ANÁLISIS // NUEVO PANORAMA MEDIÁTICO
Del medio al mando

El creciente poder de los grupos de comunicación ha
empujado a estos conglomerados a asumir cada vez
más funciones, antes reservadas a las instituciones.

18/11/09 · 0:00
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AL SERVICIO DEL PODER. Debate ante las elecciones europeas de 2009.

Dicen que hubo un tiempo
en el que las cosas
del gobierno representativo
estaban mucho
más claras. Por aquel entonces, en
el Parlamento residía la soberanía;
los partidos (sin ilegalizaciones) se
encargaban de articular la voluntad
general y la ciudadanía votaba
gracias a que se había formado una
opinión a través de los medios. Éstos
daban cuenta, lo más objetivamente
que podían, de cuanto sucedía
en el debate parlamentario,
respetando la iniciativa del Gobierno
y la tarea crítica de la oposición.
Los nostálgicos de aquel tiempo
suelen recordar lo venerables que
eran las instituciones, la oratoria
de los diputados o las anécdotas
parlamentarias de Luis Carandell.

Dos canales de televisión públicos,
aunque subordinados al poder político,
la radio ‘nacional’ (nacional
española, claro) y una cantidad
asequible de publicaciones periódicas
serias configuraban un ágora
moderna en la que los opinadores
eran valorados por el rigor de
sus argumentos. El abanico del
pluralismo era tan razonable que
incluso algunos rojos como Vázquez
Montalbán o Haro Tecglen
podían escribir en los grandes rotativos
y ser tenidos en cuenta. El
adjetivo “amarillo” se dedicaba a
publicaciones como El Caso o
Interviú, descalificables y descalificadas
ante el público.

Ciertamente, los flujos de información
sólo discurrían de arriba a
abajo, jerárquica y escalonadamente,
hasta llegar a un pueblo que poco
más podía hacer, finalmente,
que limitarse a ejercer su derecho a
elegir gobierno una vez cada cuatro
años. Pero pocos podrían dudar
hoy de que aquel régimen estaba
razonablemente bien institucionalizado.
Era lo que era, pero la ciudadanía
podía confiar en cierta
congruencia institucional e incluso,
desde ahí, movilizarse por una
radicalización de la democracia.

La sociedad de la información

Llegaron entonces la reconversión
industrial, las privatizaciones
de los servicios, la masificación
universitaria y toda una serie de
procesos inscritos en el programa
neoliberal. Gracias a las nuevas
tecnologías, la producción se desterritorializó,
el trabajo se fue haciendo
inmaterial y la sociedad
que se decía postindustrial dio paso
a decirse sociedad de la información.
Los canales de televisión
dejaron de ser dos y sólo públicos
para privatizarse y multiplicarse
en número (que no en pluralismo).

Por si fuera poco, a este estallido
mediático, vino a sumarse
ese ingenio llamado internet; una
suerte de tierra de nadie de la información.
Y en este big bang comunicativo
comenzaron a formarse
agregados mediáticos cada vez
más grandes, jerarquizados y poderosos
a los que llamaron grupos
de comunicación.

Desde entonces, los gobiernos y
los partidos políticos que aprobaron
los marcos legales y elaboraron
las políticas que hicieron posible
este cambio de facto del régi-
men se han visto cada vez más deslegitimados
en su papel de emisores
del discurso público. El Parlamento
ha ido perdiendo su centralidad de
antaño hasta quedar relegado al papel
de un circo donde los argumentos
son abucheados o ensalzados con
independencia de toda validez argumental.

Esta subalternización ha llegado
hasta tal punto que incluso el
imaginario parlamentario ha abandonado
la sala de plenarios para irse
a los pasillos y salas adyacentes donde
tiene lugar “la actualidad” (vale
decir, la urgencia, la novedad, el escándalo
y demás herramientas de la
inmediatez y la descontextualización
argumental). Y esto cuando no se
quedan en los aledaños del Parlamento
a manos de reporteros de programas
satíricos, comentarios frívolos
sobre las apariencias, gustos o
modas de sus señorías y otros aspectos
no menos morbosos de la sociedad
del espectáculo.

El poder está en otro lado

El modo de mando del capitalismo
cognitivo ha llegado así a su plena
madurez. El epicentro de la política
se ha desplazado de las instituciones
de la soberanía popular a grupos
de interés ajenos a los controles
institucionales. El escándalo político
sirve para instanciar las decisiones
sin control de intereses particulares.

Gürtel, Millet o Pretoria se suman
ahora, cual versiones 2.0 de Filesa,
Banca Catalana, Gescartera y el resto
de una larga serie de escándalos.
Y es que el escándalo, mucho más
que una ilegalidad, es una sorpresa
o una indignación pública. Se trata
de la pieza sobre la que pivota el
mando, la manera en que se deconstituye,
a golpes, el régimen político,
la forma en que progresa la desdemocratización.

Los grupos de comunicación y no
las asambleas o congresos de los
partidos eligen ahora a los candidatos.
Ellos los construyen y los destruyen;
los defienden o los atacan –a
ellos y a sus contrincantes– dejando
a las militancias la tarea plebiscitaria
de refrendar caídas y auges vertiginosos
(qué mejor ejemplo que el último
gran congreso del PP). Los políticos
electos, cada vez más libres
del control institucional, buscan las
cámaras con desesperación (el control
mediático), pero esquivan a toda
costa ser víctimas del escándalo. Sus
intervenciones en los mítines han pasado
a incorporar el argumentus interruptus
a fin de satisfacer el único
minuto que realmente cuenta: aquel
que comienza cuando se enciende la
luz roja y se conecta con los informativos.
Y el pueblo, entre tanto, disuelto,
desafecto, desinformado, zapeando
y absteniéndose cada vez
más. Una metamorfosis que todavía
no sabemos si acabará transformándole
en una plebe postmoderna con
sus tribunos a lo Belén Esteban o en
una multitud rebelde.

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