Crisis del modelo político
Los tres agotamientos del régimen (o la necesidad de instituciones del común)

Los autores apuntan posibles salidas frente a la crisis del régimen político surgido con la Transición. Articulo publicado originalmente en la web de la revista del colegio de sociólogos y politólogos de Cataluña. www.ambitscolpis.com

, Respectivamente, sociólogo y cooperativista en La Ciutat Invisible; periodista de @La_Directa, cooperativista en Coop57 y diputado por la CUP-Alternativa de Izquierdas en el Parlamento de Cataluña.
18/09/13 · 17:51
Encerclem la Caixa (Rodeemos la Caixa) durante la cadena humana del último 11 de septiembre en Barcelona / Ramón Fornell

Los regímenes políticos español y catalán, nacidos de los Pactos de la Transición, experimentan un triple agotamiento. En primer lugar, debido a aquella escisión constituyente de la democracia representativa, donde esta se adjudicó –con los movimientos sociales antifranquistas corpore insepulto- el monopolio de la acción política en el sistema de partidos.

Agotamiento, en segundo término, de aquella jerarquización partitocrática donde se definió un sujeto político que tenía que predominar -con un desdén prepotente y minusvalorador- sobre el sujeto social.El régimen es incapaz de generar un nuevo pacto social y por lo tanto de erigirse en garante de los derechos sociales y económicos de la población

Y agotamiento, finalmente, de la fractura artificial de la actividad social en compartimentos formalmente estancos; la política, la economía, la sociedad y la cultura; una fractura donde la política no tenía “nada que ver” con la economía, ni la economía con la sociedad, y la cultura no tenía nada que ver… con nada.

Escisiones, jerarquizaciones y fracturas, que constituyen la metodología de la Cultura de la Transición, y que hoy parecen exhaustas o como mínimo debilitadas por su descosificación, esto es, por la conciencia social cada vez más amplia de su construcción impostada. Impuesta.

¿Qué ha causado este triple agotamiento? ¿Por que a ojos de crecientes sectores sociales, se percibe una cierta obsolescencia de la democracia representativa? ¿Es posible revertir el agotamiento en una nueva institucionalidad social que organice democráticamente lo que es común?

1. Golpe de estado neoliberal

Hoy, la financiarización ha puesto al propio régimen político en juego, pues ha finiquitado la ilusión democrática del régimen liberal-burgués.

Con la liquidación neoliberal de buena parte del tejido institucional keynesiano-fordista, el régimen es incapaz de generar un nuevo pacto social y por lo tanto de erigirse en garante de los derechos sociales y económicos de la población. Asumiendo los intereses de los mercados financieros, se encuentra dominado por los poderes oligárquicos que se apoyan en el sistema de partidos para mantener su poder de clase y, obviamente, su tasa de beneficios.

Los rescates bancarios, la extorsión permanente sobre la deuda pública  para recuperar unos balances agujereados por el crack inmobiliario y, no lo olvidemos, la cleptocracia de sus gestores, parece ser la única agenda posible. ¿Es este, aun así, el rol a desarrollar ante la crisis bancaria? ¿La austeridad aplicada por los ejecutivos tanto español como catalán, son el único camino frente el colapso de los mercados financieros? ¿Que se transmitan los costes del crack a las poblaciones –desvergonzada socialización de las pérdidas-, pagar y sostener la especulación con la deuda, es la única vía para afrontar la situación?

Parece ser que sí. No sólo porque los ejecutivos de Rajoy y Mas, en un bucle endemoniado, pretenden resolver la crisis de la acumulación financiera profundizando la financiarización, sino porque todo el sistema de partidos no plantea una ruptura al proceso, y por lo tanto avala la naturaleza funcional del régimen político al ajuste capitalista.

La crisis, por tanto, es sobre todo política, pues la política (estatal) es incapaz de regular la economía. Es un régimen desnudado “de todo contenido sustantivo y directo de la palabra democracia”.[1]

Frente a esta tesitura seguir otorgando el monopolio de la acción política al sistema de partidos sería un tipo de suicidio social. He aquí el primer agotamiento, el fin de la carta blanca de la delegación, he aquí el nuevo protagonismo social que no renunciará, nunca más, a ejercer su propio (contra) poder.

2. Luchas sociales destituyentes

El actual ciclo de protesta contra el expolio neoliberal también apunta a un régimen político que no sólo es incapaz de contener los excesos del capitalismo, sino que bloquea las propuestas sociales para parar las consecuencias dramáticas del ajuste estructural.

