Asesinato de una mujer negra en Detroit
La muerte de Aura Rosser: belleza y policía

Tras el asesinato policial de una mujer, el autor se plantea la reflexión. ¿Qué clase de seres humanos somos? ¿En qué vamos a convertirnos? Publicado originalmente en Sin Permiso

, Es profesor de Historia en la Universidad de Toledo. Traducido para Sin Permiso por Lucas Antón
03/12/14 · 18:19
Frida Kalho en una visita a los murales que Diego Rivera pintó en Detroit.

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Aura Rosser, una cuarentona negra, madre de tres hijos, murió a causa de los disparos de la policía aquí, en Ann Arbor, el 9 de noviembre de 2014. ¿Qué clase de ser humano era? De momento, la respuesta depende de lo que la policía sugiera (drogadicta) y lo que se refiere que ha dicho su hermana (artista). No deseo hacer reflexiones biográficas o psicológicas sobre ella, pero su muerte suscita otras dos preguntas que merecen ser objeto de reflexión.

¿Qué clase de seres humanos somos? ¿En qué vamos a convertirnos? La policía, llamada para que interviniera en una pelea doméstica, respondió disparándole en la cara cuando ella se acercó desde la cocina, supuestamente con un cuchillo de pescado en la mano. Según su hermana, solía cocinar cuando no se encontraba bien. De hecho, tenía experiencia en el sector hostelero por haber trabajado en restaurantes de Detroit, Lansing y Okemos.

Un Estado policial no es solo un Estado de ilegalidad y fuerza, es un Estado secreto

De acuerdo con lo declarado por su hermana, era “muy artista. Estaba metida a fondo en pintar al óleo y con acrílico. Era una chica de las cultivadas”, proseguía su hermana, “era una chica de verdad dulce. Salvaje. Extrovertida. Elocuente”. Según las noticias y los relatos de la policía, Aura Rosser se convirtió en adicta a la cocaína o el “crack”. Verdadero o falso, la información vincula su fallecimiento a los campos internacionales de la muerte, a la violencia de la producción en Colombia, la violencia del tráfico en México. Raúl Zibechi y Gustavo Esteva, ambos comentaristas bien informados, concluyen que los narcodelincuentes y políticos se han fundido en el narcoEstado. En septiembre, 43 estudiantes y profesores “desaparecieron” en México gracias a una combinación de autoridad corrupta y terroríficos cárteles de la droga. Estos estudiantes y profesores del estado de Guerrero eran (¿son?) jóvenes y están comprometidos con ideales de justicia y subsistencia para todos.

No puedo considerar simplemente “un error” la muerte de Aura Rosser a manos de la policía. Es esencial que la justicia de la gente se vea bien servida en el caso de este homicidio por una investigación rigurosa y abierta de los policías que dispararon. La policía llevará cabo su propia investigación secreta, pero eso es algo totalmente insuficiente. Un Estado policial no es solo un Estado de ilegalidad y fuerza, es un Estado secreto. Ese es otro vínculo entre lo local y lo global. Edward Snowden, revelador de los secretos [de la NSA], ha acabado en el exilio tras haber mostrado que el gobierno espiaba nuestras comunicaciones telefónicas y electrónicas. Bien sea a escala municipal, del condado, del estado, federal o internacional, el secretismo es la máscara del terror o del delito.

Evidentemente el homicidio de Aura Rosser pertenece a un contexto más amplio, en el que se incluye la violencia racista contra la gente de color: Emmett Till, Oscar Grant, Trayvon Martin, Michael Brown. Aura Rosser era de Detroit; se había graduado en el Instituto Técnico de Cass, en Detroit. Su vida coincidió con la deliberada destrucción de la vida saludable y prometedora en Detroit. De un lado, la ciudad de Detroit ha quebrado a causa del robo del capital que crearon generaciones de trabajadores y la eliminación histórica de toda la infraestructura (energía, carreteras) y el sistema de fábricas del régimen de automovilismo del siglo XX. Por consiguiente, se ha vaciado, consumido, contaminado la ciudad, teniendo un agua potable que se ha privatizado ¡precisamente en la región del planeta que contiene el mayor volumen de agua dulce!

