CRÓNICA
La vida en una de las 17 escuelas Normales rurales de México

Una periodista de Diagonal convivió con las alumnas de la Normal rural Vanguardia, en Oaxaca, un internado de chicas. Diez alumnas de distintos comités de la normal le cuentan cómo es su vida diaria y cómo les ha afectado las desapariciones y ejecuciones extrajudiciales de sus compañeros de Ayotzinapa.

10/01/15 · 8:00
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Estudiantes del internado de chicas de Tamazulápam en la manifestación del 17 de noviembre por los asesinados y desasparecidos de Ayotzinapa. / Soraya González Guerrero

“Fui una de las primeras personas que llegaron a Ayotzinapa, estaba allí el 29 de septiembre y me tocó estar con las familias, algunas ni siquiera sabían quién era el presidente. El ambiente era oscuro, algunos compañeros se sentían impotentes porque no pudieron jalar a sus compañeros desaparecidos con ellos. Las madres no querían comer, solamente querían a sus hijos”, recuerda A. L., estudiante de la Normal ru­ral Van­guar­dia y de uno de sus comités de formación política.

Estamos en el cuarto donde duerme con sus compañeras de 2º C, junto a un armario con un póster de El Kománder, estrella de los narcocorridos. Su habla es sosegada, me pide disculpas por “ponerse sentimental”: “Cuando salió la información del primer desaparecido degollado, como no se le reconocía, se dijo que tenía un lunar de nacimiento. Inmedia­ta­mente su madre dijo: ‘Es mi hijo’. Todos los que estábamos no supimos qué decirle. Los compañeros ya estaban haciendo su caja”.

Tras la masacre de los estudiantes en Iguala, las 17 escuelas normales rurales que aún sobreviven en México han estado coordinándose para no dejar solas a las familias de los desaparecidos, mandar apoyo económico y organizar marchas en los Estados donde las normales tienen sede. La rapidez y madurez con la que responde a los embates del gobierno esta juventud normalista es impresionante, nada que ver con el retrato criminalizador y androcéntrico que ha construido la prensa oficiosa.

Cuando la caravana de familiares pasó por Oaxaca a mediados de noviembre, descubro que junto a la representación de normalistas varones de Ayotzinapa hay cientos de chicas jóvenes marchando en hileras simétricas. Son de la Normal rural Vanguardia, un internado de chicas que queda a dos horas de la ciudad de Oaxaca. En Chihuahua, Aguas­ca­lientes, Puebla, Tlaxcala y Morelos, las normales rurales también son internados de chicas. Además, hay chicas en las rurales mixtas de San Luis Potosí, Mi­choacán, Chiapas, Jalisco, Zacate­cas y Campeche.

Ellas son la autoridad

Una semana antes de las vacaciones de navidad voy a conocer La Vanguardia. Las alumnas me acogen como a una más, me hacen un hueco en una litera con las de segundo curso. Desde que entro por la puerta, no cruzo palabra alguna con la directiva ni con docentes, las interlocutoras directas son las alumnas. Además de estudiar, las 480 alumnas inscritas en Tamazulápam pueden ser elegidas cada año para formar parte del Comité, institución que en sus múltiples carteras organiza la vida diaria en el centro, desde la higiene, la relación con los medios o con otras normales y organizaciones estudiantiles.

E. M., zapoteca de 20 años de segundo curso, me lleva al comedor, donde comemos juntas. “Hoy me tocó guardia de local”, comenta. Es del comité que se encarga del cumplimiento del orden interno y las guardias.

Un día cualquiera las normalistas se levantan a las 6h, desayunan a las 7h, dan clase hasta las 14h, comen, y luego tienen actividades extraescolares. Pero cuando llegué a la Nor­mal llevaban cuatro semanas de huelga para exigir justicia por Ayotzinapa. Como no hay clases, el Gobierno ha retirado el servicio de cocina. No es una gran pérdida porque la beca alimenticia que reciben es de 44 pesos al día: supuestamente tiene que alcanzar para tres comidas, pero apenas alcanza para una. En estos días de huelga, las alumnas se han organizado en turnos para cocinar y autoabastecerse.

