Pablo Bustinduy y Jorge Lago
Son los coordinadores de 'Lugares comunes.Trece voces sobre la crisis'
"La estrategia pasa porque las diferencias no sean un obstáculo para el proceso, sino su combustible"

Lugares Comunes es un ensayo en el que 13 personas investigan las posibilidades de intervención política en el contexto de crisis actual.

, Redacción
19/08/13 · 14:50

Para profundizar en una crítica radical de la ideología dominante y en contra de la imposible neutralidad de las palabras. Ese fue el planteamiento con el que el filósofo y escritor Pablo Bustinduy y el editor Jorge Lago pusieron en marcha Lugares comunes. Como en cualquier libro coral, hay diferentes tonos y afinaciones entre esas trece voces, que intervienen a partir de otros tantos conceptos, desde lo constituyente hasta el trabajo, pasando por desahucios o feminismos. No obstante, desde la claridad del punto de partida, el libro consigue “destripar y problematizar las voces de la crisis”, como pretendían sus editores.

En el prólogo de Lugares Comunes os planteáis la necesidad de abrir caminos para pensar la crisis presente: ¿cuáles son esos caminos, en qué difieren de las sendas que hemos transitado hasta 2008?

Más que de abrir nuevos caminos en sí, como si no estuviesen ya abiertos, lo que planteamos en el libro es la necesidad de producir y multiplicar los puntos de cruce entre ellos. Hay una enorme producción de discurso, pero no son tantos los lugares en los que esos discursos pueden encontrarse y darse cuerpo efectivamente, transformarse o materializarse en prácticas, dispositivos o acciones comunes más allá de la resistencia. En una escala muy modesta, este libro se inscribe en ese gesto: producir lugares de encuentro entre voces, perspectivas e iniciativas que ya están ahí y que, al encontrarse, pueden multiplicar recíprocamente su fuerza y su capacidad. Porque sí, hay algo que probablemente ha cambiado desde 2008, y es que ya no estamos trabajando en y para islas o guetos de (ultra)izquierda que puntualmente se encuentran con otras gentes descontentas provenientes de otros espacios sociales y políticos. Ya no se trata de utilizar el discurso como instancia de producción de identidades a la contra, sino como arma para dar una batalla política real, con capacidad para cortocircuitar la máquina aquí y ahora, con visos de transformar el presente y el futuro del país. Y esto cambia tanto los discursos como los caminos para pensar esta crisis que se ha hecho permanente, y para plantear las posibilidades reales de intervenirla.

¿Cuáles son los pesos ideológicos, esos lugares comunes, de los que nos debemos deshacer?

Es sabido que el poder no solo prohíbe y obliga, también explica y convence. Las ilustraciones y los relatos de la crisis, los que manejan no sólo los medios de comunicación y la política institucional, si no todos nosotros, están profundamente politizados, atravesados por ese sesgo ideológico del que no es en absoluto fácil desprenderse y que, sin embargo, limita las capacidades y restringe lo que se puede hacer con las palabras. Sería algo excesivo por nuestra parte intentar identificar y aislar en esta entrevista cada uno de esos pesos ideológicos, hacerlo voz por voz, concepto por concepto: crédito, deuda, euro, paro, trabajo, representación… Esa es la labor que los autores y autoras desarrollan en el libro, que para nosotros nació con una vocación que no por vieja deja de ser urgente: profundizar en una crítica radical de la ideología dominante. Es necesario señalar una y otra vez esa imposible neutralidad de las palabras, ese reconocimiento de que los conceptos y los relatos de la crisis deben ser repolitizados porque ya vienen politizados de casa, que hay un primer gesto de reapropiación de las narrativas que es y sigue siendo absolutamente necesario, porque amplía los horizontes de organización y condiciona las posibilidades para transformar la realidad. Es este movimiento lo que se propone en el libro: destripar y problematizar las voces de la crisis, y cuando decimos problematizar también nos referimos a nuestros propios relatos, atender a sus posibilidades y sus límites, dilucidar hasta dónde llegan y hasta dónde no, qué se está haciendo y qué se puede hacer con ellos, qué efectos produce cada uno. Desde este trabajo de reapropiación de las palabras, se trata entonces de proponer otros lugares comunes que los del poder, lugares que son necesariamente puntos de cruce y de ensamblaje para convertir los discursos en fuerzas activas, productoras de realidad. Este paso es, claro, colectivo, político, democrático, no algo que se pueda hacer o proponer desde un libro. El gesto del libro consiste en alentar la producción de espacios de cruce que contribuyan a esa reapropiación de las palabras. La reapropiación de las cosas es tarea de las calles, los movimientos y las luchas.

