65 levas, un viaje sin retorno
Refugiados sirios en Bulgaria

Han sellado. Son refugiados sirios en Bulgaria. La última entrada abierta de la Unión Europea desde Turquía se ha convertido en la parada accidental de miles de sirios que aspiran llegar algún día a Alemania o a Suecia. Sin mirar hacia atrás, comienzan un nuevo viaje con una pensión de poco más de un euro al día y la incertidumbre de cuándo llegará su pasaporte.

16/04/14 · 16:40
La ausencia de calefacción en algunas zonas de Harmanli obliga a los refugiados a aprovechar todos los recursos a mano. Los refugiados aguardan para ser registrados y reubicados en otros centros, algo que puede demorarse varios meses. / Rosa Vroom

En la frontera entre Bulgaria y Turquía se extiende un frondoso bosque de hayas, parque natural en la región balcánica. Aproximadamente once mil ciudadanos con nacionalidad siria conocen este lugar, otros miles habrán oído hablar de él. También han aprendido a leer palabras en cirílico: “Lyubimets”, “Harmanli”, “Voenna Rampa”, centros de detención y centros de recepción cuya reputación ha descendido considerablemente en el último año.

Eligen su destino antes de emprender su viaje, pero se manejan con los rumores de otros tantos que abandonaron el país. “En Suecia es más rápido”, “Merkel concede el estatus a todo sirio que entre” Eligen su destino antes de emprender su viaje, pero se manejan con los rumores de otros tantos que abandonaron el país. “En Suecia es más rápido”, “Merkel concede el estatus a todo sirio que entre”. “Hay cámaras de vigilancia entre Bulgaria y Serbia”, “España no es un plan B”. Y es que para los sirios, Bulgaria nunca fue una opción, pero sus planes se ven truncados por la eterna espera.

El pasaporte búlgaro de Yasin Salah se ha retrasado diez meses. Su oferta de empleo en la ciudad de alemana de Dortmund sigue en pie, su contacto lo espera. Y aunque no le guste Bulgaria, en su marcha no puede evitar cierto sentimiento de nostalgia. Deja atrás a sus compañeros de apartamento. Deja atrás los ejercicios de inglés y árabe con Khalil, Ali y Tabarak, los hijos pequeños de Uam Khalil. Y también deja atrás los paseos sin rumbo por la ciudad, el dobar vecher y el dobar den [buenas tardes y buenos días] con la vecina bonita del quinto, con el que pide unos stotinki [céntimos búlgaros] en la puerta del supermercado o con el dependiente del puesto de kebabs.

Para este sirio de sólo 23 años, los búlgaros son gente muy humilde con un Gobierno corrupto. Yasin relaciona la falta de empleo y los sueldos bajos con las manifestaciones diarias en las calles de Sofía. “Los políticos se llevan el dinero de los pobres”. Sobre el aparador de la entrada ha colocado un plato con céntimos sueltos de la compra. Así siempre tiene calderilla para los ancianos que mendigan en la calle.

El número de solicitantes de asilo se ha multiplicado por diez en 2013. El sistema se ha colapsado. El 80% de los demandantes obtienen el estatus de refugiado, pero los mil funcionarios contratados por la agencia no dan abasto Según la delegación de ACNUR en Bulgaria, el número de solicitantes de asilo se ha multiplicado por diez en 2013. El sistema se ha colapsado. El 80% de los demandantes obtienen el estatus de refugiado, pero los mil funcionarios contratados por la agencia no dan abasto. Dos meses transcurren hasta que son registrados en el país. Si hay suerte, otros dos los que esperarán para ser entrevistados y conseguir la condición de refugiado. No tienen un plazo determinado para la obtención del documento de identidad búlgaro y rezan por el día en que llegue su pasaporte.

Vienen con lo puesto y con el dinero justo para continuar. No tienen otro remedio que sobrevivir con lo que el Estado búlgaro les puede conceder. “Entre los meses de julio y agosto, el número de refugiados empezó a incrementar y la Agencia no estaba preparada -explica Boris Chesirkov, portavoz de ACNUR en Bulgaria-, no había ni espacios habilitados para acomodarlos a todos. No había camas ni recursos para suplir una asistencia básica: comida, equipos médicos, calefacción, agua caliente, cocina...”. El esfuerzo ha sido constante desde entonces: donaciones públicas, privadas e, incluso,  particulares. También 7,6 millones de euros en ayudas de la Unión Europea. Un total de siete centros han sido habilitados en el país.

