Los caladeros de senegal se agotaron en los años 2000 debido a la pesca de los arrastreros extranjeros
De la red vacía a la migración

Ali es uno de tantos migrantes que malviven en Barcelona buscando una vida mejor, después de verse obligados a emigrar de países antes ricos en pesca.

, Senegal/Barcelona
22/11/14 · 8:00
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Además de atraer a multitud de turistas, las Canarias se han convertido en una base logística de primer orden para el comercio internacional de pescado. Junto a las ricas aguas de África Occidental, las Islas Canarias son uno de los puntos más importantes de entrada al mercado de pesca ilegal. Un gran número de barcos de pesca de arrastre europeos, asiáticos y rusos navegan las aguas de África Occidental, muchos de ellos bajo una bandera de Panamá, Belize, las Comores o varios Estados de África Occidental, aunque la tripulación es mayormente asiática o europea, especialmente española.

Según la Fundación de Justicia Medioambiental y Greenpeace, la pesca ilegal es endémica, particularmente a través de arrastreros en los que ondean banderas de conveniencia, barcos mercantes registrados en un Estado soberano distinto del del propietario del barco. Las banderas de conveniencia son un medio para sortear la regulación laboral marítima, permitiendo a las compañías evadir impuestos e ignorar los estándares básicos de salud, seguridad y medioambientales. Los trabajadores son generalmente de países pobres, con sueldos por debajo de lo normal o incluso esclavizados. Las banderas de conveniencia reúnen hasta el 30% de la pesca mundial. Según Oceana, África Occidental tiene los mayores niveles de pesca ilegal del mundo, contando con el 40% de la pesca de la región. Se estima que el África subsahariana pierde aproximadamente mil millones de dólares al año en ingresos debido a la industria de pesca ilegal.

Tanto europeos como asiáticos han estado pescando en las abundantes aguas de África Occidental desde la época colonial. Tras lograr la independencia, muchos países en desarrollo empezaron a establecer zonas marítimas territoriales hasta las 200 millas náuticas de sus costas a mediados de los 70. Desde entonces, las naciones empezaron a negociar acuerdos bilaterales y multilaterales de pesca, que permiten a los países ricos comprar derechos de pesca en las aguas territoriales de otro Estado soberano. La mayoría de los casi 20 acuerdos de pesca firmados por la Unión Europea en la última década son con países del África Occidental. Hasta el momento, la UE tiene 13 acuerdos bilaterales, ocho de ellos en África. Los gobiernos corruptos de las naciones empobrecidas son a menudo dependientes en esos acuerdos de comercio unilaterales y de los millones de euros que aportan en ingresos, a pesar de la crisis profunda sobre sus propios ciudadanos y sobre el medio ambiente.

Senegal fue el primer país subsahariano en firmar un acuerdo de pesca con la Comunidad Europea en 1979. La UE pagó a Senegal 16 millones de euros al año, pero el acuerdo no fue renovado en 2006 porque los caladeros de Senegal colapsaron de pronto. La UE firmó el que es actualmente su mayor acuerdo de colaboración de pesca, con Mauritania, en julio de 2012. Valorado en 70 millones de euros, el acuerdo representa aproximadamente una sexta parte de los ingresos nacionales de Mauritania. Mientras las reservas de pescado caen rápidamente, hay una creciente presión de la UE para extender sus acuerdos a otros países, y en julio de 2014 se ratificaba uno más con Marruecos, lo que afecta también a las aguas territoriales del ilegalmente ocupado Sáhara Occidental.

Cruzando mares

Con el inicio de la profunda crisis económica en España, las playas y callejuelas de Barcelona empezaron a inundarse de migrantes angustiados. Los trabajadores temporeros agrícolas y los eventuales de la construcción habían sido los primeros en perder sus trabajos. Muchos vendedores callejeros del África Occidental en Barcelona llegaron a España en una barca de pesca a través de las Islas Canarias. Muchos de ellos, como Ali, de Senegal, son antiguos pescadores. Su historia es siempre la misma: sin poder mantener a sus familias debido a que los barcos de arrastre europeos han robado todo el pecado, dejaron sus hogares buscando un futuro mejor. Ahora muchos de estos hombres tienen una existencia miserable entre las masas de turistas y viviendo con constante miedo de ser detenidos por la policía.

