teléfono rojo, volamos a madrid
Política basura y aire limpio sin igual

El conflicto de la privatización del servicio de basuras, un síntoma de un gobierno municipal que huele a cerrado.

, Madrid
25/10/13 · 8:00
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Madrid es una mierda, no sólo porque lo diga el diario El País, sino porque así se expresa en la desafección que los ciudadanos tienen hacia su propia ciudad. Un síntoma de desidia cada día más evidente a ojos de mucha gente, de la que sólo se salvan los lugares comunes, cada día más presentes. Por si fuera poco, el problema de la basura que tenemos es que directamente nos gobierna y así es muy difícil percibir cierta sensación de higiene a pie de calle, de parque, de plaza o de suburbano. El bombardeo de cagadas es constante. 

Desde hace tiempo, el doctor Strangelove tiene despacho en el antiguo Palacio de Comuni­ca­cio­nes de la Plaza de Cibeles. Allí donde se instaló el fastuoso ayuntamiento de techos altos, suelo de mármol y puerta cerrada. Desde el panel de control de su despacho gestiona la partida para que la “solución final” sea inapelable.

Una de sus últimas ocurrencias –en sintonía con “otras grandes ciudades del mundo”– es limitar la música en la calle. Para tocar habrá que solicitar licencia, pasar por una prueba de audición, no permanecer en el mismo punto más de dos horas y no molestar a la hora de la siesta. Como vamos sobrados de música en esta ciudad y la que se oye en las radiofórmulas –en general– es una basura, no hace falta más. Mucho menos si se trata de algún intérprete precario con voluntad viajera que esté de paso por la ciudad. A ésos no los quieren ni en pintura.Hay problemas de gestión que remiten a la lógica de la incineradora de voluntades y deseos

Así las cosas, los desperdicios abundan por todas las esquinas. Ya sea junto a la peluquería de toda la vida, los contenedores de la esquina o la papelera junto al banco de madera donde se sientan las señoras a hablar de sus cosas. Los recortes es lo que tienen, ni siquiera el aroma a café mitiga el olor a podredumbre cultural contemporánea que desprende la ciudad. Mientras, las papeleras se llenan al mismo ritmo que se cierran cines, teatros y librerías. Al fin y al cabo, para dar o devolver pelotazos no hace falta leer ni tener sensibilidad, con restar en garantías laborales es suficiente.

Como en la película de Kubrick, todos los lados del telón de sopor están implicados por activa. Unos desde una gobernabilidad de zarzuela y olé, y otros desde el grito desagradable de tertulia televisiva o postureo izquierdista, con o sin partido. El aire limpio que llegó hace tiempo se mantiene en otros planos que no sea el de la “batalla de las ideas” y las banderas al hombro. Todavía se respira –afortunadamente– sin necesidad de protagonismos ni egos, en realidades concretas, especialmente la de aquellas familias a las que quieren expulsar de sus casas sin tiempo para barrer, pero que han decidido mantenerse dignas, como ejemplo de limpieza. En lo referido a jardinería, la rosa se marchitó hace tanto que ya ni siquiera cuenta como paisaje de interés. 

A los gritos 

En las redes sociales lo que triunfa es la política basura a golpe de gritos. Se olvida que el lenguaje primogénito de la indignación era mudo e inclusivo. Lo otro huele a lo mismo de siempre. Parece que ni siquiera al otro lado del charco (del centro para abajo y a la izquierda) la recogida de basuras funciona bien. Hay problemas de gestión que remiten a la lógica de la incineradora de voluntades y deseos sociales de siempre. Pero ni aquí ni allí han podido “eliminar a los antinuclear”. Madrid en ese sentido sigue siendo refugio de derrotados orgullosos, a pesar de las pestilencias.
Jack D. Ripper inició la ofensiva, la destrucción mutua está asegurada, a menos que lo evite una ciudadanía asqueada de malos olores. Los trapos sucios de la administración apestan. La esperanza es que cuando los efectos de la radiación se hayan superado, los responsables de tan nefasto tiempo seguirán encerrados a mil metros bajo tierra. Entonces será cuando se respire “aire limpio sin igual” y se podrá recuperar el buen ambiente que nos merecemos. Eso sí, nos falta Peter Sellers para contarlo.

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