El infierno burocrático

La Agencia Nacional de Refugiados remite a los periodistas extranjeros a Ovcha Kupel, el hilton para los refugiados en Bulgaria. Un edificio residencial con ventanas y barrotes sobre las que los residentes secan la colada. Un patio donde la nieve ha cubierto los columpios. Una oficina administrativa, la única habilitada por la agencia, abarrotada desde las nueve de la mañana hasta la una de mediodía. En Ovcha Kupel se agrupan cientos de personas de diversas nacionalidad, inquietas, fumando dentro y fuera del edificio. Esperan un turno que nunca parece llegar. Contemplan  los rostros secos y aburridos de funcionarios y militares con lo que nunca llegarán a conversar. Ovcha Kupel es el infierno burocrático para los refugiados en Bulgaria.

 En Ovcha Kupel se agrupan cientos de personas de diversas nacionalidad, inquietas, fumando dentro y fuera del edificio. Esperan un turno que nunca parece llegar Frente a Ovcha Kupel se extiende un descampado sin asfaltar. Las pisadas de los refugiados y los funcionarios han dibujado sobre la nieve el camino hacia la tienda de ultramarinos. Sirven café de sobre en vasos de plástico. Abood, Karim y Alaa cuentan los días para continuar su viaje a Alemania.

“Estamos aquí desde las nueve de la mañana”, se resigna Abood Sliver, licenciado en Marketing en la Universidad de Damasco. Él y sus dos primos, Karim y Alaa, viven con un pariente cercano en  Silistra, una ciudad a seis horas de la capital. Muestran una gran complicidad entre ellos. Matan el aburrimiento bromeando sobre el trato con los policías de frontera. “Nos advirtieron de que nos iban a hacer una pregunta muy extraña durante el trámite de la solicitud de asilo y los tres nos coordinamos para contestar lo mismo”. Así, a la pregunta de si tenían tatuajes, los tres se señalaron la entrepierna y contestaron: “No, pero, ¿te gustaría hacerme uno?”.

Quizás la complicidad ha nacido por los miles de kilómetros de viaje. Quizás porque viven y duermen juntos en la cocina de su tío desde hace cuatro meses. Quizás por lazos parentales o quizás porque todos tienen hermanos menores, madres y padres aún en Siria. “Nos mantienen informados todos los días por videoconferencias y se pueden oír los bombardeos y los tiros en la calle”, relata Karim, el primo más joven de 22 años. De los tres, es el que más se pronuncia sobre la guerra. Desastres. Muertes. La interrupción de su propio futuro y el de un país entero. “La guerra ha dejado de ser una lucha por la libertad, ahora es la guerra de ver quién está por encima del otro”.

Vivir en el campo de refugiados no fue una opción para ellos. Consideran el ambiente de Sofía, más cargado. Sienten clavadas en sus nucas las miradas de desprecio. Pero en una ciudad de 50.000 habitantes parece que a estos tres primos sólo les molesta el segurata de la discoteca: “Nos vigila cuando miramos a las chicas. Él no parece entender que nosotros también somos jóvenes”.

La respuesta social a la inmigración es, en la mayor parte de los casos, negativa. Determinados medios de comunicación y partidos políticos búlgaros lanzan mensajes teñidos de xenofobia y exclusión. Patrullas civiles vigilan las cercanías de las mezquitas. Y los sirios no tienen más remedio que salir en grupo por las calles de Sofía. “Magdalena Tasheva [parlamentaria por el partido nacionalista Ataka] llegó a decir en televisión que los sirios eran caníbales”, explica Boris Dimitrov, fundador de Amigos de los Refugiados en Bulgaria. “Este tipo de mensajes, aunque la población sepa que son irreales, se repite en varios medios creando estigmas sobre la comunidad siria”.

