CICLISMO: CRÓNICA DE LA 'CLASSICISSIMA' MILÁN-SAN REMO
Y Filippo Pozzato alzó los brazos

Desde la victoria del francés Petit Breton en 1907 a la victoria el pasado 18 de marzo del joven italiano Pozzato, 97 corredores han conseguido levantar la copa de la llamada ‘classicissima’ del ciclismo. Un ritual de casi 300 kilómetros que parte de l’Universitá Católica del Sacro Cuore
de Milán y finaliza en la ‘via’ Roma de San Remo. Una carrera distinta, increíblemente rápida, en la que se pasa del frío milanés a la calidez de la costa azul.

27/04/06 · 13:18
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Texto de Dani Sánchez
 
SORPRESA EN LA RECTA FINAL. Pozzato alza los brazos en la meta de San
Remo ante la alegría de Boonen y la frustración de Petacchi.

Imaginemos por un momento
que el ciclismo
no es ese deporte que
se retransmite durante
los meses de calor justo después
de los informativos. Sí,
ese deporte en que un plano
televisivo se mantiene fijo
sobre dos pies que dan vueltas
sobre un eje al compás
de una adormecedora voz
del comentarista de turno.
Pues eso. Imaginemos.

Pensemos en una carrera
que sale desde el centro de
Milán. En concreto de la vía
de Amicis. Una carrera que
cualquier ciclista italiano
quiere ganar. Muchos de
ellos anteponiéndola incluso
al gigante Tour de Francia.
Todos se quejan del frío, del
madrugón, pero saben que
en la classicissima las cosas
son así, y lo mejor es ponerse
a pedalear cuanto antes.

La Milán-San Remo suele
decidirse al sprint. Esto es,
que tras más de seis horas
pedaleando, en tu equipo
tiene que haber un tío al que
no le importe apretar los
dientes, poner su bici demasiado
rápido para ser una bici,
darse de codazos para
conseguir el sitio bueno e
intentar entrar el primero
en meta. Los equipos que
no tienen esos velocistas
tienen que conformarse con
intentar romper la carrera
en algún momento, evitar
esa llegada masiva en la
que ganan los de siempre.

En los últimos años el lugar
buscado para evitar la
llegada en grupo se encuentra
a la entrada de San Remo.
En lugar de continuar
junto a los acantilados y llegar
a la via Roma, como
finalizaba la carrera originalmente,
en los años ‘60 su
organizador, Vicenzo Torriani,
decidió que la carrera se
separara del mar y ascendiera
el puerto del Poggio.
Un puertecito, de escasos
cinco kilómetros, desde
donde se puede ver toda la
ciudad y el mar Mediterráneo.
De la cumbre de
162 metros se desciende de
forma vertiginosa durante
otros seis kilómetros hasta
la llegada junto al mar, a
ocho metros de altura.

Milán.
Pozzato tiene un plan

Desde el primer momento
los nuevos se dan cuenta de
que se va demasiado rápido,
de que quizás todos quieren
huir del frío milanés y llegar
cuanto antes a la costa mediterránea.
Los que están a
punto de abandonar el ciclismo
saben que quizás sea su
última oportunidad. Los favoritos
tensan su cara ante
los fotógrafos, la destensan
ante sus rivales, sonríen, refunfuñan,
quieren llegar ya,
jugárselo todo al sprint a 70
kilómetros por hora. Los
‘lanzadores’ de los sprinters
saben que están allí para
otros, que a ellos nunca les
hubieran invitado a esta
fiesta si no fuera con ellos el
amigo carismático.

Pozzato era uno de esos
lanzadores. Un invitado a la
fiesta porque tenía un amigo
muy querido. Quizás el
mejor sprinter de los últimos
años, el corpulento Tom
Boonen. Llegado el momento,
el joven italiano sabía
que tenía que poner un ritmo
fuerte en el pelotón.
Había que evitar los ataques
en el ascenso al Poggio
de San Remo, donde
los listos siempre intentan
jugársela a los más fuertes.
Tenía que entrar muy rápido
en San Remo, llevar a su
jefe Boonen pegado a la
rueda, y cuando viera la línea
de meta, los flashes, el
bullicio, cuando casi pudiera
ver el podio, en ese momento
se tenía que apartar
para que su amigo carismático
se jugara la victoria en
los metros finales.

La otra panda de amigos
que querían la copa eran los
liderados por Alessandro
Petacchi. Su equipo está fabricado
para él. Es un tren
que funciona a la perfección,
cada uno sabe lo que
tiene que hacer, en qué momento
poner en fila el pelotón,
cuándo dejar paso a los
rivales, cuándo cortárselo a
codazo limpio. El año pasado
todo salió perfecto y el
gran Alessandro consiguió
la victoria que tanto había
buscado durante su carrera.
Pero quería más.

Y con este plan comenzaba
la carrera. Los chicos
de Boonen contra los de
Petacchi. Pocos más podían
ganar. Lo intentaría como
siempre Óscar Freire.
El cántabro es de esos que
van solos a las fiestas. Pero
nadie sabe cómo, consiguen
controlar la situación,
poner la música que quieren,
contar sus chistes y
anécdotas y oscurecer a los
guapos con sonrisa fácil.
Así consiguió vencer hace
dos años, y así lo iba a volver
a intentar. Sin hacer
ruido, sin dar codazos, sin
tener siete matones trabajando
para él.

Y así, se llegó a San Remo.
Todos a la espera del
sprint final, de la lucha entre
los mejores velocistas.
Algunos chalados intentarían
romper el grupo en el
Poggio y hombres de Boonen
y Petacchi lo evitarían.
El joven Pozzato era el encargado
de controlar las fugas
en los kilómetros finales,
de que no se rompiera
el grupo, de que funcionara
el plan. Y a eso se dedicó, a
controlar a Astarloa, a frenar
los ataques finales, a
acelerar el pelotón...

‘Via’ Roma.
Pozzato desobedece

Nadie sabe qué pasó por la
cabeza del Pippo Pozzato.
Pero cuando había logrado
reunificar al grupo, cuando
quedaba un kilómetro para
la meta y su jefe Boonen le
ordenaba llevarle hasta la
victoria final, en ese instante,
decidió que era su gran
día. A 350 metros de la meta
decidió atacar, había trabajado
todo el día para
otros, venía de invitado a la
fiesta, pero estaba ya cansado
de eso.

Y así ganó Filippo. Desobedeciendo
las órdenes de
equipo. Alzando los brazos
y sorprendiendo a los dos
favoritos, ante la dudosa
alegría de su jefe Boonen,
que un par de metros atrás
levantaba los brazos al ver
ganar al rebelde. Ante la
desesperación de Petacchi,
que entraba justo detrás
del ganador.

En la meta todo el mundo
celebraba la sorpresa.
Casi todo el pelotón se daba
cuenta de que aquella
victoria de Pozzato era la
victoria de muchos de
ellos. De los que no se atrevían
a desobedecer las órdenes.
De los que nunca
salen en la foto alzando los
brazos. Y él feliz. Rodeado
de su familia y con sus tiffossi
dando voces -¡Pippo
es uno de los nuestros!-.

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