entre 300 y 700 migrantes dieron vida a este edificio ocupado de poblenou
Una cooperativa tras meses de promesas incumplidas

Nueve meses después del desalojo de las naves de Poblenou, en Barcelona, sus antiguos habitantes buscan vías al margen de la Administración para mejorar sus condiciones de vida.

29/04/14 · 10:30
Naves de Poblenou desalojadas en julio de 2013. / Sandro Gordo

“Eran lugares abandonados, invertimos todo lo que teníamos ahí. Noso­tros lo habilitamos, trabajamos allí para que fuesen espacios de acogida, de encuentro. Para poder desa­rro­llar cosas alternativas. Siempre hemos planteado lo mismo: alternativas que puedan sustentar nuestra miseria forzada. Noso­tros no somos miseriosos ni miserables; son ellos quienes nos quieren mantener ahí, en la miseria”.

Quien habla es Kheraba Dhrame, senegalés de origen y ciudadano de Barcelona desde hace más de 15 años. Él, junto a otros cientos de compañeros, fueron desalojados la mañana del 24 de julio de 2013 de las naves en la calles Puigcerdà y Pere IV, en el barrio barcelonés de Poblenou. Un enorme dispositivo policial y municipal hizo efectiva la orden de desalojo sobre un espacio –conocido por algunos como Mount Zion, nombre de uno de los bares que había en su interior, o simplemente como La Nave– habitado por un número de personas que, según las fuentes, se sitúa entre los 300 y los 700 ocupantes. Una cifra que lo convierte en el asentamiento de este tipo más grande de Barcelona.

Carlos Delclòs, sociólogo y conocedor de este espacio, explica que sus habitantes “montaron en la nave aquellos sitios de los que habían sido apartados” en la ciudad. Allí se juntaban lugares para la chatarra, talleres de artistas, comedores, bares con música… Un lugar en el que las condiciones de vida eran muy precarias, pero que funcionaba de manera autónoma y autogestionada, otorgando a sus habitantes la capacidad para llevar a cabo sus propias iniciativas. “La nave daba respuesta a un problema más extendido que la propia nave. Por allí pasaban muchos más africanos de los que realmente vivían en ella”, comenta Delclòs.

En la sentencia judicial previa al desalojo, la jueza declaraba ser “consciente de la crisis humanitaria” que podía generar esta orden, pero ponía por encima el derecho a la propiedad de la familia Iglesias Baciana, dueña del inmueble y también, paradójicamente, de una fundación asistencialista con proyectos en países africanos. En el mismo auto, la magistrada hacía un llamamiento a que las autoridades hiciesen lo necesario para ayudar a los desalojados, haciendo hincapié en el problema del alojamiento.

Tiritas y mala gestión

Semanas antes del desalojo, los portavoces de los inmigrantes –junto a representantes vecinales y aboga­dos– obtuvieron del Ayun­tamiento el compromiso de que los desalojados recibirían asistencia sociolaboral y un techo. En las mismas reuniones, el propio Consistorio, aunque no entra dentro de sus competencias, hizo entender a todas las partes que facilitaría la obtención de los permisos de residencia a los habitantes de las naves.

Nueve meses después, la mala gestión política y humanitaria del caso es evidente. Y también la inconsistencia de las promesas que se hicieron. El 9 de abril, la Assemblea Solidària Contra els Desallot­ja­ments, uno de los principales apoyos para el colectivo, anunciaba los recursos presentados contra 11 de las 30 denegaciones dictadas por el Ministerio de Em­pleo a los permisos de residencia solicitados por varios de los desalojados. Es la última traba en un proceso complejo y de difícil solución.

En todo este tiempo, algunos han abandonado el paraguas de la Admi­nistración ante la falta de expectativas para mejorar su situación legal y el carácter temporal de la asistencia ofrecida. “La cuestión es por qué el Ayuntamiento está poniendo tiritas a un problema mayúsculo, en vez de fomentar una cooperativa o dotarles de los recursos necesarios para hacerlo”, argumenta Carlos.

Alternativas autogestionadas

Según varios de los implicados, tras el desalojo, apenas cien de los habitantes de las naves optaron por la tutela de los servicios sociales del Ayuntamiento, ya de por sí desbordados. Unos lo hicieron por desconfianza y otros por solidaridad con los compañeros que se encontraban en una situación más precaria.
Es el caso de Ibrahima Seydu, uno de los líderes dentro de la comunidad. En aquel momento Ibrahima recibió la llamada del Espacio del Inmigrante, un espacio de acogida y acompañamiento en el barrio del Raval, gestionado y fundado por migrantes de diversos orígenes. A lo largo de los últimos meses éste ha sido el punto de encuentro para muchos de sus compañeros en las naves. “Aquí tenemos un consultorio, un espacio audiovisual, un centro social cultural… También damos cursos de catalán o castellano y atendemos a otros inmigrantes. A todos, incluidos los que no tienen papeles o tarjeta sanitaria”, cuenta Ibrahima.

Entre las paredes del Espacio del Inmigrante también se ha perfilado un proyecto que había estado gestándose durante años. “Las propias naves ya funcionaban como una cooperativa, a pesar de no estar registradas como tal”, cuenta Núria Güell. Esta artista ha sido la encargada de darle un marco legal a la Coope­rativa Integral Cal África Moving, a través de su obra Negro sobre blan­co, financiada por el MACBA de Barcelona. “Con los 3.000 euros de presupuesto y el apoyo de la Coo­pe­rativa Integral Ca­ta­lana (CIC) hemos podido registrarla, pero el trabajo de organización y gestación ha sido suyo”, explica.

La cooperativa ya cuenta con un consejo rector y varios socios trabajadores, todos ellos migrantes, que ya se están empleando en el propio museo del MACBA, trabajando como guías de las visitas a la exposición, en el servicio de catering o en el guardarropa. En el futuro pretenden integrar muchas otras profesiones, como el arte, la carpintería o la albañilería.
Sin embargo, el objetivo no es sólo generar empleo para los que están dentro, sino también intentar conseguir la regularización de otros compañeros en dificultades a través de un precontrato de trabajo y el pertinente informe de arraigo. Una herramienta de empoderamiento en toda regla. “La gente que está luchando en la cooperativa no lo hace sólo por ellos mismos, sino por la dignidad de todos los africanos”, concluye Ibrahima.
 

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comentarios

1

  • |
    Joan Enric
    |
    30/04/2014 - 10:39am
    Como empieza a ser habitual es la sociedad quien se adelanta y toma iniciativas sociales y solidarias ante el desinterés, la ineficacia y la corrupción de la Administración