Contar Grecia
Tres primerísimas impresiones de Atenas

Un proyecto de crónica híbrida, personal, colectiva.

21/01/15 · 0:54

1. (Doris - metro)

Ni si quiera hemos pisado la ciudad con nuestros pies y ya me siento en casa. Una estrella roja sobre fondo verde nos dan la bienvenida a Atenas. Una pareja de gitanos nos tocan Bella ciao en el metro. Buenas señales, pensamos. Observo a la gente con atención, sus miradas, sus rasgos. Me parecen muy grandes, ojos grandes, facciones marcadas, cuerpos robustos. Nunca he estado en Grecia. Las cosas son como de otra época. O aquí no se dedicaron a enriquecerse modernizando las infraestructuras públicas o es que la crisis aquí llegó antes. No se sabe.

Observo con atención aún en el metro y ese hombre podría ser mi tío Vicente con unos cuantos dientes menos. El pobre, tiene uno sí y uno no. Pero ese buzo azul, esas uñas grises en esas manos ásperas, esas arrugas, surcos profundos en la frente, bien podrían ser los suyos. Este hombre del buzo y pelo cano, que está de frente a mí, habla con otro con el pelo engominado. Le mira fijamente a los ojos y con el cuerpo le acorrala a veces entre los movimientos del metro y el deseo de enfatizar sus palabras. El otro le mira atento, con su tez morena, con sus pecas negras, con sus labios gruesos. Su semblante serio a veces se sonríe. A veces le sonríe. Pero de mentiras. Ese hombre de tez morena va preocupado.

De pronto el del buzo se lleva las manos al bolso. La mirada del otro las sigue. Yo también. El hombre del buzo saca un billete de 50 y se lo da al otro, y le mira, y el otro se sonríe. Vuelve a sacar otro billete de 50 y se lo da al otro mientras le mira sonreírse. Y saca otro y otro más. El que paga se sonríe con la sonrisa del otro recibiendo uno a uno cada billete. Pareciera que se estuvieran repartiendo un botín después de un robo. Pero ningún ladrón se viste con un buzo azul. Pareciera que se estuvieran abrazando con cada billete. Pero si se rozan es por culpa del movimiento del metro. Pareciera que no vieran a menudo esos billetes. Y, sin embargo, sus manos están agrietadas.

Me despisto un momento y, al otro, ya se han bajado del tren. Adiós.

2. (Isabel - Exarchia)

Exarchia, hemos leído y nos han contado, es el barrio libertario de Atenas y por eso nada más dejar las maletas vamos hacia allá. Se expande alrededor de una plaza en forma de triángulo, mitad espacio público -es de noche y algunos juegan a baloncesto; de una de las canastas cuelga una pancarta; decenas de personas charlan, beben, fuman en bancos o sobre bordillos de cemento- mitad espacio privatizado -cafeterías a 2,5 euros el café; tiendas de diseño; restaurantes con luces bajas y terrazas aclimatadas-.

En una de esas terrazas, territorio privatizado, cuatro jóvenes hablan alto. Tienen veinte años. Si tuvieran dos años menos, quizá hubieran formado parte de ese grupo de jóvenes que no va a poder votar el domingo que viene por lo que algunas consideran una maniobra de Nueva Democracia (ND): el censo electoral se actualiza la primera semana de febrero, y las elecciones se han convocado justo la semana anterior. Resultado: 100.000 jóvenes que ya tendrán 18 años el día de las elecciones se quedan fuera.

De todas maneras, Thanos, que estudia arquitectura y habla inglés con acento estadounidense, no va a votar. Porque cómo le va a representar alguien que no conoce. Y porque no quiere legitimar un sistema en el que no cree. Que cuando tenga responsabilidades, entonces sí votará, cuando alguien le dé un trabajo. Pero que sabe que sólo hay dos opciones posibles, y que quiere que gane Syriza. No lo dice a la ligera, no hay duda de que Thanos ha pensado mucho en su voto y hay algo de madurez que aterra en su manera de decir triste.

También Anna, Chara y Yorgos han pensado mucho qué van a votar. Las dos chicas estudian informática, y ninguna cree que Syriza vaya a cambiar radicalmente nada; así que votarán a Tsipras como mal menor. Yorgos, que estudia derecho, no quiere caer en los estereotipos, me dice, del estudiante de derecho rico. Pero baja la voz para decirme que estas cosas no se atreve a decirlas en el barrio en el que estamos, que ND tiene un programa, y que Syriza no, que no es realista. Me dice que los cambios se hacen despacio, y que quizá ND ya haya empezado a mejorar la sociedad griega. La sorpresa llega al final, cuando me dice que, a pesar de todo, va a votar a Syriza.

En la parte pública de la plaza, la respuesta es más unánime: desde Bárbara, de 24 años, hija de griega y polaco, hasta Paolo, italiano de unos 50, todas las personas con las que hablo me dicen que no van a votar, que Syriza es la misma mierda de siempre. Barbara me cuenta que lo único en lo que cree es en la unidad; Paolo, que lo único que les falta son armas.

Un poco más allá está Nosotros, un centro social que se fundó hace diez años, con tres pisos de actividades culturales, sociales y políticas autogestionadas. Preside la fachada una bandera rojinegra, dentro suena música psicodélica. En la barra, Labrula me dice que el país está en un punto de inflexión y que hace mucho tiempo que no vota, pero que ahora sí, porque ya la queja no da para más, y que quizá haya llegado el momento de que algunas personas asuman responsabilidades de gestión. Que ella no lo va a hacer, pero que al menos va a dar su apoyo para que quienes crean estar capacitadas lo hagan. Antes de hablar conmigo, tanto ella como Pavlos, que trabaja detrás de la barra, me preguntan para qué medio va a ir lo que me cuenten. Cuando le pido que me hable de la relación entre Syriza y el sector autónomo, del miedo a la absorción institucional, de si le ilusiona el momento electoral, Pavlos para de hacer lo que está haciendo, me mira despacio y me dice eso mismo nos preguntamos todo el rato aquí, todo el rato.

3. (Enrique - tabernas)

 
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comentarios

1

  • |
    Pablo
    |
    21/01/2015 - 12:43pm
    Me ha gustado mucho  la crónica desde Grecia y los dibujos de Enrique Flores. Felicidades a Diagonal por publicar esta crónica tan cercana a la realidad. salud
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