Crónica de una dimisión

El autor reflexiona sobre los errores de la UGT-Madrid en los últimos 20 años y el futuro de la central sindical.

, es investigador social. Sus últimos trabajos versan sobre metodología de la investigación y comunicación política y sindical.
17/10/14 · 12:22

Hacia finales de junio de 2012, el secretario de organización de UGT-Madrid asumió el discutido y discutible rol de entregar las correspondientes cartas donde se informaba de la extinción de la relación laboral a treinta y tres trabajadores y trabajadoras, todos incluidos en el primero de los dos ERE que la unión autonómica del sindicato socialista presentó a la autoridad laboral entre el citado año y el siguiente. Seis meses antes, a un centenar de asalariados y asalariadas temporales les fue comunicado que sus contratos no serían renovados. Varios de esos trabajadores indefinidos, organizadores sindicales, mayores de cincuenta años, administrativos de baja cualificación, eran conscientes de que la probabilidad de volver a incorporarse al mercado de trabajo era poco menos que residual. En su currículum pesaba un estigma inextirpable. Ese caluroso día de junio se puso en marcha un reloj que se detuvo el pasado viernes, cuando el secretario general hizo oficial su dimisión tras revelar la dirección de Bankia, dos días antes, que utilizó de una forma reiterada las tarjetas de crédito fraudulentas, opacas a la fiscalidad, facilitadas durante el mandato de Miguel Blesa a consejeros de esta entidad financiera. Había más sindicalistas, de UGT y de CC OO. Algunos, de los que nunca un militante crítico con su organización hubiese sospechado. Atrás quedaba la excéntrica candidatura que el secretario de organización confeccionó en el XIII congreso, celebrado en mayo de 2013, más como una forma de apartarse de una gestión que, quiera o no reconocerse, ya estaba viciada por escasamente creíble desde que decidieran tramitar el citado expediente. Un sindicalista no puede, por razones éticas, por coherencia discursiva, por un motivo funcional, despedir. Si lo hace, no es un sindicalista. Es una contradictio in terminis, un oxímoron. Quiero decir: si lo hace, hay que elegir otro sustantivo para definirlo. 
La gestión de esta comisión ejecutiva del sindicato socialista madrileño es ejemplo de cómo no debe dirigirse una organización sindical
La gestión de esta comisión ejecutiva del sindicato socialista madrileño es el producto histórico de las tensiones organizativas desatadas tras la renuncia en 1994 de Nicolás Redondo como consecuencia del caso PSV y de la incapacidad de los actores agrupados bajo la etiqueta socialdemócrata para configurar un discurso político capaz de mantener el modelo de crecimiento keynesiano en el contexto de la globalización financiera, pero también es ejemplo de cómo no debe dirigirse una organización sindical. Bajo su batuta, en estos dieciocho años, desaparecidos de la escena pública los dos actores que lo impedían, el histórico sindicalista de Baracaldo y Felipe González, y derrotado Joaquín Leguina por un ambicioso Alberto Ruiz-Gallardón, procedieron a recomponer en la Comunidad de Madrid, eso sí de una forma sui géneris, la correa de transmisión que agujereó el 14D. A la par, con Comisiones Obreras, arbitraron la construcción de un 'bloque alternativo de progreso', junto a los dos partidos políticos de su referencia, que derivó en cierto subarrendamiento de la acción política a las organizaciones de trabajadores. La estrategia fracasó en 2003, tras uno de los más vergonzantes capítulos de la historia reciente del sistema español de representación parlamentaria, sospechosamente aún no aclarado, que cortó de raíz el intento por reventar la burbuja inmobiliaria y desarticular el poder omnímodo de entidades financieras y constructoras para definir el modelo productivo de este país. Basta con recordar el discurso de investidura de Aguirre. Volvió a fracasar en 2007, elevando a la presidenta liberista-conservadora a un trono que la profesión historiográfica dirá si le corresponde, o si por el contrario es esa farsa que repite una tragedia anterior, según decía el viejo Marx parafraseando, a su vez, a Hegel. Y se hundió definitivamente en 2011, cuando el programa socialdemócrata de Rafael Simancas fue inexplicablemente sustituido por otro social-liberal, y también inexplicable, acríticamente aceptado por las direcciones de los organismos sindicales.

Los intentos por conquistar en esta comunidad autónoma la hegemonía política desdibujaron parcialmente la acción sindical e impidieron un proceso de renovación que abriera las estructuras de representación a las distintas iniciativas, jóvenes y diversas, en parte herederas de esa tradición autogestionaria que arrinconó la Transición, en parte de las nuevas formas de acción social aglutinadas en distintas vías de expresión, que venían surgiendo del tejido social madrileño, y que tienen su máxima expresión en la movilización de mayo de 2011. Una demanda de participación política –crítica con los excesos del establishment del cual, en cierta medida, formaban parte– que estos dirigentes no quisieron reconocer, y despreciaron.Un sindicalista no puede, por razones éticas, por coherencia discursiva, por un motivo funcional, despedir

Pero el problema de organización al que se enfrentan los sindicatos más representativos es de otro tenor, aparte de la caída brutal de las afiliaciones por el desempleo y el desencanto: efecto colateral de los programas de consolidación fiscal, la desaparición de las uniones autonómicas, garantes de la defensa de los objetivos sociopolíticos, y la subsiguiente prevalencia de las estructuras de representación sectorial, amenaza, no como en el caso británico –que dio lugar a una revitalización del movimiento tras el Winter of Discontent–, con una corporativización de la acción sindical, esto es el paso del sindicalismo de clase a la defensa de intereses profesionales, en la estela de la aspiración asociacionista defendida por el liberismo. La respuesta la tienen que dar los propios sindicatos: o abrirse a un movimiento que pide revocar el poder de decisión construido durante el franquismo y continuado durante los últimos cuarenta años por las redes de gobernanza empresarial (que representan a un 0,005% de la población, en los cálculos más optimistas), según ha demostrado la investigación empírica más reciente (interlocking directorates), o continuar sufragando con su silencio esta versión hispanohablante de la tangentópolis italiana. Sólo cabe esperar que una reflexión sobre la lastimosa experiencia de los últimos veinte años permita a los próximos responsables del sindicato socialista entender cuál es la situación política actual y cómo tiene que jugar, en el campo de las nominaciones, una organización sindical para configurar una alternativa política que sea capaz de construir un orden social inclusivo, y no a favor de los intereses minoritarios que los métodos formales de explicación causal impiden reconocer. O lo hacen ellos, o serán otros quienes lo hagan. De hecho, ya hay quien lo está haciendo.

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