Después de comer, limpiamos nuestros platos y echamos los restos en una cubeta. Es el alimento de los puercos que tienen en la escuela. Las alumnas les dan de comer y los limpian dos veces al día, me explica al día siguiente K. M., del Comité de Medios de Produc­ción.

Los saberes prácticos ligados al campo son una de las demandas de las normales rurales, pero los sucesivos planes de estudios los han ido eliminando. Sin embargo, aún las alumnas de Vanguardia pueden aprenden a usar la azada en unas hectáreas de milpa [maíz] que tienen en el pueblo y que suministra tortillas al comedor. También ayudan a los campesinos de Tama­zulápam a desyerbar, apiscar, recoger mazorca o lo que necesiten. “Los campesinos llegan al comité, las compañeras les preguntan cuánto apoyo necesitan y se manda una brigada. No pedimos nada, lo hacemos porque nuestra Normal está aquí en el pueblo”, cuenta K. “Tenemos que hacer tequio [trabajo colectivo]. Como maestra tienes que dar ejemplo, ir a limpiar el campo... Una comunidad necesita mucho más que un maestro que vaya a enseñar”, añade otra compañera.

Autogestión solidaria

En la Rural desarrollan una vida política intensa, que tiene su coste económico. “Hacemos viajes para reuniones con la Federación de todas las normales y no puedes decir ‘papá, necesito dinero para ir a Chia­pas’”, observa J. N., secretaria general de la Normal.

Siempre tratan de enviar apoyo a las acciones que convocan las organizaciones de las que son parte, la Coordinadora Estudiantil Norma­lista del Estado de Oaxaca, a nivel local, y la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM). Las que acuden van en autoestop. Pero cuando son muchas las que tienen que transportarse “secuestran” autobuses. Es una práctica habitual de las normales. Precisa­mente, los normalistas de Ayotzi­napa desaparecidos y ejecutados ­extrajudicialmente en Guerrero habían “secuestrado” autobuses y pretendían viajar a la Capital Federal para la conmemoración de los 46 años de la masacre de Tlatelolco. El Go­bierno los criminalizó por esta práctica, los retrató como unos vándalos.

“No son secuestros propiamente, los conductores nos dan un apoyo para que nos podamos trasladar a las marchas. Se les da un buen trato, se les da alimentación, hospedaje, se les paga a ellos y a la empresa. Ellos también ganan”, comenta M. S.. En la noche, las alumnas invitan a cenar a los choferes a la taquería popular situada enfrente de la Nor­mal. Definitivamente, no tienen ­cara de estar retenidos.

El Comité de Lucha también ­coordina la liberación de casetas de cobro –puestos de peaje– para conseguir recursos en situaciones especiales. Me cuentan que la última liberación fue hace una semana, en la caseta de Coixtlahuaca. Fue un con­tin­gente de 50 estudiantes. Mientras unas desplegaban la pancarta para informar del motivo –Ayotzinapa en esta ocasión–, seis boteadoras pedían una aportación voluntaria a los vehículos. Igual que los “secuestros”, es una práctica conocida por el entorno social, los conductores suelen solidarizarse: en lugar de pagar el peaje al Go­bierno se lo dan a las normalistas, y más en estos momentos.

Referentes políticos

En los murales de las normales encontramos retratos del Che, Marx, Zapata e incluso de Lenin. Ninguna mujer. ¿Las nuevas generaciones no encuentran estos referentes algo desfasados? ¿Qué opinan de otros movimientos más jóvenes que han renovado el imaginario político?, les pregunto con confianza.

