“Yo no soy sólo bailaora, soy empresaria”

Hablamos con Rocío Molina, que ha estrenado ‘Afectos’ junto a la cantaora Rosario Guerrero “La Tremendita”.

11/12/12 · 11:54
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Dos mujeres en el escenario, frente a frente, se susurran. “Yo me he comprado un cariño en la feria del amor. ¡Qué bonito era el juguete y qué caro me costó!”. Se miran, se tocan, se sonríen. El público se hace cómplice en Afectos, el último espectáculo de la bailaora y coreógrafa Rocío Molina y de la cantaora Rosario Guerrero “La Tremendita”, una propuesta flamenca desnuda y sin artificios. Con la banda sonora de un contrabajo y la dramaturgia y escenografía de Carlos Marquerie, la puesta en escena de Afectos es arriesgada para lo flamenco y de una teatralidad poco habitual en los círculos más puristas. Con todos estos ingredientes, no es de extrañar que se haya estrenado el pasado 21 de octubre en el Mercat de les Flors de Barcelona, uno de los teatros referente de la danza contemporánea.

“Es curioso porque es un espectáculo en el que, al menos desde el escenario, parece que no hacemos mucho”, explica Rocío Molina. Y tiene razón, la propuesta es sencilla, el escenario está prácticamente desnudo y, sobre él, tres músicos: la voz y la guitarra de La Tremendita, el contrabajo de Pablo Martín y la percusión de los pies de Molina. “Me he dado cuenta de que llegar a esa simpleza de ponerme con La Tremendita frente a frente, donde no hay compás, donde no vienes de una fiesta, y que el público lo reciba como algo natural, es muy difícil”. Pero la naturalidad del montaje es apabullante.

Más allá del flamenco

El talento de Rocío Molina para la danza y su capacidad de trabajo han hecho que con 28 años ya tenga más de una decena de espectáculos a sus espaldas y haya trabajado con artistas como Carmen Linares, Mario Maya, Miguel Poveda, Israel Galván, Manuela Carrasco, Belén Maya o Mayte Martín. Quizás también su juventud es la “culpable” de su atrevimiento y de que el veterano director e iluminador Carlos Marquerie se haya fijado en ella. En este caso, Marquerie mueve los hilos de la dramaturgia y ayuda a crear con la iluminación texturas y imágenes sensuales. Las composiciones sobre el escenario son dramáticamente bellas. El vestuario, sin telas tiesas ceñidas, es flamenco y ayuda a que todo sea más teatral. Rocío Molina juega un papel que trasciende danza y flamenco.

Su capacidad para interpretar hizo que en 2010 y después de Oro viejo y Cuando las piedras vuelen (también bajo la dirección de Marquerie), recibiera el Premio Nacional de Danza. “Me pongo la exigencia muy alta, tanto si es en Madrid o en Sevilla como en cualquier rincón del mundo”, asegura Molina. Técnicamente es impecable. Es rápida y precisa, muy plástica, y ha desarrollado una manera propia de moverse. Reconoce a Mario Maya como su gran referente, y también documentarse viendo a otros artistas a través de internet. Se queda hipnotizada con el nervio de Carmen Amaya, la bailaora gitana que triplicó la velocidad de los zapateados, y se imagina el flamenco de antes viendo a Fernanda Romero; se fija en las líneas y las coreografías de Pilar López.

Admira, archiva y reinterpreta “como si transcribiera una obra de piano a guitarra”, su gran pasión. Desde que trabaja con Marquerie, Rocío Molina ha descubierto la estimulación visual. “Hay veces que él me enseña dibujos que ni siquiera sé lo que son, pero me ayuda. Yo hago lo que necesito como artista, pero, igual que en mi vida personal, no me pongo ninguna barrera, ningún límite. Cuanto más haces, más avanzas, más miedo sientes. Pero tienes que luchar, tienes que entrar en conflicto; es un proceso, tienes que salir de él y, bueno, es una lucha continua”.

Cuando ella habla, es difícil percibir ese sufrimiento. Pero arriesga sin titubear: “Siempre lo he tenido claro. Me he podido equivocar más o menos, no lo sé, pero siempre he hecho lo que me ha pedido mi cuerpo y mi arte en ese momento”. Y con esa libertad creadora ella consigue eso que dicen los flamencos que a veces se consigue con un gesto. En su último espectáculo, por ejemplo, deja conmocionado al espectador en su butaca cuando muestra el sufrimiento de una mujer llamada Petenera. Su cuerpo inmóvil y de espaldas al espectador, las manos tensas contra la cara, y de fondo un contrabajo. La imagen del tormento. En Afectos, se retuerce como un insecto, y ese movimiento generado por las sensaciones casi recuerda a la danza butoh.

En un lenguaje como el flamenco, la bailaora y coreógrafa parece no ser consciente de lo insólito de su valentía. El flamenco es conservador y a la vez rebelde, y un “mundo de hombres” donde las mujeres juegan un papel importante y las grandes figuras se respetan. No hay ni un ápice de soberbia en ella. Asume que es joven y está a gusto con lo que hace. “Es verdad que desde fuera puede costar que esto avance, pero sería un error dejar que caducara un arte, encima uno que es tan joven. [...] Entiendo la preocupación de estas grandes figuras, estos grandes pilares del flamenco por la juventud, pero hay que intentar apreciar el talento diferente que tiene la gente que va saliendo. Yo no he vivido una posguerra, yo no he vivido ‘tener hambre’. Sin embargo vivo otras cosas, me inquietan otras cosas, vivo el estrés... Y luchamos de otra manera. Yo no soy sólo bailaora, soy empresaria”.

El precio de las “chalauras”
 

A pesar de su juventud y de lo bien tratada que se siente, es consciente de lo difícil que es sobrevivir en el mundo artístico en España: “Yo creo que este país no trata bien a los artistas. Parece que hacemos algo de tercer nivel. Hay compañeros que están venga y venga, inventando y echando tiempo, invirtiendo lo que no tienen y trabajando; y es desagradecido. No se invierte en cultura, no hay espacios, tienes que alquilar el estudio... Yo he tardado un año y unos pocos meses en hacer un espectáculo y llevo dos meses encerrada diez horas todos los días. ¿Quién me paga eso?”. La bailaora reconoce que, en su último espectáculo, Rosario Guerrero “La Tremendita” y ella no hacen “nada del otro mundo, pero realmente nos ha costado más que cualquier chalaura, que cualquier gamberrada”.

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Molina en un instante de su montaje 'OroViejo'. / Agathe Poupeney
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