La belleza se refiere no sólo a las facultades emocionales, espirituales y sensoriales sino también a las intelectuales y morales. Es también política

Puesto que Aura Rosser tenía aspiraciones de artista, esto debería motivarnos para comprender su homicidio en un contexto, por otro lado, que es lo contrario dialécticamente de la pauperización de la ciudad, a saber, la lucha por un futuro digno de vivirse para la gente del común y el ejercicio de la imaginación a tal fin. Detroit en situación de extrema necesidad tiene un pasado y un presente de fabulosa creatividad gracias a sus trabajadores y estudiantes, lo que dio como resultado no sólo los afamados murales de la civilización automovilística obra del gran artista mexicano, [Diego] Rivera, homenaje al hermoso movimiento de trabajadores del siglo XX, sino de constantes innovaciones sociales, políticas y musicales contra el racismo, la opresión y la explotación creadas por su gente del común, sobre todo por gente negra. Este vasto tesoro de experiencia humana anticapitalista es bien conocido a lo largo y ancho de las partes más perspicaces del mundo. Me refiero, por ejemplo, al movimiento de jardinería urbana, al antiguo poeta laureado del país, Philip Levine, al sonido Motown, al Centro Grace Lee Boggs, a los perdurables anarquistas del Fifth Estate, a la perspectiva global de los trabajadores locales del automóvil, a la Liga de Trabajadores Revolucionarios Negros, DRUM, ELRUM, &c., y a la tremenda reparación de la dignidad contra la “niggermation” [sobreexplotación de la clase obrera negra] de las líneas de montaje, que todo el mundo sabe que se deletrea R-E-S-P-E-T-O. Esta creatividad ha dependido de la colectividad, la imaginación y la heterogeneidad de la gente. Cualquiera familiarizado con esta historia sabe que es hermosa. La belleza suscita admiración, sobresale por su gracia, deleita al ojo, al oído, al gusto, al cuerpo y por último a ese órgano descuidado tan a menudo, la mente.

En respuesta a la pregunta “¿En qué clase de seres humanos vamos a convertirnos?”, la belleza hace sus propuestas de aspiración. No puede florecer, ni existir siquiera, en condiciones de homicidio, fealdad, privación, avaricia, enfermedad y sed. Sin embargo, esta es la realidad. ¿Cómo vamos, por tanto, a escapar del dilema entre la fea realidad y la justa aspiración, si no es gracias a las energías de la juventud que se mueve fuera de la caja inerte de papeles sociales degradantes, o mediante las visiones de artistas que puedan avizorar otro mundo posible? Sin embargo, es esto lo que está siendo destruido por la inhumana organización del narcoEstado; es esto lo que impide el Estado policial. La belleza se refiere, dicho de otro modo, no sólo a las facultades emocionales, espirituales y sensoriales sino también a las intelectuales y morales. Es también política. Nuestros antepasados de hace cien años en Chicago la llamaban, cuando luchaban por una sociedad de igualdad y justicia, “la hermosa idea”. La condición fundamental de la abolición de la esclavitud que ha sido cimiento del racismo en los EE.UU. es la noción revolucionaria de “lo negro es hermoso”: “Black is beautiful.” La belleza, por supuesto, tiene una dimensión filosófica, la “estética”. La palabra proviene del griego y se refiere a la percepción de lo sensual material. “Anestésico” significa sin estética, sin sentimiento. La anestesiología complementa la cirugía induciendo la incapacidad de sentir dolor. La drogadicción mata el sentimiento y puede matar el poder de la imaginación, ese poder de ser hermoso que es lo que el planeta necesita hoy más que nunca. El Estado policiaco y el narcoEstado están interrelacionados en un hediondo cenagal de secretismo y violencia.

Mucha gente, la gente joven sobre todo, pero no sólo, desea convertirse en artista, o encuentra al menos una práctica artística en la comida, la pintura, el teatro, la cerámica, la madera o el metal, la escultura, la música, la edificación, la poesía, la escritura. Este deseo guarda relación con el impulso de escapar de la miseria actual. Es un impulso que exige valor para seguirlo puesto que, en primer lugar, debe rebasar el constante énfasis en conseguir un trabajo con el fin estrictamente utilitario de obtener ingresos y lograr una seguridad que sólo está disponible mientras los beneficios los maximice el 1%. Hace falta valor por otra razón, así como debido a que se requiere movilizar ingentes poderes del espíritu humano para superar los desastres ecológicos a los que nos enfrentamos.

El Estado policial necesita sus apologistas, por vulgar o refinado que sea el caso. La activista y periodista canadiense Naomi Klein acaba de publicar un libro para nuestra época, This Changes Everything: Capitalism vs. the Climate [Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima]. Lo ningunea por completo con un tufo esnob la escritora Elizabeth Kolbert, del New Yorker. Así lo desmantela: “En lugar de ‘decrecimiento’ [Naomi Klein] ofrece ‘regeneración’, un concepto tan jovialmente borroso que no intentaré siquiera explicarlo. La regeneración, escribe Klein, ‘es activa: nos convertimos en participantes plenos en el proceso de maximizar la creatividad de la vida”. Esta es una actitud de clase dominante. Se niega a argumentar mirando en cambio desdeñosamente desde lo alto. No hay revolución en la historia humana que no empezara con “borrosa jovialidad”, el no a la esclavitud, digamos, o el fin de semana o el agua dulce. El artista, el joven y el activista se niegan a aceptar el mundo tal cual es. Otro mundo es posible. De aquí la importancia de la creatividad, la belleza y la imaginación y por qué el activista y el artista son aliados.