Determinados medios de comunicación y partidos políticos búlgaros lanzan mensajes teñidos de xenofobia y exclusión. Patrullas civiles vigilan las cercanías de las mezquitas “Mi padre se preocupa cuando llego tarde a casa”, comenta Sabrina Trad, hija del embajador sirio en Bulgaria. Búlgara por parte materna, se crió en lo que ahora se conoce como el barrio árabe de Sofía. Y es que en torno a la mezquita han brotado establecimientos con té especiado, pan de pita y narguiles, barberías y locutorios para responder a una creciente migración desde países como Irán, Afganistán o Líbano. “En casa pensamos en la posibilidad de dejar Bulgaria atrás. La situación se está complicando”.

Hace veinte años también hubo una corriente de inmigración siria a Bulgaria, explica esta sirio búlgara: “Somos un grupo numeroso los que estamos en contra del régimen de al-Asad”. Un ejemplo paradigmático es el caso de Aladin Harfan, empresario nacionalizado búlgaro que fundó, entre otras empresas, Aladin Foods. El envoltorio del garbanzo frito preparado en esta cadena de restaurantes de comida rápida, se distingue fácilmente entre las donaciones de los campos. Es el único alimento que allí se recibe.

Sabrina colabora activamente en una organización espontánea de ayuda directa a los refugiados, pero no deja de lado sus raíces búlgaras. Achaca la xenofobia a la falta de tradición migratoria del país. “Recuerdo que en Voenna Rampa [Centro de Recepción] una militar nos preguntó por lo que estaban hablando unas mujeres y se extrañó por el hecho de que también hablaran de cuestiones cotidianas. Ahora tienen una buena relación”.

La vida en Voenna Rampa

Los tranvías 12 y 19 pasan cerca de Voenna Rampa, antigua escuela militar habilitada para albergar a los refugiados. Las vías se extienden más allá de la estación de tren, por debajo de la autovía norte de la ciudad. Es un terreno industrial donde los grupos neonazis dejan su rastro en pintadas y consignas fascistas. A mediodía transita poca gente por este lado de la ciudad. Las indicaciones para llegar parecen claras. En la última parada pasar por el subterráneo, cruzar la carretera principal Voenna Rampa hasta llegar a la valla azul. Y tras la valla azul se extiende un enorme patio donde juegan niños al fútbol.

“Hemos organizado una liga”, comenta Joan. Joan, conocido por Joe en el campo, lleva sólo unos meses aquí. Orquesta y organiza el reparto de las donaciones. En la recepción del edificio se amontonan cajas de cartón señaladas con rotulador “Juguetes”, “Ropa para niño” “Mantas”. “Aquí nos está llegando de todo. Pero no hay suficiente organización. Alguien tiene que hacerse cargo de repartir, ¿no?”, argumenta este sirio kurdo. Awaz y Aria no opinan lo mismo. Las hermanas Derany se ríen de él a escondidas en la habitación que comparten con su madre y otra familia más. Una pequeña habitación que hace las veces de cocina, salón y dormitorio, o de centro de belleza.

Decenas de familias viven entre las mismas cuatro paredes y conviven con los ruidos y los susurros de las historias de los demás. En las habitaciones más grandes la intimidad se esculpe a base de jaimas construidas en su interior, las pequeñas no tienen otro remedio que funcionar de centro social. En la habitación de las hermanas Derany constantemente entran y salen mujeres, hombres y niños. A Sipan le gusta reírse de las mujeres cuando se reúnen para depilarse las cejas. Entra, se sienta sobre el tapiz y las contempla mientras comparten té.

Los oficiales ya no le asustan, tampoco ir sólo al centro de la ciudad. Sipan ha tratado de escapar dos veces de los campos, su meta: llegar a Austria junto a su hermano mayor Sipan tenía sólo 17 años cuando cruzó la frontera de Turquía junto a su primo, de 16. Los oficiales ya no le asustan, tampoco ir sólo al centro de la ciudad. Sipan ha tratado de escapar dos veces de los campos, su meta: llegar a Austria junto a su hermano mayor. Su mirada todavía adolescente no refleja ningún miedo, sí ansiedad. “Lo importante es salir de este campo porque aquí vamos a morir todos”, responde a una de las preguntas alzando un poco la voz. Aunque Awaz trata de aminorar sus palabras con un gesto tedioso, continúa. “Nadie es inmortal. No existe la inmortalidad. Todos moriremos algún día”.  Sipan no cree en la reencarnación, “la gente está loca si cree en eso”. A él no le gusta pensar en un infierno y un cielo, cree que sólo existe una vida. Y es que no le gusta la religión en ninguno de sus aspectos, menos en Siria. “Se matan unos a otros. ¿No has visto cómo los musulmanes cortan cabezas?”.