Bajo el actual régimen liberal-representativo ya se habían producido protestas asamblearias y autónomas: desde la insumisión o los centros sociales autogestionados, por ejemplo, al movimiento altermundista global. Pero no fue hasta la profundización de la extorsión capitalista, a partir del 2007, que las protestas se amplificaron hasta situarse en el centro del debate social. La eclosión del 15M, el 2011, recogió de forma multitudinaria un malestar que los canales institucionales de representación –partidos y sindicatos- no habían querido comprender.

A raíz del 15M han irradiado todas las luchas sociales, que se reconocieron. Fueron propulsadas por lo que, en palabras de Amador Fernández-Savater, más que un movimiento de movimientos o una coordinadora de luchas, constituyó un nuevo “clima social” : el clima social de la autoorganización.[2]

La definición que caracterizaba un sujeto político que hacía política y un sujeto social que mendigaba soluciones a los políticos, se ha acabadoLas luchas por la vivienda, la educación o la salud, entre otras, organizadas como mareas –horizontales, inclusivas, dirigidas a la mayoría social- han hecho frente al régimen neoliberal, al Estado que desmantela las estructuras (sociales) de Estado. Pero no se han resignado sólo en la “protesta contra los recortes”, sino que han albergado iniciativas para atenuar el dolor causado por un proceso que David Harvey define como “acumulación por desposesión”. Esto es, la economía extractiva de las élites que privatizando bienes comunes o a través de políticas hipotecarias, consigue transferir renta de las clases populares hacia sus cuentas corrientes sin tener que generar ningún tipo de actividad productiva.[3]
Sin embargo, las propuestas sociales para revertir la acumulación por desposesión han sido desterradas, una y otra vez, con aquel antiguo “desdén prepotente y minusvalorador”. El rechazo a la ILP por la dación en pago , que impulsó la PAH y recogió un millón y medio de firmas, es paradigmático del autismo del régimen.

Si el 15M refutó simbólicamente los consensos de 1978, las luchas colectivas posteriores han concretado esta impugnación. La definición que caracterizaba un sujeto político que hacía política y un sujeto social que mendigaba soluciones a los políticos, se ha acabado. El segundo agotamiento de la democracia liberal proviene de su bloqueo sistemático hacia las necesidades del poder social. Hoy está en marcha un sujeto sociopolítico que resolverá las propias necesidades a partir de la acción directa socializada.[4] La destitución del régimen empieza a ser planteada.

3. ¿Democratizar el Estado? ¿Democratizar la democracia?

¿Cómo destituimos el actual régimen? ¿Qué hacemos, tanto para evitar una lenta muerte perpetua como para obturar una salida populista? ¿Cómo desplazamos las élites políticas y económicas, acabamos con sus privilegios, y construimos una nueva institucionalidad del común? ¿Cómo organizamos el nuevo poder constituyente?

En este debate existen posiciones divergentes, que no tienen por qué estar enfrentadas. Por una parte, la hipótesis de la transformación del Estado, que en Cataluña está asociada al debate sobre la autodeterminación y la independencia. Como afirma Xavier Domènech, “la propuesta de un proceso constituyente catalán es inherente a la proclamación de la soberanía plena de Cataluña, de otra manera sería imposible su concreción”.[5]

En la hipótesis de la democratización de las instituciones estatales encontramos proyectos que, surgidos de la lucha colectiva, entienden que es necesario intervenir, por ejemplo, a través de mecanismos electorales para construir una nueva hegemonía que desplace las élites económicas del mando político. Esta sería la hipótesis tanto de las Candidaturas de Unidad Popular, como del “Proceso Constituyente”.

Más allá de aciertos y errores concretos, de sus virtudes tácticas (el “Caballo de Troya” de las CUP) o estratégicas (radicalización democrática municipal, asambleas constituyentes locales), las dificultades de impulsar una plena democracia política, económica y social desde el Estado son evidentes. ¿Es posible, tal y cómo ha hecho el Ecuador, enfrentarse al mando neoliberal desde el Estado y no pagar la deuda?[6] ¿Es posible un Estado que no expropie la capacidad política de sus habitantes, que no posea el monopolio de la acción colectiva legítima, que reconozca institucionalidades autónomas y la capacidad del autogobierno social? ¿Son posibles referéndums de matriz económica tipo Islandia?

Las dudas son razonables, pero no nos tendrían que hacer desfallecer en la necesidad de transformar el Estado. Proceso de cambio en código abierto, ignoramos cómo hacerlo a falta de una nueva teoría crítica sobre el Estado y el poder. De las pocas certezas que tenemos, una es que tenemos que desalojar los mercados financieros de las instituciones estatales.