Hay asimetrías en cuanto al desmantelamiento de esos lugares comunes, seguramente no se genera el mismo consenso en cuanto a los desahucios como a los feminismos o las nuevas formas de organización en torno al trabajo. ¿Cómo creéis que se pueden acompasar esos pasos? ¿Es necesario hacerlo para encontrar esos cruces de los que habláis en el prólogo?

Claro que hay asimetrías y desacuerdos, lo sospechoso sería que no los hubiera, que se planteara un discurso cerrado, estático, homogéneo y listo para consumir. No: hay que ser conscientes de las condiciones en las que se plantea la movilización política, de su carácter asimétrico, plural e incluso contradictorio, y asumir eso como lo que es, no necesariamente una impureza ni un impedimento sino un potencial principio de riqueza. Reiner Schürmann decía que “el nosotros sin temblor me es desconocido”, y creemos que en los últimos ciclos de movilización hay una conciencia más o menos clara de que esa diversidad es productiva, que puede ser una fuente poderosa de crecimiento: ese es además el significado último de la palabra democracia, que se basa en la no coincidencia del pueblo consigo mismo (por eso el “pueblo” siempre es a la vez el todo social y también una parte de ese todo, el pueblo como aquellos que no acaparan el poder sino que sufren sus abusos, los trabajadores, los pobres, los desplazados y excluidos, que sin embargo se movilizan para reclamar su libertad y su plena capacidad de decidir sobre lo común, de organizar la vida política en todas sus manifestaciones). Dicho esto, es interesante fijarse en el ejemplo de la PAH, porque sería un error pensar que ese gran consenso que se ha generado en torno a su labor estaba ya dado, sólo a la espera de su articulación. Todo lo contrario: nada parecía más incuestionable en la España del ladrillo que el derecho de propiedad y la autocracia de la banca y las grandes inmobiliarias. Con su trabajo político, con su inteligencia teórica y práctica, la PAH ha sabido romper el silencio y generar esa legitimidad poderosa, ofreciendo un relato que habla a la gente de sus problemas reales y se impone como un nuevo sentido común para orientarse y movilizarse colectivamente ante la emergencia de la crisis. Como se ha dicho ya muchas veces, la PAH ha visibilizado un tema que antes se vivía como un drama privado, familiar o individual, y lo ha convertido en un asunto político de primera magnitud. Es la misma lógica con que trabajan las mareas, es lo que hace Juventud Sin Futuro con la precariedad o la emigración de los jóvenes; son procesos de construcción política que van cristalizando alianzas cada vez mayores a su alrededor, aunque cada frente avance con velocidades, ritmos y trayectorias diferentes.