Los jóvenes en Voenna Rampa comparten vídeos por bluetooth para no pasarse el límite de transferencia mensual en su smartphone. Nabo, Lido y Jano tienen una colección de videoclips que escuchan en las noches en las que el bebé de la jaima de al lado llora. Están orgullos de su recopilación de vídeos graciosos descargados de Youtube, pero también comparten las malas noticias. Vídeos de la radicalización de los brazos armados de Al Qaeda llegan a mano de los kurdos, que son una mayoría en este centro.

Pero las diferencias étnicas no se hacen notar en esta antigua escuela militar. Hay pasillos donde los adolescentes tontean como al salir de clase. Pasillos donde la colada o las empanadillas recién hechas ocultan el olor acre de las cañerías. Pasillos que funcionan de barbería, tetería o lavandería. En Voenna Rampa han aprendido a camuflar el dolor bajo el día a día. Y sólo en voz baja dicen:  “Esto es un infierno”.

En el campamento de Voenna Rampa han aprendido a camuflar el dolor bajo el día a día. Y sólo en voz baja dicen:  “Esto es un infierno” En su travesía, estos hombres y mujeres no mirarán hacia atrás. El pasado se diluye en un rumbo que dibujan paso a paso. Para el emigrante sirio el acto de sellar se convierte en un símbolo de resignación. Sellar no es sólo aceptar la pensión exigua de 65 levas. Sellar no es sólo empatizar con la economía resentida del país balcánico. Sellar pasa por la asimilación de que la redención del viaje se ha interrumpido y, en tiempos de espera, sólo queda enfrentarse a los fantasmas de la guerra. En este punto, la idea de encontrar un trabajo se difumina ante la situación del país y aprender el idioma se convierte en un sinsentido. No les queda otra que ahorrar y la posibilidad de alquilar un apartamento o vivir con más comodidades, desaparece.

Pero el acto de sellar también requiere una espera de varios meses que no todos están dispuestos a aceptar. Muchos refugiados que llegan al centro de registro en Harmanli firman una declaración rechazando las ayudas gubernamentales para salir lo antes posible. “El Estado acelera su salida porque se ahorra liberar una plaza en un centro de acogida y estos refugiados se marchan por su cuenta y riesgo” aclara el portavoz local de ACNUR. “El riesgo es que a veces no prevén bien lo que tienen ahorrado y acaban en la calle. Lo hemos visto cientos de veces”.

La llegada a Bulgaria

Harmanli es una población de unos 130.000 habitantes al suroeste de Bulgaria. Sin embargo, ni la prensa internacional ni la opinión pública reconoce este lugar como ciudad. Tampoco los sirios que por allí han pasado. Harmanli significa frío, significa hambre e incansables negociaciones con la policía de frontera. La ciudad se ha convertido en el campo de refugiados que alberga.

Este campo es el único cerrado de Bulgaria. Las personas que son trasladadas hasta aquí provienen de los centros de detención en la frontera y esperan a ser registrados. No pueden salir ni para comprar comida. “Aún no son personas para Bulgaria”, comenta el fundador de Amigos de los Refugiados. Boris Dimitrov ha sido una figura clave en la denuncia de las condiciones del lugar. En su primera visita  se encontró con un edificio en ruinas ocupado por miles de personas sin ayuda de ningún tipo: sin mantas, sin alimentos, sin asistencia médica. “Para mí lo más preocupante es la atención médica, hay gente que necesita cuidados urgentes” comenta este activista.

