El testimonio de una de las personas que saltó la valla en 2005
Lo que pasa 1.100 días antes de llegar a la valla de Ceuta

‘Partir para contar’ detalla en primera persona tres años de odisea hasta Europa.

, Redacción Andalucía
01/06/14 · 8:00
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Migrantes en Ceuta. / Diego González

Partir para contar (Pepitas de Cala­baza, 2014) es la historia de Mah­moud Traoré, recogida por su amigo el periodista francés Bruno Le Dantec. Con la sencillez de un relato oral, pone al desnudo la vivencia de un migrante senegalés que entró al Estado español después de más de tres años de trayecto por África. Para Mahmoud, el libro tiene el valor de un testimonio, de una lucha para recuperar la palabra: “Para mí, defender el libro es muy importante”, afirma, y cuenta satisfecho cómo en la presentación en Sevilla había muchos africanos que intervenían contando sus historias. “Lo que me interesa es esto, que tomemos la palabra nosotros, no que alguien hable en nuestro lugar”, dice. Mahmoud explica que esto no siempre sucede: “Para la mayoría, después de lo vivido, es difícil tener confianza. Por esto es importante contar lo que pasa antes de llegar a la frontera”.

En la noche del 28 de septiembre de 2005, cerca de Ceuta, centenares de migrantes se precipitaron sobre las vallas que los separan de Europa. La policía abrió fuego y hubo muertos, sin nombres, sin historia: las cifras varían entre los cinco fallecidos de los que se informó inicialmente y las 15 muertes de las que, con cautela, hablan investigadoras como Claire Ro­dier. Mahmoud fue de los que lograron pasar y, más allá del ruido mediático de estos asaltos colectivos, desvela la vida cotidiana, los peligros, las vejaciones y las formas de sobrevivir de los migrantes en su odisea.

Lleva 12 años lejos de su tierra, Senegal, que dejó con sólo 19 años. Su primer objetivo era llegar a Costa de Marfil, en una muy practicada migración Sur-Sur que suele preceder a la del Estrecho, pero la guerra que vivía el país le hizo cambiar de destino. Empezó así la aventura hacia Europa, un viaje que duró tres años y medio, a través del Sahel y el Sáhara, pasando por Níger, Libia y el Magreb, trabajando en cada etapa para costearse la siguiente, tomando una ruta que coincide con la que fue utilizada durante siglos para la trata de esclavos.

Sin concesiones al dramatismo fácil, Mahmoud cuenta su experiencia, que es la de muchos, a través de hechos concretos de una realidad subterránea: la experiencia de pasar el terrible desierto del Teneré, a la merced de los pasadores tuareg, alimentándose con un trozo de pan y leche en polvo, durmiendo en agujeros en el suelo. “Allí es donde te das cuenta de que ya no hay vuelta atrás. Por nada del mundo querríamos cruzar de nuevo este desierto”, cuenta.

La difícil estancia en Libia, “el país más racista” que ha conocido, donde “te exigían la bitaka, una especie de carnet sanitario que sirve de salvoconducto, porque piensan que todos los subsaharianos tenemos sida”. En Libia, Mahmoud pensaba ir a Italia, pero resultó imposible por la fuerte militarización de la costa a causa de la guerra de Iraq. Así que decidió tomar rumbo a Marruecos pasando por Argelia. En esta parte del recorrido, “el business de la frontera es más estructurado y aumenta a medida que te acercas a la línea fronteriza”, dice, y desvela los trapicheos en torno a los pasaportes malienses para poder circular en Argelia y los múltiples negocios que la inmigración clandestina genera y que convierten las fronteras en peajes.

El negocio se intensifica en territorio marroquí, en un extraño juego de rebote de subsaharianos. Gracias a las expulsiones en caliente, tan ilegales como frecuentes, los clandestinos vuelven a Marruecos, país financiado por la UE por su papel de gendarme de la frontera sur, y son apiñados en convoyes que van al de­sierto. “Nos sueltan en medio de la nada, repitiéndonos la misma broma: volved cuando queráis, no hay problema”, cuenta. “En Marruecos te hacen firmar varias veces el mismo papel, nos multiplican. Luego dicen que han repatriado a muchos más y eso significa más financiación”. Y, denuncia: “Hay muchas más personas que mueren en el desierto que en la valla, pero eso no importa, eso no sale en las noticias, porque está lejos”.

República gueto

Traoré cuenta con detalle la realidad cotidiana de los guetos donde se quedan los migrantes, como el de Maghnia (Argelia) o el de Beliones (Marruecos). Estos campamentos clandestinos son una especie de subestados, con sus presidentes, policías, tesoreros, tenderos. Irónicamente hay hasta “cascos azules” y “conferencias internacionales para ratificar leyes, decretar normas de convivencia pacífica y conseguir que se respeten: es lo que llamamos la Unión Africana”, recuerda Mahmud, a quien no le gusta que a estas formas de organización se les llame mafia. “Son sistemas para defendernos y sobrevivir, las mafias verdaderas son las institucionales”, subraya, “y empiezan en las embajadas de nuestros países, donde un pobre ni se atreve a entrar para pedir un visado por el sistema de corrupción que hay”.