La cara de Ali se ilumina brevemente cuando comparte las historias de su infancia y las enseñanzas de su abuelo. Su corazón anhela el mar, pero durante muchos años ha sido imposible lograr una existencia decente pescando en Senegal. En una oscura noche de enero de 2012, en la costa sur de Dakar, la capital de Senegal, los focos de los pesqueros extranjeros brillan más que la luna llena. Pronto en la mañana, con el sol apenas asomándose en el horizonte, las primeras barcas se adentran en el mar. Muchas de las barcas de madera pintadas permanecen atracadas en la arena de la orilla porque los pescadores locales no pueden afrontar el coste del combustible.
No quedan peces en Senegal, un país que una vez fue famoso por sus aguas abundantes en pesca, y por tanto no hay ingresos para los pescadores artesanales y sus familias. Todos los días ven los enormes barcos de pesca de arrastre rebuscando a lo largo de la costa con sus potentes motores rugiendo, barriéndolo todo hacia sus enormes redes. Los pescadores desocupados se sientan y matan el tiempo en sus barcas vacías.

Mientras Ali anda por la playa de Barcelona, recuerda los tiempos en los 90 cuando había suficiente pesca para todo el mundo en Senegal. En un buen día, podías recoger una cantidad decente en sólo unas horas y a 10 kilómetros de la costa. Ahora los pescadores deben viajar por lo menos 40 kilómetros mar adentro. La pesca es una fuente clave de alimentación y subsistencia para la gente de Senegal. Da empleo a 600.000 personas, o hasta a un millón si se incluyen todos los sectores de la industria.

Una barca oscilante en el mar es el segundo hogar de Ali. La pesca ha sido en su familia a lo largo de los siglos un negocio artesano enseñado de padre a hijo. Como muchos niños en las familias de pescadores, Ali empezó a pescar alrededor de los 12 años. En los 90, un barco era compartido por un pequeño puñado de pescadores, pero con la aparición del desempleo masivo y los costes de combustible exorbitantes estos días encontrar entre 10 y 20 pescadores por barca no es inusual. En los buenos tiempos, los únicos botes que quedaban en tierra eran innavegables, pero ahora las playas están llenas de barcas en desuso y sus propietarios no pueden hacer frente al combustible.

Ali recuerda ver al día una media de cinco pesqueros de arrastre, o hasta 15 por noche, rastreando las aguas cercanas a la playa de su casa al sur de Dakar a primeros de los años 2000. Ocultos en la noche, los barcos arrastreros se movían lentamente acercándose a la costa, cruzando hasta las aguas prohibidas. Comparados con las barcas hechas a mano utilizadas por los pescadores locales, los pesqueros extranjeros son gigantes, sus redes son tan inmensas que devoran todo a su camino. Su media diaria de capturas es de entre 200.000 y 250.000 kilos, una cantidad equivalente a lo que consumen anualmente al menos 9.000 senegaleses. La mayoría de los pesqueros extranjeros son españoles o chinos.

Muchas especies de peces empezaron a desaparecer después de que los inmensos pesqueros de arrastre destruyeran sus hábitats marinos naturales. Ali se vio a menudo obligado a dar la vuelta con su barca debido a las grandes cantidades de pesca descartada por los pesqueros extranjeros. Toneladas de peces muertos flotaban en el mar, algunos hundiéndose hasta el fondo, y el hedor de los cadáveres repelía cualquier pez vivo en los alrededores. Durante muchos días no había pesca para los pescadores locales.

Los pescadores senegaleses empezaron a darse cuenta de la alarmante aniquilación de los peces locales alrededor de los años 2000. En 2002, WWF informó de un grave declive del 50% en las reservas de peces en el África Occidental. Tres años después, los ingresos de Ali se hundieron. Las antaño prósperas playas del África Occidental empezaron a llenarse de barcas vacías. Las familias de pescadores se vieron obligadas a sobrevivir con una o dos comidas al día, dependiendo de lo que el mar proveyera. Si no había pescado, comían arroz azucarado. Cada vez menos familias podían permitirse llevar a sus hijos a la escuela o cubrir los gastos médicos. La pobreza se convirtió para muchos en un ciclo perpetuo.

El agotamiento de los caladeros de Senegal dejó a muchos jóvenes sin más elección que dirigirse a Europa. “Todos nosotros queremos ayudar a nuestra familias y construir un hogar”, dice Ali. En 2005, unos 5.000 africanos occidentales navegaron hacia las Canarias en sus cayucos. Este número se multiplicó por seis al año siguiente, con más de 31.000 africanos huyendo del desempleo para construir un futuro mejor en Europa. Una noche, en el verano de 2006, Ali y otros 92 hombres subieron a un cayuco en una playa al sur de Dakar. Otras ocho barcas se preparaban para partir esa noche, cada una de ellas llevando a entre 70 y 90 pasajeros. Iluminada por las estrellas y con los pesqueros extranjeros en el horizonte, la oscura playa estaba llena de agitación con 800 migrantes llenos de esperanza, sus amigos y familiares, y con los traficantes organizando su transporte. Un estado de ánimo de miedo y nerviosa anticipación llenó el aire mientras se decían adiós.

