“Yo me he tenido que reinventar para seguir disfrutando con el baile”

Nos colamos en la clase de Israel Galván, un bailaor de otro tiempo, y hablamos con él sobre su proceso creativo.

05/07/13 · 9:00
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“Tenéis que hacer una planta y a la vez ahuecar el pecho, para que suene ‘coun’, para que suene como a hueco”. Vestido con botines de piel negros, pantalón marrón ajustado y camiseta negra, Israel Galván descifra sus genuinos movimientos para los alumnos que hoy estamos en la lección magistral que imparte en el Mercat de les Flors de Barcelona. En los próximos días pasará por Valencia y Madrid; por eso, se ha plantado en la sala arrastrando dos maletas.

Al terminar la clase magistral de cuatro horas nos iremos directos a la estación de Sants, se beberá una botella de agua mientras hacemos la entrevista y tomará el tren hacia su próxima master class. Cuando le pregunto que si es de los que trabaja todo el tiempo contesta: “Necesito tener contacto con mi cuerpo diariamente para saber cómo va cambiando”.

Esta mañana ha estado ensa­yando en Barce­lona, antes de convertirse en maestro, algo que no le queda lejos porque sus padres, bailaores, montaron una academia de baile en Sevilla y es allí donde él aprendió el oficio de enseñar.

Galván baila desde que tiene uso de razón y ha ganado con ventaja los mejores concursos de flamenco de España, pero su trayectoria es un conjunto de claroscuros. “He bailao desde chico y he tenido diferentes fases. Yo me he tenido que reinventar para seguir disfrutando con el baile”. Este giro hizo que inventase el baile flamenco que hoy nos enseña: golpes de cadera, manos como peinetas, brazos precisos y rotundos, golpes de muñeca secos, dedos tiesos, silencios que suenan, etc.

Galván se mezcla entre ­noso­tros, un conjunto de alumnos heterogéneo, y va marcando los ejercicios; sin un atisbo de autoridad consigue crear un solo grupo. Desde la parte de atrás de la sala, la imagen es muy potente porque todos los cuerpos coordinados se mueven al estilo del bailaor y eso es algo que no se puede ver en ninguno de sus espectáculos, en los que no hay coreografías grupales.

Israel Galván ha logrado eso que se ha convertido en la seña de identidad de unos pocos gurús flamencos: gustar a un público no necesariamente flamenco. Como Camarón, Morente o Paco de Lucía, sus espectáculos se nutren de un público dispar; en el patio de butacas, cada uno percibe lo que su bagaje cultural, flamenco o no flamenco, le permite.

“En el estudio preparas lo que quieres y puedes prever que el público pueda no entenderlo todo, pero lo importante es que sepas que ahí va a haber un diálogo”. Dice que los espectadores son los responsables de la adrenalina. “Por ejemplo, yo me grabo en vídeo y me veo un poquito lento y soso, noto que me falta la chispa, y esa chispa te la da el público que pone tu cuerpo de otra forma”.

Galván es tímido en el tú a tú, habla despacio y deja la mirada perdida cuando contesta, pero elabora sus respuestas a conciencia y su discurso es humilde y profundo. Dice la directora de teatro Pepa Gamboa que él descubre cosas que a otros nos han enseñado. Es muy emocionante la historia de cómo el artista sevillano descubrió en la librería de Vips La metamorfosis “de un tal Kafka” y cómo ese mismo día devoró sus páginas y se vio como un Gregorio Samsa más, como un bicho raro incomprendido por sus padres, ella gitana y él payo. Después, fue capaz de calzarse sus botines y ponerse en la piel de ese escarabajo.

Su espectáculo La metamorfosis se estrenó en el año 2000. Sin embargo, Galván llevaba ya dos años sufriendo esa metamorfosis que se plasmó en Los zapatos rojos, el primer espectáculo de su propia compañía. Desde este primer montaje, que avergonzó a sus propios padres, su cuerpo comenzó a destilar no sólo flamenco, sino todo lo que le rodea y le interesa: los libros que lee, los cuadros que ve y las películas que engulle.

A la pregunta de si se considera un artista plástico, responde: “Me considero un bailaor, simplemente. Luego, aparte, me enriquezco con otras cosas”. Y habla de la esencia del cine de Kubrick y de la pintura de Rubens. “A mí me hacen bailar muchas cosas; lo que te imagines, lo que recuerdes... Creo que es bonito siempre estar abierto, no forzar nada y, cuando menos te lo esperas, sale algo. No quiero estar pensando en que tengo que bailar bien, mal o regular. En definitiva, yo creo que se trata de ser feliz bailando”.

La ruptura con su pasado viene marcada por el camino de la investigación, decidió que prefería dar rienda suelta a su propio cuerpo y jugar a desmontar el flamenco, un lenguaje por el que se mueve en todas direcciones. En esa senda entra además su curiosidad y admiración por danzas tan expresivas como el butoh o el kathak. Galván sobre las tablas se convierte en un personaje que dialoga con el espacio y que es expresivo hasta la parodia. El sentido del humor es otro de sus rasgos.

Hoy el bailaor es plato fuerte en la Bienal de Flamenco de Sevilla y aparece en los carteles de festivales de danza contemporánea de cualquier par­te del mundo. Pero él no mezcla la danza contemporánea con el flamenco y ni a él –ni a mí– nos gusta que se le cuelgue esa etiqueta de “flamenco contemporáneo”. Su estilo es genuino y hay en él una mezcla de libertad, conocimiento y humildad. Es la genialidad de Galván, sus formas son nuevas y su esencia es flamenca y vieja.

En su intimidad flamenca dice tener una relación muy natural con los suyos, que reconocen que su estilo es “otro”, y, consciente de su fama de ‘raro’ entre los más ortodoxos, se sonríe diciendo: “cuando me ven bailar creo que se sorprenden de que no sea tan ‘raro’ y creo que dicen ‘bueno, pues este muchacho no baila tan mal’”.

Si quieren saber de quién se ha nutrido esta cabeza que no para de bailar ni cuando está quieto y al que sus hijos, cuando está en casa y tiene la mirada perdida, le dicen “papi, no bailes”, busquen en el pasado a Vicente Escudero o a Carmen Amaya, a su maestro Mario Maya, escuchen a Enri­que Morente, Miguel Poveda y Arcángel. Para entenderle mejor fíjense en el trabajo artístico de sus espectáculos, casi siempre a cargo de Pedro G. Romero, y no se pierdan La curva ni Lo real, actualmente en gira.

Si pueden, vayan a ver a este hombre que en su tiempo libre prefiere tomarse “unas cervecitas con los amigos” y, en general, hacer “cosas sencillas”, porque para él “las cosas sencillas son muy difíciles”, y entiendan por qué en el Festival de Cante de las Minas uno de los espectadores rompió el silencio para gritarle: “Paras el tiempo, Galván”, porque lo para.

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