT. Ahora el PT consiguió la hazaña de hacer de su derrota la derrota de toda la izquierda. Eso implica que la condición indispensable para que la izquierda se reinvente es ir más allá del PT, en un nuevo éxodo. Para volver a formar multitud, necesitamos entender el 15 de marzo.

Traducción de María José Castro Lage.

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