Mil seiscientas personas han sido alojadas en este antiguo cuartel militar de esta ciudad casi en la frontera con Turquía. La presión internacional ha obligado al gobierno a mejorar las condiciones. Han llegado las donaciones, pero aún no la información. A la espera de alguna noticia, las personas aquí internadas se agolpan frente a la puerta que se entreabre a la entrada y salida de furgonetas oficiales. En la mayoría de las ocasiones, no ocurre nada. Sólo a veces entra un informante trajeado de periodista, fotógrafo o cooperante que será arrastrado a través de las tiendas militares, las desvencijadas instalaciones y los pasillos al calor de las hogueras. Y en la ruta por este descampado emanan heridas aún abiertas de la guerra.

“Sólo queremos seguir con vida”, dice Abd al-Gany, abogado nacido en Palestina. Él, su mujer y sus dos hijas deambularon durante meses por los barrios de Alepo, evitando los bombardeos. “Queríamos emigrar desde hace años, pero simplemente no tuvimos la oportunidad.” se lamenta Abd. “En Siria mi trabajo ya no tenía sentido porque no hay ley que valga”. Sin mencionar su profesión para no ser reclutado por ningún bando, atravesó a pie, junto a su familia, la frontera entre Siria y Turquía.

Si algunos sabían desde un primer momento que su única salida era huir del país, otros, tardaron más en darse cuenta. Pero hay un día en el que algo les dice que tienen que marcharse. El día en el que les robaron el coche, el día en que se encontraron sus casas registradas o bombardeadas, el día en el que escucharon que otra persona cercana más había sido asesinada por uno u otro bando. “Decidí que debíamos dejar Alepo cuando mi marido murió por un infarto durante uno de los ataques” relata Noura Hamdin. Sus hermanos acataron su decisión y junto a ella y sus hijos se abrieron paso entre las fronteras. Ahora viven trece miembros en una casa prefabricada con capacidad para cuatro.

Si algunos sabían desde un primer momento que su única salida era huir del país, otros, tardaron más en darse cuenta. Pero hay un día en el que algo les dice que tienen que marcharse El trayecto no es fácil, menos con niños o ancianos o cuando les acompañan enfermedades. La vulnerabilidad de su situación les obliga a confiar en traficantes sin escrúpulos. Se juegan su integridad física, pero también la moral.

La decisión de Mohamed Souhel llegó cuando uno de los empleados de su fábrica fue asesinado delante de él. “Es un aviso, dijeron”, comenta mientras clava su mirada perdida sobre las cuatro telas colgadas de la pared que hacen de tienda. Reunió unas pocas pertenencias y, junto a su esposa, abandonó el país. Para Mohamed la guerra comenzó mucho antes, desde el momento en que la familia al-Asad se hizo con el poder. Opositor declarado desde su adolescencia, fue encarcelado y vejado en varias ocasiones durante su vida. Pero eso no le importó, creía en su país.

Aunque las heridas sean más recientes en Harmanli, Elias Sulaiman también recuerda perfectamente cuándo llegó su decisión. Desde una cafetería en el barrio árabe de Sofía, relata que eligió huir el día en el que uno de sus amigos le lanzó la insinuación. “A este ritmo, pronto harás de intérprete de Al-Asad”. Traductor de español de origen kurdo, Elias volvió de su beca en Cuba el año en el que empezaron las protestas. Ocultando sus raíces y silenciando su oposición al régimen, su carrera profesional en el gobierno inició un ascenso imparable. Pero su amigo había eclipsado en una sola frase los temores que le perseguían desde hacía años. “Si a veces me cuestionaba el hecho de trabajar para ellos, en ese momento me dije a mí mismo que yo ya no podía quedarme allí. Se acabó”. 

Su salida, sin embargo, se retrasa. “El gobierno alargó un año más el servicio militar y a mi hermano le pilló. Tenía que sacarlo. Si se quedaba en Siria, iba a morir seguro”. Elías echó mano de todos sus contactos y encontró un billete de avión para su hermano. Volaría desde Damasco hasta su ciudad de origen, Al Qamishli, en la frontera con Turquía. Él, sin embargo, se quedaría sin plaza y pagaría a un traficante para cruzar el país entero. Elias parece ordenar los hechos conforme habla, como si las palabras tuvieran un efecto tranquilizador. “No quiero pensar ni en kurdo ni en árabe. Me gusta pensar en español. Me relaja. Me trae buenos recuerdos”.