Lo interesante, claro, es lo que sucede entre y a partir de cada uno de esos núcleos, de esos nuevos lugares comunes: cómo se encuentran, se cruzan y se nutren unos a otros. La cuestión clave es cómo puede seguir reforzándose ese proceso, cómo puede cambiar de marcha, intensificarse y articularse no solo para resistir a los ataques, sino para expropiar el campo de batalla mismo y dar lugar a sus propias realidades. Creemos que ese es el escenario en que debe plantearse la cuestión de la divergencia y el acompasamiento: no se trata de forzar acuerdos o consensos discursivos sin fisuras y a priori, ni de utilizar el discurso como instancia de producción de definiciones o identidades más o menos cerradas, para ver quién es más de izquierdas y quién es o no es de qué clase y por qué, sino como decíamos, de utilizarlo como arma para cortocircuitar la máquina e intervenir efectivamente el presente y el futuro del país. Ese es hoy el problema de la estrategia: lograr que dentro de ese espacio de movilización colectiva las grandes distancias se impongan sobre las pequeñas, que las asimetrías y las diferencias no sean un obstáculo para el proceso, sino su combustible mismo; que en lugar de neutralizarse, en definitiva, las fuerzas se apliquen en una dirección y contra un enemigo común. En la medida en que eso se consiga, se estará expropiando espacios prácticos y discursivos para prefigurar e ir construyendo una política, una economía y una sociedad que son la negación radical del estado de cosas actual, el anverso exacto de esta distopía extractiva en que nos encontramos. Y claro que no todos los pasos siguen el mismo ritmo, claro que no todos los temas son iguales y que no cabe cualquier cosa en el campo de la contestación: pero sí hay un juego interno que no depende de cerrar y ubicar los temas de antemano, sino de articular las conexiones de los discursos y las luchas, de encontrar los puentes y los compases entre ellos, como muestra Silvia [L.Gil] para el caso de los feminismos o Alberto [Riesco] con el trabajo; eso es lo que hemos intentado hacer en este libro a partir de esas 13 voces fundamentales. Una última cosa, respecto al tema que mencionas del feminismo y sus descontentos. Todo el bochorno y los intercambios que se han producido recientemente a partir de las imágenes de los tocamientos y abusos de San Fermín habrían parecido imposibles, a esa escala masiva, hace apenas unos años. Más allá de los enfrentamientos y divergencias del debate, su mero acontecer es una muestra poderosa del proceso que intentamos describir: una eclosión que desmonta los lugares comunes de la España patriarcal, folclórica y casposa, y genera espacios contra-hegemónicos donde pueda plantearse, nunca mejor dicho, tomar el toro por los cuernos e intervenir la realidad para transformarla radicalmente, para abolir las condiciones del estado de cosas actual. Eso no quiere decir que haya razones para el optimismo. Quiere decir que estamos en el momento en que toca dar ese salto, aunque nos acabemos rompiendo los dientes contra el suelo, porque la alternativa es que nos rompan los dientes contra el suelo.

Hay un juego interno que no depende de cerrar y ubicar los temas de antemano, sino de articular las conexiones de los discursos y las luchas, de encontrar los puentes y los compases entre ellos

¿Cómo deshacernos de esos lugares comunes sin caer en aquello que se nos critica desde los espacios de las "ideologías fuertes": la indefinición, el nihilismo, la vacuidad de intentar crear un discurso sin aristas?

Quizá un antídoto potente contra esa posibilidad que comentas sea el reconocer, con honestidad y sin miedo, que ya no estamos ni en tiempos de viejas jerarquías entre los lugares de la lucha, por el que unos combates se reducían a ser expresión o índice de otros, ni tampoco en un atomismo cerrado sobre sí mismo de diferentes combates inconexos, sino precisamente en el intento de ensamblar una máquina de guerra hecha desde posiciones y a partir de elementos y materiales muy diferentes. Aunque suene a fácil juego de palabras, es muy importante reconocer lo que nos separa, porque sin ese constatar lo que separa es imposible trazar las líneas entre los puntos que unen o que pueden unir. Claro que quizá haya que constatar también que ese ‘unir’ ya no es pensado o sentido como hace décadas. Cada vez es más clara la necesidad de alianzas, convergencias, lugares y puntos de cruce, sí, pero es una necesidad liberada de los fetiches clásicos del programa, la representación y la verticalidad de los discursos sobre las prácticas, de ese viejo sueño entre ilustrado, religioso y académico por el que de una teoría más o menos compacta se quería deducir verticalmente y sin aristas una forma de intervención política, como si bastara encontrar la teoría verdadera para a continuación aplicarla mecánicamente y transformar así la realidad.
Entre discursos y prácticas hay una distancia que es justamente la de la radicalidad democrática, y es esta la que puede aglutinar y generar fuerzas de choque
No, entre discursos y prácticas hay una distancia que es justamente la de la radicalidad democrática, y es esta la que puede aglutinar y generar fuerzas de choque, como han hecho la PAH, Juventud sin futuro y otros muchos movimientos, desmontando esa falsa dicotomía entre la integridad de un programa a priori y la dispersión incoherente del empeño democrático. Se trata de construir los espacios de una acción política radical y emancipadora, no de darlos por sentado desde una atalaya discursiva o programática. Eso no quiere decir que no se puedan definir y movilizar las prioridades, que estas sean difusas, que no tengan capacidad de transformar la realidad: la deuda, el trabajo, el euro, la representación, los recursos públicos y las estructuras productivas, la vivienda y los derechos fundamentales, son todos temas que ya están sobre la mesa, y cada uno de ellos es una enmienda potencial a la totalidad del régimen capitalista actualmente existente. En cierto sentido, no hay ideología más “fuerte” que la de esa emancipación democrática. Lo que toca es asentar una potencia autónoma y colectiva detrás de ella.

