Un conflicto azuzado por el control de las rutas de abastecimiento del gas
Ucrania o la caricatura de la Guerra Fría

El periodista experto en política internacional Roberto Montoya analiza qué hay detrás de los titulares que hablan de una nueva “Guerra Fría”.

, Madrid
13/03/14 · 11:39
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“La sombra de la Guerra Fría vuelve a planear sobre Europa”, “Rusia quiere reconstruir su imperio”, “El Mai­dan derriba una estatua de Le­nin en Kiev”, “Los crimeanos montan guardia alrededor de una estatua de Lenin en Simferópol”. Los titulares de la mayoría de los medios occidentales desde que se inició la crisis en Ucrania recuerdan a otros de finales de los años 80, cuando caía el Muro de Berlín y empezaba el desmoronamiento de la URSS y las burocracias autoritarias del mal llamado “socialismo real”.

Moscú ha visto cómo desde la atomización de la URSS hace poco más de 20 años, la mayoría de las exrepúblicas que se independizaron cayeron bajo la influencia de la UE, EE UU y la OTAN

Los sectores más duros de la revuelta ucraniana califican a los crimeanos y a los rusos de “comunistas” y éstos ven a los manifestantes de Kiev como “nazis”, como a las tropas que invadieron la zona en los años 40. Otra vez parece aquí aplicable aquella remanida frase de Karl Marx: “La historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa”. Porque, ¿es verdad que en el conflicto interno de Ucrania estén en juego proyectos ideológicos antagónicos? No.

Cabría preguntarse también: ¿es verdad que los otros omnipresentes y grandes protagonistas externos de esta crisis, léase EE UU-UE por un lado, y Rusia por otro, representan proyectos ideológicos opuestos? La respuesta también es no.
Y de ahí la farsa, como de la que hablaba Marx. Columnistas de algunos medios se atrevieron incluso a asimilar el conflicto actual con la crisis de los misiles soviéticos en Cuba, aquella que en 1962 puso al mundo al borde de la III Guerra Mundial a causa de los misiles rusos emplazados en la isla y descubiertos por EE UU.

Comparaciones irreales

¿Realmente se puede comparar con aquel momento, un año después solamente del intento de invasión imperialista en Bahía de Cochinos, cuando estaba en marcha una carrera nuclear contrarreloj entre las grandes potencias? Tan irreales son las comparaciones con aquellos momentos como irreales parecieran ser esos miles de soldados que han tomado posición en Crimea, rodeando y pidiendo la rendición de las bases ucranianas, controlando sus puertos y carreteras o custodiando la sede del Parlamento y el Gobierno. No portan bandera ni distintivo de ningún país. Es inédito en la historia militar, son soldados fantasma.

Esos miles de disciplinados hombres hablan sólo en ruso, portan armas y equipos de comunicación rusos, se trasladan en camiones rusos con matrículas rusas... pero Vladimir Putin asegura que no son tropas del Ejército ruso, sino “espontáneos grupos de autodefensa crimeanos”. Las primeras unidades de ese Ejército ‘fantasma’ se desplegaron en la península de Crimea antes incluso de que las autoridades provisionales del Parla­mento provincial de esta región autónoma de Ucrania pidiera a Mos­cú ayuda para defenderse del golpe contra el presidente Víctor Yanukóvich, y para defender a la población rusa o rusoparlante, el 56% de los habitantes de Crimea.

Putin no representa precisamente al “comunismo” sino a un Gobierno con una política económica neoliberal, represivo con la oposición política y las minorías sociales en su país. Tiene una larga tradición de represión a las minorías nacionales en Rusia, pero se ha autoerigido en defensor de la minoría rusa de la vecina Ucrania. Es mucho lo que se juega Rusia en este conflicto. Moscú ha visto cómo desde la atomización de la URSS hace poco más de 20 años, la mayoría de las exrepúblicas que se independizaron cayeron bajo la influencia de la UE, EE UU y la OTAN.

Ucrania es la última pieza de ese acorralamiento que lleva a cabo Occidente. Perder el control sobre Crimea es para Rusia perder la principal base de su poderosa flota del Mar Negro, pero aceptar que Ucra­nia se integre en la UE supone perder el control sobre el paso de los oleo­ductos y gasoductos que transportan a Europa más del 30% del gas y petróleo ruso que ésta consume y es hacer hacer añicos su proyectada Unión Euroasiática. Implica también resignarse a que a corto plazo Ucrania entre en la OTAN, que es lo mismo que decir que EE UU extienda su poder hasta las propias puertas de Rusia.

Control sobre la zona

A la Unión Europea, el Fondo Mone­tario Internacional (FMI), Estados Unidos y la OTAN, poco les importa que quien salga de las elecciones presidenciales del 25 de mayo sea tanto o más corrupto que Yanukóvich. Timoshenko, como varios miembros del actual Gobierno y del Parlamento provisional de Kiev, representan en definitiva a otros de los sectores oligárquicos y corruptos que se enriquecieron como el hoy exilado Yanukóvich igualmente a partir de 1992 con la privatización de las empresas públicas.

A Occidente tampoco parece preocuparle mayormente que los violentos y organizados grupos neonazis agrupados en el Bloque de la De­recha –aliado de Svoboda, uno de los tres principales partidos parlamentarios– hayan tenido tanto protagonismo en los enfrentamientos callejeros. Confían en poder moldear a su antojo a los nuevos gobernantes. Ucrania vive una profunda crisis económica y los principales líderes políticos ya han mostrado su disposición a aceptar las draconianas condiciones económicas y financieras que les impongan Estados Unidos, la UE y el FMI.

El tratado de adhesión a la UE, el que congeló Yanukóvich y que dio lugar al inicio de las protestas callejeras, permitirá a Occidente irrumpir masivamente con sus productos manufacturados en un mercado de 46 millones de personas, lo que previsiblemente terminará a mediano plazo por destruir el ya de por sí débil tejido industrial de este país.
Pero ni los intereses de los ucranianos de a pie ni los de su minoría rusa o tártara parecen discutirse en realidad en ninguna de las actuales mesas de negociación.

Yanukóvich: “Aún soy el presidente”

El depuesto presidente de Ucrania, Víctor Yanukóvich, reapareció ante los medios de comunicación el pasado 10 de marzo desde una ciudad rusa para insistir en que sigue siendo “no sólo el único presidente legítimo de Ucrania, sino también su comandante en jefe supremo”. Yanukóvich aseguró también que los comicios convocados para el 25 de mayo “por la camarilla que tomó el poder” son “ilegítimos”. También apuntó en esa comparecencia que Ucrania se encuentra en manos de “una banda de ultranacionalistas y neonazis”.
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comentarios

1

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    MArina
    |
    18/03/2014 - 10:53pm
    Interesantísimo.Por fin un análisis creíble y merecedor de su máxima difusión. Imposible compartirlo en G+, una pena. 
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