Algunos campamentos son más democráticos que otros, como la república clandestina de Gurugú, con una organización más horizontal, jefes de barrio, delegados al parlamento y cooperación para comer, y donde los cargos son rotatorios. En estos míseros poblados improvisados en los que se reinventa una organización social precaria se intenta trabajar en lo que se puede, se sobrevive comiendo algo cada dos días, se pasa el tiempo entre torneos de damas y partidos de fútbol. En uno de estos guetos, cerca de Ceuta, Mahmoud vivió un año y medio.

En el sotobosque se encuentran bloqueados, entre la montaña y la frontera, los que no tienen dinero para la patera, porque, paradójicamente, “la patera es para los ricos, ya que puede costar entre 1.000 y 3.000 euros según qué punto de la costa africana”. Se sobrevive básicamente mendigando. “Los más pobres siempre son los más generosos”, comenta. Al contar su historia subraya también los aspectos positivos, el apoyo de la población local, la ayuda mutua entre los viajeros, la solidaridad y el sentido comunitario africano, que en el libro toma cuerpo en los pasajes sobre la vida en su aldea, intercalados al relato de su aventura.

La revuelta y asalto de 2005

En la primavera de 2005 se intensificaron las redadas y las autoridades marroquíes lanzaron repetidas operaciones de repatriación general, los habitantes de la ladera del monte se encontraron cercados, como en una prisión al aire libre, bajo un acoso constante. Bloqueados sin poder seguir el viaje ni volver atrás, imposibilitados para buscarse la vida, se reunieron en asamblea en el bosque para una huida hacia adelante a espaldas de la policía marroquí y de los jefes de los guetos. “Decidimos saltar -cuenta- porque justo antes de la valla no hay vida”.

El viaje de Mahmoud terminó bien y al final fue enviado a la península con un salvoconducto válido para un mes. Ahora reside en Sevilla y ayuda a su sobrino en Senegal “para que tenga un futuro y no tenga que pasar lo que yo he pasado”. Para él, su vivencia es “una aventura dura que me ha servido para aprender a ser prudente, a tener paciencia y no rendirme. Las heridas prefiero no olvidarlas, pero intento quedarme con lo positivo”.

Mahmoud se indigna frente a la criminalización de los últimos sucesos de Ceuta: “Los clandestinos no son violentos, ni les conviene que haya violencia”. Respecto a las críticas a la inmigración declara: “Europa siempre ha buscado mano de obra barata. Las multinacionales compran barato el producto que se trabaja en mi tierra. Países como Marruecos y Libia le han sacado partido a su papel de subcontratista de los movimientos migratorios”, y añade que “no sirve de nada que refuercen la valla, la gente va a seguir entrando. Deberían mirar mucho más allá de la valla”. Mahmoud denuncia la hipocresía de los que miran a otro lado, “los que no quieren ver el tráfico de mercancía negra” y sugiere una esperanzadora y utópica solución, “la libre circulación de las personas. Si los africanos pudiesen ir y venir abrirían lazos con la gente de aquí, se crearían intercambios y podrían surgir cooperativas entre los pobres de ambos lados”.

23.000 muertes en 13 años en la frontera sur

D.S.P.
Cerca de 23.000 personas murieron entre 2000 y 2013 al intentar cruzar el mediterráneo desde el norte de África. Las cifras, superiores en un 50% a las estimaciones anteriores, proceden de The Migran Files, un estudio transnacional publicado en el Estado español por El Confidencial. Hasta ahora, la fuente más fiable –por sistemática y también por ser la única que intenta dar datos globales– era el recuento elaborado por el periodista italiano Gabrielle del Grande a partir de las noticias de naufragios publicadas por la prensa desde 1988. La investigación separa los datos por las rutas existentes: la más peligrosa, con una tasa de mortalidad del 4%, es la ruta central que une las costas de Libia con Italia y Malta, seguida de cerca por la ruta marítima entre Senegal y las Islas Canarias, que supera el 3%. El informe puede consultarse íntegramente en detective.io/detective/the-migrants-files

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comentarios

1

  • |
    Jaqobi
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    18/06/2014 - 11:37pm
    Estoy pensando en alquilar un bulldozer y reventar esta puta valla... y que entren los locos... y los soñadores insomnes... y los que muerden.... (TIBURONES HIJOS DE PERRA).... y que llegue el caos.... Un 10, Cristina.