Crisis del consenso neoliberal
Elecciones: la sacudida europea

El auge de la extrema derecha y de la izquierda antineoliberal confirman la crisis institucional en la UE.

, es autor del blog Quilombo (http://www.javierortiz.net/voz/samuel/)
06/06/14 · 8:00
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Las elecciones al Parla­men­to Europeo confirmaron lo que ya sabíamos: el descrédito profundo de las élites dirigentes europeas y de las políticas deudocráticas de austeridad que han venido promoviendo. Dicho descrédito se ha expresado nuevamente con una fuerte abstención –mayoritaria pero que varía según los países–, el hundimiento de muchos de los partidos políticos del consenso neoliberal en los que aquellas élites se apoyan y el ascenso de partidos de derecha radical que, de un modo u otro, cuestionan el proceso de integración actual.

Los populismos de derecha parecen haber obtenido mayores trofeos, pero su heterogeneidad les impedirá formar un grupo parlamentario propio. El analista Jean-Yves Camus diferencia tres grandes tipos de derechas radicales europeas. En primer lugar, una extrema derecha clásica, minoritaria, que se presenta como continuación de los fascismos de preguerra (NPD alemán, Ama­necer Dorado, etc). En segundo lugar, la ultraderecha nacida en los años 1980-1990 (Frente Nacional, Vlaams Belang, FPÖ), que evolucionó hacia posiciones populistas y radicales, pero con importantes novedades: aceptación de la democracia representativa, participación en coaliciones de gobierno (Liga Norte en Italia) y asunción de un neoliberalismo en clave nacional.

Estos partidos parten muchas veces de una concepción de la nación como entidad transhistórica, y en todo caso establecen una distinción entre ‘los de aquí’ y ‘los de fuera’ –aunque sean nacidos en el país–, en la que suelen priorizar la construcción de un Islam estereotipado como nuevo enemigo. En último lugar, un tercer grupo que puede calificarse como “soberanista” (UKIP, Alternativa para Alemania) expresa de manera chauvinista el rechazo contra la Unión Europea pero, aunque sostengan también posiciones xenófobas o autoritarias, prescinde de enfoques explícitamente racistas o etnicistas.

Una lectura más atenta al número total de votos recibidos por las respectivas derechas muestra resultados diversos. Los mayores incrementos, en Reino Unido y Dinamar­ca, donde UKIP y Dansk Folkens­parti pasan a ser primeras fuerzas políticas. Menores crecimientos en Austria, Finlandia y Grecia. En cambio, el PVV de Geert Wilders en Holanda y Jobbik en Hungría perdieron votos, mientras que Alterna­tiva para Alemania obtuvo los mismos apoyos que en las elecciones al Bundestag en 2013.

En Francia, la subida del Frente Nacional es menos espectacular que el hundimiento del Partido So­cialista y de la UMP. Es cierto que el Frente Na­cional cuadruplicó votos con respecto a las elecciones europeas de 2009, pero obtuvo 1,7 millones de votos menos que en las elecciones presidenciales de 2012. El FN, como UKIP y otros, se han arraigado en amplios sectores populares temerosos de perder lo que tienen. Sin embargo, fracasos como el del Front de Gauche de Jean-Luc Mélenchon muestran los límites con los que se topa la izquierda cuando insiste en mantener posiciones soberanistas y jacobinas.

La mutación de la derecha

Más que la emergencia de la extrema derecha, destaca su mutación y la progresiva ocupación del espacio político que dejan los partidos tradicionales de gobierno –conservadores, liberales, socialdemócratas–, que ya venían escorándose en esa dirección. Son los propios gobiernos europeos –junto con la Comisión– los que, al tiempo que encomendaban la moneda al Banco Cen­tral Europeo, han venido configurando una agenda crecientemente autoritaria y xenófoba: ley del velo francesa, directiva europea de retorno, políticas antiterroristas post 11S, etc.

En realidad, los gobiernos europeos siempre usaron Bruselas como pantalla para eludir sus propias responsabilidades. Porque las élites europeas son transnacionales o nacionales según el sombrero que se pongan. No deja de ser irónico que se reclame la devolución de competencias a quienes han hecho todo lo posible por evitar que se desarrolle un verdadero proyecto común y democrático europeo.

La gobernanza europea ha sido hasta ahora el resultado de un compromiso entre confederalistas y federalistas en función de las necesidades del capital financiero. Estas necesidades empujan hacia una dimensión federal, pero al mismo tiempo los Estados más grandes se resisten a ceder prerrogativas, como la fiscalidad o el control del movimiento de personas, para evitar la constitución de un espacio político europeo. Del triángulo institucional que es Bruselas, la institución ‘nacional’ (el Consejo) dispone de más poder que las instituciones ‘transnacionales’ o ‘federales’ (Comisión y Parlamento). Son los Estados los que, reservándose un seudopoder constituyente que se expresa regularmente mediante la revisión de los tratados, decidieron que no haya un auténtico presupuesto federal. Y son los Estados los que, reunidos en el Consejo, aprobaron las reglas –pacto de estabilidad y crecimiento– que luego ejecutó la troika.

El citado equilibrio institucional aparece hoy en crisis. La intervención del BCE debe entenderse como un intento por preservar la ‘pax Draghi’ en una Eurozona en deflación. No se vislumbra todavía, en cambio, un movimiento europeo desde abajo que luche por una Europa federal y democrática. En esto, estamos lejos.

Los desiguales resultados de la izquierda

Los resultados de los partidos de la izquierda anti­neoliberal han sido desiguales: subidas importantes en España y Grecia, con crisis constitucional abierta tras fuertes movilizaciones populares, pero insuficientes en otros países, y decepcionantes en los países centrales (Francia y Alemania). En total, el Grupo de la Izquierda Europea podrá alcanzar la cincuentena de eurodiputados, pero sin llegar a superar a Verdes –como preveían las encuestas– y Liberales, es decir, sin que haya podido capitalizar a su favor el profundo descontento social. Los Verdes, por su parte, pierden fuelle en Francia, Alemania y Bélgica.

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