Dice una de las autoras que la representación seguramente ya nunca será lo que durante años nos hicieron creer. ¿Podéis imaginar cómo serán las nuevas formas de representación?

Esa autora es Anna Gabriel, que habla desde una perspectiva claramente situada: la experiencia de las CUP en los Países Catalanes, un proceso que nos parecía interesante reflejar como parte de esta investigación colectiva. Casi en cada una de las entrevistas, a David Fernández le repiten la misma pregunta: ¿representan las CUP al 15M? ¿Son los portavoces de la calle? Él siempre contesta lo mismo: son las luchas de la calle, las luchas de trabajadores y ciudadanos en defensa de sus derechos y su libertad, quienes les representan a ellos. El texto de Anna profundiza en esta inversión de perspectiva, en los desafíos y dificultades que supone la creación de estas herramientas electorales más allá de la representación clásica, también en sus posibilidades. La cuestión, claro, no se limita a cambiar las formas (o peor, las caras o las siglas) de la representación política actual. Se trata de dar la batalla por reapropiarse de la vida pública en todas sus manifestaciones, de acabar con esa concepción de la política como un espacio separado, estanco, de acceso restringido, que está aislada del día a día de la gente común y de todo lo que importa y condiciona su existencia: el trabajo, la producción y reproducción de la vida cotidiana, la gestión del tiempo y los recursos.

Se trata de dar la batalla por reapropiarse de la vida pública en todas sus manifestaciones, de acabar con esa concepción de la política como un espacio separado, estanco, de acceso restringido
Se trata de acabar con esa separación ficticia que blinda los bastidores del sistema y relega a la ciudadanía a la condición de espectadores pasivos que, una vez cada cuatro años, se levantan de la butaca para ir a las urnas. Por seguir con la metáfora: no vale con repintar la fachada o cambiar de función, hay que tirar el teatro abajo, hay que cerrarlo por derribo antes de que termine de caérsenos encima. Y de nuevo el ejemplo de la PAH es inspirador, porque su movilización no se ha limitado a bloquear desahucios y denunciar el sistema: la PAH ha presentado una iniciativa legislativa muy interesante, hecha desde la calle, ratificada por más de un millón de firmas, avalada por el nuevo sentido común de la disidencia, que de ser aprobada supondría la desarticulación inmediata de todo el entramado mafioso-financiero de la especulación inmobiliaria y la reordenación de los recursos para satisfacer de forma efectiva el derecho a la vivienda. Ese potencial es impresionante: la marea blanca de la comunidad de Madrid recogió en poco más de una semana un millón de votos en el referéndum contra el expolio del derecho a la salud. Imaginemos que médicos, trabajadoras, pacientes y vecinos se pusieran a trabajar con expertos en una nueva ley pública de sanidad, en un proceso abierto a la ciudadanía que contradijera la lógica del mercado; imaginemos que hiciera lo mismo la comunidad educativa, o que se abriera ese proceso popular a una reforma financiera de verdad, a una reforma agraria de verdad, a una reforma industrial de verdad; que se socializaran los recursos comunes y se organizaran los tiempos y los trabajos en formas verdaderamente democráticas. Son procesos que requieren sin duda lógicas, capacidades y herramientas diferentes, y que además es necesario construir a contrarreloj y en condiciones de excepción. El resultado, eso sí, no serían solo leyes distintas, ni un programa alternativo que llevar a las elecciones. Sería otra vida y otro lugar en este mismo. Esa es la batalla que merece la pena dar.

Lee el capítulo de Lugares Comunes dedicado a la Deuda, escrito por Bibiana Medialdea:
 

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