Ocho de la tarde, 22 de mayo. Plaza de Pontejos, Madrid. Asamblea de políticas a largo
plazo. Tras un par de horas debatiendo se aprueba por consenso una huelga general y una huelga de consumo ¿y de cuidados? “¿Qué es eso de los cuidados?”
“Yo estoy harta de hacer diferencias entre hombres y mujeres, aquí somos personas”. “Huelga sí, ¿pero quién va a cuidar a los enfermos?”. Finalmente la pedagogía (a veces tan cansada) se impone y se aprueba la huelga de cuidados.
Dos de la tarde, sábado 21. Comisión de comunicación. “Sí, claro, y si te parece digo el campamento y la campamenta. Qué absurdo”. Jueves 19, medianoche. Varias mujeres se suben a un andamio cubierto por el “pelo mediterráneo” de Paz Vega. Empiezan a dejar caer una pancarta: “la revolución será feminista”. Los abucheos llenan la plaza y alguien arranca la palabra feminista. “¡La revolución no es cuestión de sexos!”, gritan. La revolución, entonces, ¿será? “Así nació la comisión feminista. Nos juntamos más de cien personas para ver qué podíamos hacer”, cuenta una de sus componentes. Tras la agresión sufrida por la retirada del cartel volvieron con más energías: prepararon un taller de feminismo para principiantes, otro de micromachismos y unos mensajes para colgar en el cuello: “Feminismo sí, gracias”. “Pues si tú eres feminista, yo soy machista”.
Afirmaciones de este tipo se oyen a menudo en la nueva psicogeografía de Sol. “Por eso creamos unos carteles para explicar qué es feminismo y qué no es”. Además participan en distintas comisiones. “Queremos que sea un eje transversal, que lo toque todo. Aquí también se dan relaciones de poder y jerarquía, si el feminismo no emerge se invisibiliza”, cuenta una participante.
Lo del campamento de Sol no es algo nuevo, la historia está llena de traiciones: “el feminismo siempre ha estado estigmatizado. Si alguien hubiera quitado un cartel contra el racismo no hubiera sido jaleado por la plaza”. Las agresiones verbales continúan, pero la comisión de feminismo también. Mientras, en múltiples grupos de trabajo se verbalizan los miedos de todas las personas que han interiorizado el poder del patriarcado como algo natural. Ante esto, muchas y muchos apelan al cambio global, pero también individual, porque la pedagogía debe empezar en una misma. Así que la revolución, si esto puede llegar a serlo, será feminista, o no será.
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