Ali y los otros diez pescadores a bordo de su barca eran buenos nadadores. El resto de los pasajeros eran mecánicos, vendedores, pintores y otros buscadores de empleo, muchos de los cuales nunca habían aprendido a nadar, y sólo unos pocos de ellos llevaban chalecos salvavidas. Su primer día en el mar hizo mal tiempo, fuertes vientos y olas que rompían. Los recuerdos más vívidos de Ali del viaje de siete días eran los constantes vómitos de los pasajeros. Durante las noches frías luchaban contra el siempre presente riesgo de hipotermia. Al tercer día, las olas crecieron hasta los tres metros de altura. La barca fue abofeteada por vendavales y los pasajeros empezaron a vomitar de nuevo. La barca crujía y los pasajeros achicaban agua frenéticamente del fondo con fugas, gritando con pánico y desesperación cuando se quedaron sin maderas para parchearlo. Tras un viaje de siete días que parecía no tener final, la barca pintada y llena de color finalmente tomó tierra en una playa de Tenerife.

En tierra

Los pasajeros fueron llevados al centro de detención de Hoya Fría. Durante el pico de inmigración, los centros de detención se multiplicaron a lo largo de las Islas Canarias. Las celdas a menudo estaban atestadas y el olor era horrible, con muchos centenares de detenidos compartiendo sólo unas pocas duchas y baños. Por la noche los confinados orinaban en botellas. Ali no estaba seguro de cómo tratar con las autoridades. “Les dije mi nombre, de donde venía y dónde iba. Después de 40 días en la cárcel, me enviaron de vuelta a Dakar”, recuerda.

Desilusionado, Ali decidió volver a su pueblo y olvidar su sueño de Europa. A finales de otoño de 2006, mientras se paseaba por la costa de su pueblo, fue golpeado por la vista de las barcas desiertas que flotaban en el agua. Ya no había pescado, así es que Ali decidió volver a intentarlo. Debido a las patrullas cada vez más frecuentes, la barca que llevó a Ali y a otros 106 pasajeros hizo un rodeo. Finalmente llegaron a Tenerife en diciembre, exhaustos de su largo viaje. Los hombres llamaron a sus casas para hacer saber a sus seres queridos que estaban a salvo. La radio había informado de una tormenta horrible en el mar poco después de que partieran. Muchas barcas tuvieron que volver, y algunos habían muerto.

Las autoridades de inmigración de las Islas Canarias informan de que 6.000 personas se ahogaron en 2006 de camino a Europa. Esta vez Ali ocultó su identidad. Tras casi seis semanas de detención, él y un grupo de otros inmigrantes sin nacionalidad establecida fueron escoltados por la policía a Valencia. Y así empezó la vida de vagabundeo para el expescador Ali.

Vida en las calles

Viviendo sin casa en España, Ali durmió en párkings y en bancos, haciendo el “trabajo sucio” que siempre hacen los inmigrantes, recogiendo uvas, mandarinas y naranjas de un lugar a otro con los roms del Este de Europa y bolivianos, ecuatorianos y peruanos, a menudo a lo largo de sin descanso y sin contrato. Ali pasó 18 meses buscando frenéticamente un trabajo, a menudo durmiendo en cajas de cartón en huecos de escalera, cajeros o estaciones de tren y bus. El agotamiento creció mientras se despertaba sobresaltado a menudo por paseantes nocturnos, limpiadores, la policía y viajeros. A las seis en punto todas las mañanas se levantaba para buscar trabajo.

Por la noche Ali se lavaba en las fuentes públicas, que compartía con muchos otros trabajadores migrantes sin papeles. Un refugio para personas sin vivienda les ofreció comida gratis tres días a la semana. El resto de la semana Ali salía a buscar restos en los contenedores de basura. “No puedo decírselo a mi familia. Están mejor sin saberlo. No quiero que se preocupen”, dice. Ali no ha visto a su mujer y a sus dos hijos desde que dejó Senegal en 2006. Su hija nació el año que se fue. El expescador Ali actualmente gana 20 euros al día como exterminador de cucarachas. Ahorra mucho del dinero para la escuela de su hijo mayor. Duerme sólo unas pocas horas cada noche. Sólo mientras trabaja su mente se calma y es capaz de descansar.

Los “barcos monstruosos” españoles

El 4 de noviembre, Greenpeace lanzaba el informe Monster Boats. Una lacra para los océanos, con los 20 barcos pesqueros más destructivos de Europa, barcos sobredimensionados y perjudiciales para los océanos y responsables de sobrepesca. De estos barcos de once nacionalidades, cinco son españoles. Se trata de los cerqueros vascos especializados en atún Albacora Uno, Albatún tres y Txori Argi, y los arrastreros de fondo gallegos Eirado do Costal y Playa de Tambo.

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