“Hemos visto otras organizaciones estudiantiles que han surgido y de cierta manera han caído –como el de Yo Soy 132–. Nuestras mismas bases políticas nos han mantenido y unido. Tenemos una estructura que ha permitido que subsistamos tantos años”, defiende la secretaria general. Sin embargo, admite que las formas de lucha normalistas están gastadas, “ya no tienen mucha repercusión, no funcionan para que el Gobierno atienda nuestras necesidades”.

Para A. L., lo viejo es la situación de injusticia en la que sigue instalado México. "¿Cómo estábamos hace 100 años? Pasó la independencia y todo eso y ¿qué se ganó?, ¿cómo está hoy la ley laboral o la repartición de tierras? Hoy estamos retrocediendo, incluso quieren privatizar el petróleo".

 

 

“Una comunidad necesita mucho más que un maestro que vaya a enseñar”, dice una normalista

A alumnas como E.M., sin embargo, la política no le interesa mucho. Cuando le pregunto por sus referentes políticos me habla de su maestro de sexto grado, del que tanto aprendió.

“¿Líderes? No, la verdad, todo se realiza en conjunto, dentro de un orden. Entre todas damos propuestas de cómo sacar el trabajo adelante”, comenta una alumna de segundo. Esa estructura no permite la cristalización de liderazgos, todas las alumnas son comité, base o activistas.

Cada año se renuevan los comités de todas las normales, los cargos rotan y se escogen en colectivo. E.M. asume su cargo, la han elegido, pero siente el peso de la doble responsabilidad, la académica y la política.

Unas actúan más por convicción, otras porque hay que cumplir unas normas, aunque éstas se acaban convirtiendo en hábito. Pero todas, en sus términos, hablan de su compromiso social como docentes.

“Muchas personas de las comunidades no pudieron estudiar, no saben leer, llegan personas con más conocimiento, les firman papeles y les quitan su propiedad. No es que vayamos a causar problemas, no, sólo les decimos cuáles son sus derechos y cuál puede ser su lucha”, afirma E.M.

La mayor parte reconoce que los primeros años fueron duros, pero le “agarraron amor” a la Normal. “Con todo lo que ha venido ocurriendo entran esas ganas de salvarla o querer que esto no se pierda. Te das cuenta de que hay mucha gente que no tiene una oportunidad de seguir estudiando”, habla D. E., del Comité de Acción Social.

Después de 70 años, a pesar de la difamación y la represión, este movimiento estudiantil sigue existiendo. Y, tratándose de un movimiento marcado por la corta vida del estudiantado, sorprende ver que su funcionamiento estructurado se mantenga y que se traslade de generación en generación. El normalismo rural es un cuerpo político con referentes antiguos, pero con un músculo que año tras año se regenera.

Maestras comprometidas

Muchas llegaron a la Normal sin vocación de maestras, sencillamente era la única opción para seguir estudiando. L. R., del Comité de Relaciones Exte­riores, quería estudiar para criminóloga, J.M. quería ser abogada. Otras, después de tener que cuidar a sus hermanos pequeños, no se imaginaban trabajando con críos. “Es en la práctica cuando te enamoras de tu carrera”, dice J. El resto asiente.

Cuando egresen irán a las comunidades más desfavorecidas, las que están más aisladas, algunas sin agua ni luz. Son profundamente conscientes. “Ser maestro es una labor social, debemos ir apoyadas por la comunidad; si nos van a dar frijoles parados [cocidos sin más], pues nos los tenemos que comer”, dice H., del Co­mité de Higiene, mientras el resto se ríe. “Al principio fue duro, no había acceso, teníamos que caminar, cruzar los arroyos sin zapatos para llegar a la escuela. Era un cerro y cuando llovía teníamos que ir en chanclas, los niños nunca faltaban, aún si se estuviera cayendo el cielo no podías faltar. Fue muy bonito”, Diana habla emocionada de sus prácticas en una comunidad del Itsmo (Oaxaca).

