ANÁLISIS // NUEVAS TECNOLOGÍAS DEL CONTROL
Etiquetas RFID: un poco de confort a cambio de su intimidad

Los indicadores RFID están ideados para disponer de
datos de los movimientos de los consumidores y siguen
el mantra de la necesidad de mayor `seguridad’.

22/09/11 · 17:27
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No escapa a la tentación identificadora el otro gran miedo de nuestra época: la inmigración. Foto: Olmo Calvo.

Muchas tecnologías que
ponen en peligro nuestros
derechos o que dan
a las empresas poder y
privilegios, tienen algo en común:
también tienen algunas ventajas para
sus usuarios
, y el dispositivo de
propaganda de las empresas sabe
muy bien cómo enaltecer estas ventajas
escondiendo al mismo tiempo
los posibles riesgos.

Esta estrategia es bastante evidente
en el caso de las llamadas etiquetas
electrónicas Radio Frequency
Identification (RFID)
que los productores
están empezando a implantar
en varios tipos de mercancías. La
ventaja que se resalta es la comodidad:
a todos nos gustaría pasar por
la caja del supermercado y pagar sin
tener que sacar la compra del carro y
luego volverla a meter en las bolsas.
Todo sería más rápido si la caja misma
pudiera “comunicarse” con la
compra y conocer en el momento todo
el contenido de nuestro carro. Así
también se perderán puestos de trabajo,
pero, ¿quién tiene tiempo para
ocuparse de semejantes detalles?

Pequeñas comodidades como ésta
son las armas que la propaganda industrial
usa para introducir nuevas
técnicas de control, sin informarnos
de todas sus consecuencias.
El problema de base no es el momento
de la compra, sino lo que pasa
después, el control a largo plazo que
estos dispositivos permiten
, y las manos
en que se queda este control.

Muchos identificadores RFID se quedan
en los objetos adquiridos incluso
después de la compra, y sin que el
comprador lo sepa. En el caso de las
etiquetas pasivas, éstas pueden seguir
funcionando durante toda la vida
útil de un objeto
o de una prenda.
Si algo ha sido pagado con una tarjeta
de crédito, es posible relacionarlo
con la persona que lo ha comprado,
y esta información puede ser leída
cada vez que la etiqueta se encuentre
a unos metros de un lector
oportuno. A través de los objetos que
llevamos, es técnicamente posible
saber en cualquier momento dónde
estamos y deducir en parte lo que estamos
haciendo.

Si esto ya parece una violación de
la privacidad, las cosas van a peor:
las técnicas de minería de datos permiten
derivar mucha información
partiendo de muy pocos datos. Años
atrás, el grupo de investigación en
que trabajaba hizo una demostración
en este sentido. En un grupo de despacho
pusimos (con el permiso de
los ocupantes) células fotoeléctricas
para determinar el número de personas
que pasaban por cada puerta.
Los datos no indicaban quién pasaba,
ni si la persona entraba o salía.
Usando estos datos y una técnica matemática
llamada tomografía de red
conseguimos una estadística completa
de todos los recorridos de las
personas: quién visitaba a quién y
cuántas veces, quién comía junto a
quién, quiénes se iban juntos
, etc..
Los datos que un RFID permite recoger
sobre una persona son infinitamente
más ricos de los que usábamos
en el experimento, y la información
sobre la vida y los hábitos que
se pueden derivar de éstos son correspondientemente
más completos.

La información es poder, y con las
etiquetas electrónicas iremos llevando
junto a nosotros un gran número
de faros que irán transmitiendo información
a cualquiera con bastante
dinero y poder para crear una infraestructura
de escucha. Hay también
aplicaciones más inquietantes.
La primera es la inserción en los DNI
de etiquetas
con los datos biométricos
del titular. Una buena excusa para
estas invasiones la proporciona,
como siempre en estos tiempo, la seguridad.

El Estado estadounidense
de Virginia ha propuesto implantar
un RFID en los carné de conducir,
aduciendo el hecho que varios de los
terroristas del 11-S llevaban un carné
de Virginia falso. La American
Civil Liberties Union
hizo notar que,
además de ser una invasión de la privacidad
de los ciudadanos, la propuesta
no habría entorpecido a los
terroristas, ya que los carnés “falsos”
eran en realidad carnés oficiales conseguidos
con identificación extranjera
fraudulenta. Pero, como en otros
casos, poco puede la racionalidad sobre
el miedo.
No escapa a la tentación
identificadora el otro gran miedo
de nuestra época: la inmigración.

Scott Silverman, presidente de
VeriChip Co. ha propuesto simple y
llanamente implantar un chip RFID
en todos los inmigrantes temporeros
que lleguen a EE UU.
Nada menos.
La carrera al control global de las
personas se ha abierto oficialmente y
la defensa de la privacidad se enfrenta
a poderosos intereses económicos
y políticos. Y, por lo menos en este
momento, quizás los disparates como
él de Silverman sean el mal menor.
Se trata de amenazas tan abiertas
que, hasta que dure un Estado de
derecho aceptable, debería ser posible
defenderse de ellas.
Lo difícil es defenderse del control
indirecto, pero muy completo que suponen
las etiquetas RFID embebidas
en los objetos que compramos.

Como dijo la senadora del Estado de
California, Debra Brown: “¿Cómo se
sentiría usted si, por ejemplo, un día
se diera cuenta que su ropa interior
permite revelar su paradero?”

Nuestra ropa, los objetos que llevamos
con nosotros, pueden contar no
sólo nuestro paradero, sino toda
nuestra historia a quien sabe escuchar.
Y esto sin contar la completa
etiqueta electrónica que todos llevamos
con nosotros: nuestro móvil.
Pero, claro, el móvil por lo menos lo
podemos apagar. Por el momento.


DOS TIPOS DE ETIQUETA

Las etiquetas Radio
Frequency Identification

(RFID) son pequeños
dispositivo (de tamaño
variable entre uno y
cinco milímetros) que
contienen datos y permiten
la recepción de
estos datos desde cierta
distancia usando un
oportuno aparato
receptor. Hay dos tipos
fundamentales de etiquetas.

Las etiquetas
activas contienen un
transmisor alimentado
mediante una batería.
Tienen un alcance relativamente
ancho. Las
etiquetas pasivas funcionan
usando la energía
de las ondas electromagnéticas
enviadas por el aparato
fijo de recepción. Tienen
un alcance limitado,
y sólo funcionan en
distancias cortas (unos
10 metros). Pero no
tienen batería, son muy
baratas, y funcionan
prácticamente para
siempre. Además, algunas
etiquetas permiten
que el receptor transmita
datos, modificando
el contenido de la etiqueta
misma.

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comentarios

1

  • |
    anónima
    |
    22/09/2011 - 6:42pm
    <p class="spip">Bueno, también pueden servir para muchas otras cosas.</p> <p class="spip">No criminalicemos la tecnología, sino el uso que se haga de ella.</p> <p class="spip">Está bien para el control de residuos, por ejemplo.</p>
  • No escapa a la tentación identificadora el otro gran miedo de nuestra época: la inmigración. Foto: Olmo Calvo.
    No escapa a la tentación identificadora el otro gran miedo de nuestra época: la inmigración. Foto: Olmo Calvo.
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