En todo caso, sin una poderosa lucha colectiva destituyente y un protagonismo social articulado, “otro Estado no es posible”. En esta dirección, Jordi Garcia Jané apunta una “matriz de tránsito”: tres niveles de democracia (directa, participativa, representativa), triple modelo económico (cooperativo-social, público-estatal, privado con criterios de mercado social) y vías para llegar a esto: activación popular, desobediencia civil, construcción de alternativas y vía institucional complementaria asentada en el municipalismo.[7]

4. Instituciones del común

Más allá del complejo debate sobre el Estado, la segunda hipótesis que no nos genera contradicciones de ningún tipo es apostar por la creación de Instituciones del Común. Esto es, la articulación política, democrática y material que propulse y garantice la autonomía social, fomente la autoorganización colectiva y la resolución autogestionada de las necesidades económicas y sociales de la población.

Necesitamos crear nuevas instituciones que articulen la deliberación y la ejecución en aquella esfera que, más allá de la dicotomía público-estatal y privada-mercantil, nos afecta plenamente y de forma compartida: la cooperación social, el común.

En estos años no sólo hemos producido lucha, conflicto, antagonismo. También hemos generado una acumulación de experiencias de autoorganización de las nuevas capacidades productivas de la sociedad. Nuevas formas de hacer política que han desbordado la izquierda clásica; aquella organizada en estructuras verticales nada participativas, con un repertorio convencional de las formas de acción, y una escasa sensibilidad hacia temas emergentes (Claus Offe). Nuevos movimientos sociales que se han distanciado de una izquierda institucionalizada y muy a menudo en connivencia -cuando no corrompida- por los poder fácticos, negligente hacia los sectores desposeídos, soberbia ideológicamente (Immanuel Wallerstein). Nuevas formas inmanentes de hacer política, que no delegan en la representación, han puesto en el centro de la acción colectiva la propia transformación desde un nosotros violentado por la desposesión capitalista y por la forma-Estado.

A la creciente autoorganización sociopolítica en barrios y pueblos catalanes, se le tiene que sumar el desbordamiento de la inteligencia colectiva y de la comunicación social, capaz de emprender procesos democráticos decisorios de gran alcance, a partir de la tecnopolítica[8] y el acceso universal a la información.

Unas capacidades que pueden converger con las experiencias que plantean la democracia económica en la producción y el intercambio de bienes y servicios (de alimentación, del crédito o de la energía); con modelos de gestión comunitaria de equipamientos sociales, así como también con la participación social en los servicios comunitarios (salud, educación). Unas capacidades forjadas en las luchas contra la acumulación por desposesión y en defensa de los bienes comunes.[9]

Ya estamos creando las incipientes Instituciones del Común. Tenemos que hacer crecer la articulación de la cooperación social, para poder producir y distribuir el poder y la riqueza compartida, para proporcionar espacios de decisión colectiva, bienestar comunitario y recursos sociales básicos a gran escala a partir de unas estructuras que no estén dominadas por la propiedad estatal ni por la relación mercantil. Unas instituciones que, superando el tercer agotamiento de la democracia liberal, articulen democráticamente los deseos y necesidades políticas, económicas, sociales y culturales de las poblaciones, y garanticen su autogobierno.

Estas son las bases fundamentales de un poder constituyente capaz de crear la nueva sociedad postcapitalista; para hacer efectiva la plena soberanía colectiva por la cual luchamos.

Bibliografía

[1] RODRÍGUEZ, E. Hipótesis Democracia. Traficantes de Sueños. Madrid, 2013.

[2] FERNÁNDEZ-SAVATER, A. “¿Cómo se organiza un clima?” A Fuera de Lugar 9/1/2012

[3] HARVEY, D. El nuevo imperialismo. Akal. Madrid, 2004.

[4] Siguiendo con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, esta transición se visualiza con las ocupaciones de edificios sobre todo en Cataluña y Andalucía: la Obra Social de la PAH.

[5] DOMÈNECH, X. “Constituyentes… Notas de autoaclariment” a Hegemonías 10/7/2013

[6] Para aprender de los procesos latinoamericanos: APARICIO, M. “Nuevos avances del poder constituyente democrático: aprendiendo del sur” a VVAA Por una asamblea constituyente. Sequitur. Madrid, 2012.

[7] El ecodemocràcia cooperativa propone la articulación de la democracia económica, política, social y cultural. GARCÍA, J. Adiós capitalismo. 15M-2031. Icaria. Barcelona, 2012.

[8] Ver VVAA Tecnopolítica, internet y r-evolucionas. Sobre la centralidad de redes digitales en el #15M. Icaria, Barcelona, 2011.

[9] Para el debate sobre los bienes comunes, ver HARDT, M.; NEGRI, A. Commonwealth. El proyecto de una revolución del común. Akal, Madrid, 2011.

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