Ayotzinapa despertó al mundo

“El Gobierno agrede constantemente a las normales rurales. Lo que quiere es desaparecernos”. A. L. no tiene la menor duda sobre las causas de las desapariciones de Ayotzinapa. Después del carde­nismo, el hosti­gamiento de los Go­biernos federales y estatales a estas escuelas ha ido en aumento. “Nido de guerrilleros”, incluso “kínderes bolcheviques”, han sido denominaciones para despresti­giarlas.

Tam­bién se las ha reprimido, especialmente durante la guerra sucia. Y se las ha estrangulado. Las sucesivas reformas educativas han ido cerrando normales –tras el movimiento de 1968 desaparecieron más de la mitad–, las han ido vaciando de contenido, evitando que sean internados, que vivan en comunidad. En el ojo de mira siempre están las normales con más peso dentro de la FECSM. “Ahora el narcogobierno ha vuelto a golpear a la Federación al atacar ‘Ayotzi’, que es una de las más fuertes. [Ante] cualquier problema ellos siempre están primero”.

¿El golpe de ‘Ayotzi’ os ha unido más o ha generado terror?, pregunto. Hay alumnas de primero que han abandonado la escuela, y lo de Ayotzinapa podría ser una razón. Pero todas las alumnas que conozco hablan de unión, se han acercado a otras organizaciones estudiantiles y sociales.

“No son secuestros propiamente, los conductores nos apoyan para que  podamos ir a las marchas”

“Por una tragedia se dieron a conocer las normales rurales. Pasó esto para que se abrieran los ojos de lo que hace el Gobierno. Porque esta situación se vive a diario en todos los Estados de México, nosotras lo vemos porque las personas nos platican que la situación en muchos sitios es crítica, a veces no pueden pasar por el mismo narcotráfico, el secuestro, tráfico de órganos... Mé­xico está muy cansado, necesitaba la gota que derramara el vaso”, J.N. habla sin pausa.

Cuando mencionan la marcha del 20 de noviembre en Ciudad de México su mirada se vuelve más expresiva. “Fuimos en la caravana con las familias y era una sensación... Llegabas a una Normal y toda la gente se acercaba, si 50 pesos traían, eso les daban –recuerdan–. ‘Ayotzi’ viene a ser esa esperanza para hacer el cambio. Lo vimos el 20 de noviembre, mucha gente como no se había visto, las calles llenas, era difícil de creer”.

No, las normalistas de Tama­zulapa no tienen miedo. “Nos debemos a nuestra Normal, un normalista rural siempre va a sacar la cara por su Normal, es tu escuela y tu casa, donde no encuentras compañeras, encuentras hermanas”.

Educación rural para familias de pocos recursos

Las escuelas normales rurales son instituciones encargadas de la formación de los y las maestras de educación primaria. Con la Revolución Mexicana se generalizaron en todo el territorio, como parte de un proceso social de cambio que buscaba el acceso a la educación para hijos e hijas de las familias más humildes.

Las alumnas de La Vanguardia, en Oaxaca, son de familias de bajos recursos, y han pasado por un estudio socioeconómico además de un test de embarazo para poder matricularse. Los gastos en una normal rural son menores que en el resto de escuelas superiores, tienen alojamiento y la matrícula es más baja, pero algunas alumnas cuentan que pueden sostenerse porque tienen familia en EE UU que las apoya económicamente.
 

El papel de las normales en el ideario socialista

Las normales rurales tuvieron un papel importante en la reforma agraria y en la promoción de la educación socialista. En los 30, cuando a los maestros se les pedía que, además de dar clases, concienciaran a la población. El ideario socialista formó parte del programa académico durante la presidencia de Lázaro Cárdenas (1934-1940). Hoy son las propias alumnas las que lo difunden entre ellas mismas a través los círculos de estudios que organiza el Comité de Orientación Política e Ideológica de cada normal.
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