No estoy convencido de que la policía esté persiguiendo una política de destrucción deliberada de activistas y artistas, aunque desde luego la policía está descontrolada. Tienen demasiadas armas, y como vimos el verano pasado, son armas de guerra, sobrante barato desechado del Pentágono y sus guerras secretas. La forma de prevenir equivocaciones con las armas consiste en empezar por no disponer de ellas. Quizás podemos comenzar por responder a las llamadas que alertan de peleas domésticas sin armas y hacerlo combinadamente con la eliminación de las causas de esas peleas. Del mismo modo que puede disminuirse poco a poco el arsenal nuclear o eliminar las armas químicas, la policía podría reducir igualmente su armamento personal e institucional.

Desarmar a la policía

Se dirá que son castillos en el aire. Quizás. Pero consideremos esto. Hubo una época en Toledo, en el estado de Ohio, en que la policía iba realmente desarmada. Así sucedió en la época en que (“Golden Rule”, [“Regla de Oro”]) Jones fue alcalde entre 1897 y 1904. Cito del artículo de Robert Bremner sobre las políticas policiales de Toledo que apareció en el American Journal of Economics and Society, volumen 14, nº.4 (julio de 1955).

No estaba en contra de la policía de por sí. Lo primero que hizo Jones fue introducir la jornada de ocho horas cuando antes los agentes de policía trabajaban en turnos de 12. Toledo tenía en aquella época un problema de drogas, alcoholismo, gente sin techo y vagabundos. Perry Knapp, jefe de policía de Jones, dio instrucciones a sus agentes para que no acosaran a la gente por ser pobre o no tener hogar. “El objetivo de sus medidas consistía en hacer que la gente cumpliera los derechos de las clases desprivilegiadas, tan escrupulosamente como se hacía con los de las clases más opulentas”. “No obstante, la reforma más característica aplicada por Jones y Knapp en el cuerpo de policía fue la que motivó la más enérgica desaprobación de parte de los elementos de ley y orden de la ciudad, la retirada de los garrotes de la policía. En sí mismo, privar a la policías de sus garrotes era poca cosa. Como la eliminación de las señales ‘Prohibido pisar la hierba’ de los parques de Cleveland, derivaba su importancia de que comprometía a la administración con un nuevo punto de vista”. Su teoría es que la policía debería servir en lugar de reprimir. Ese era el “nuevo punto de vista”. Brand Whitlock, que le sucedió como alcalde entre 1906 y 1914, fue autor de un libro humano y generoso titulado On the Enforcement of Law in Cities [Sobre el cumplimiento de la Ley en las ciudades] (1910). Explicaba: “No creo que la forma de moralizar a las personas consista en atizarles en la cabeza con porras de policía: creo que es mucho mejor crear condiciones tales como para que tengan la oportunidad de crecer fuertes y saludables físicamente, y después de eso puedes confiar en que sean bastante buenos”. Concebían la Ley como derecho natural con consentimiento popular.

Estos tres hombres –Samuel “Golden Rule” [“Regla de Oro”] Jones, Perry Knapp, el jefe de policía, y Brand Whitlock, también alcalde– eran tipos cultos, como Aura Rosser, esa “chica de las cultivadas”. Les encantaba la poesía. Leían a Ralph Waldo Emerson, a Walt Whitman y a Paul Lawrence Dunbar. Jones oficiaba a veces de juez en el tribunal de policía. No creía que la prisión sirviera de nada. Tomaba decisiones lógicas pero nada convencionales, hasta extravagantes. Así por ejemplo, “en cierta ocasión en que le trajeron a un hombre acusado de robar pan de una panadería y éste demostró que no había podido conseguir trabajo y que su familia necesitaba comida, Jones multó a todos los presentes en la sala del tribunal con diez céntimos y a sí mismo con un dólar por vivir en un país en el que la situación social empujaba a un hombre a robar”.

De modo que si nuestra experiencia histórica puede proporcionarnos alguna guía para nuestro futuro, parece que la experiencia de Toledo a comienzos del siglo XX fue que el desarme de la policía como medio de eliminar su función represiva podía tener éxito si se realizaba en paralelo a la redistribución de la riqueza. No es más que sensatez. Sin embargo, no bastan el desarme y la redistribución del dinero. Debe cambiar el “punto de vista”, toda la disposición mental.

Y eso comienza con el principio de reparación o justicia reparatoria, la esencia de la comunidad. En México se apela a la “rabia de la dignidad”. Debe ser también la nuestra.

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