Setecientos kilómetros en diez días para llegar a Turquía. Días en caravanas, en coche y caminando, de día y de noche. Días expuesto a ser reconocido como funcionario. Las paradas eran frecuentes, los documentos revisados constantemente. Elias explica que distinguía a los terroristas por el aspecto y por la lengua. “Hablaban en un árabe mal pronunciado o en lenguas que yo no he escuchado en mi vida”. Pero con una identidad falsa y sin pronunciar palabra, logró escapar.

Pero Turquía no era su destino, al igual que no lo fue el de más de once mil sirios que cruzaron desesperadamente la frontera, a veces rezando por no ser atrapados  Pero Turquía no era su destino, al igual que no lo fue el de más de once mil sirios que cruzaron desesperadamente la frontera, a veces rezando por no ser atrapados. Al igual que esos miles que como Elias pasaron por el descampado sin asfaltar de Harmanli. Entre casetas prefabricadas, edificios derruidos y tiendas militares de campaña, sin visibilidad alguna en el presente, sin miras hacia el futuro y sin posibilidad de retorno. El traumatismo con el que este sirio relata su llegada a Bulgaria, desvela que ser un refugiado en los Balcanes puede ser aún más difícil que ser víctima de un conflicto.Y lo hace garante de una filosofía que lo ha dejado mantenerse en pie “aprender a asimilarlo”.

Asimilar, no pasar página o echar en el olvido. “Me perdí en el bosque, no encontré el edificio abandonado donde me esperaba el segundo traficante para cruzar la frontera. Estuve vagando durante una semana. Constantemente, veía las luces de los coches de los policías. Hacía frío, llevaba sólo una fina sudadera. Tenía hambre y sed. No tuve más remedio que entregarme”

Los agentes de frontera en Bulgaria no suelen hablar inglés, y, en búlgaro, son hombres de pocas palabras. Normalmente se mantienen en una postura rígida y disciplinaria. Su empleo les proporciona estabilidad, ante todo no quieren problemas. Pero en los momentos críticos, su posición de mando también puede conllevar excesos.

Una vez entregado, Elias descubriría que no sólo él trataba de cruzar el bosque esa noche. Todos los detenidos fueron reunidos en un descampado al aire libre para ser interrogados. Noctámbulo y cansado, él mismo se ofrecería como traductor. “Su nombre es Ali, su mujer está embarazada”. “Su bebé se llama Mohamed y llora porque tiene frío”. “Ahmed, 22 años, viene solo”. Las demandas nunca satisfechas, el frío, el cansancio y la impotencia lo llevarían a guardar un silencio de protesta. A esto los policías respondieron con la tortura de no dejarle ni entornar los ojos.  En esa noche gélida sintió que en su interior se le clavaban los llantos de los bebés como puñales. “Nunca pensé que pudiera pasarlo peor que en Siria, esa violencia hizo que mi primera noche en Bulgaria fuera eterna.”

A pesar de las presiones de las ONG, el gabinete del Partido Socialista Búlgaro ha aprobado la construcción de un muro de 33 kilómetros en la frontera para dirigir a los refugiados directamente a los puestos de control. Hasta ahora las medidas tomadas por el gobierno búlgaro distan de ser una solución.

Pero el éxodo sirio ha reabierto el debate sobre las diferencias culturales, étnicos y religiosos. Los prejuicios en contra del Islam o la respuesta violenta de grupos nacionalistas se transforman lentamente en problemas sociales en la esfera pública. Aunque la xenofobia tiene cabida en la agenda setting, las organizaciones de los derechos de las minorías han obtenido su espacio. Sobre el país se cierne la oportunidad de cambiar la actitud de una población con poca tradición migratoria.

Mientras tanto, la Agencia Estatal de Refugiados ha inaugurado las clases de búlgaro en Voenna Rampa. Se han desempolvado la pizarra y el borrador. Los niños corretean por los pasillos lanzándose tizas de colores y a los adolescentes no parece gustarles el cirílico. Pero en la valla azul alguien ha garabateado el nombre de su país “Суриа”.
 

Más información

Rosa Vroom (http://www.rosavroom.com)

Cristina Aldehuela (http://cristinaaldehuela.wix.com/photojournalism)

 

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