PARA ESTAS VACACIONES
Un verano para todos los públicos

Para estas vacaciones, les proponemos una dieta compuesta por dos películas, tres discos y unos cuantos libros. El objetivo, que ustedes lo pasen bien sin que tengan que dejarse un ojo de la cara.

- Manifiesto para una Literatura de Piscina

15/07/11 · 7:40
Edición impresa

Vuelve, un año más, la época en
que nos proponemos coger ese
libro de Paul Auster que alguien
pensó que nos iba a encantar
o para escuchar un disco
de pe a pa, sin interrupciones
ni cortes publicitarios. Si no
saben qué echar en la mochila,
si no tienen más remedio que
leer o ver películas en su ordenador
porque no andan bien de
pasta, o si, simplemente, quieren
saber qué meterán en su
maleta algunas de las personas
que colaboran en esta sección,
les ofrecemos unas pocas recomendaciones.
Para que luego
digan que este periódico no se
preocupa por que ustedes sean
mejores personas, o al menos
un poco más sabias.

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Olmo Calvo

Sin pijama (Bob Pop)

Les amours imaginaires, de
Xabier Dolan es una película
sobre un trío amoroso donde todos
hablan en francés –en inglés,
a veces– y, sin embargo, nada
tiene que ver con los escalenos
galos que hemos visto tantas veces.
Para empezar, porque
Dolan es canadiense, hace cine
en el siglo XXI y su mirada marica
es capaz de generar una estupenda
película a tres donde lo
romántico y lo cínico se mezclan
tanto que pareciera que en Les
amours imaginaires
todos follan
con una sonrisa de medio lado
que deja ver un colmillo retorcido
que araña cuando se besan.

La imaginación amorosa de
Dolan es tan triste como cruel,
tan divertida como precisa en su
disección de sentimientos y los
teléfonos son fijos y hasta blancos,
como en los vodeviles o en
alguna de las comedias de Rock
Hudson y Doris Day; porque eso
es, exactamente, la película: una
revisión sin pijama, en pelota picada
sobre una cama deshecha
a tres, de los divertimentos
Hudson Day (que es una fecha
que no está en los calendarios,
por desgracia).

Les amours imaginaires,
ahora que lo pienso
porque lo escribo, es una comedia
donde los pijamas ocupan
los armarios, el espacio que dejó
vacío Rock Hudson al convertirse
en Xabier Dolan que se confunde
con James Dean y donde
su mejor amiga heterosexual,
adicta al vintage, y el efebo que
los enloquece a ambos, pierden
el tiempo hablando de Audrey
Hepburn cuando lo que tendrían
que hacer es pensar en Doris.
O follar, qué coño.

Las letras serenas de
‘Vivir para contarlo’,
de Maderita, nos
sitúan en un mundo
de luz mediterránea

Por qué viajar (J. Soberón)

A todos los que se ven imposibilitados
a viajar este verano
quizás por las cadenas del trabajo,
o quizás precisamente por la falta de cadenas del trabajo, a
los mártires del inmovilismo autoritario,
a las víctimas del terror
de los precios hoteleros, de las
tarifas del aeroplano, yo sólo
puedo recomendarles Week
End
, de Jean-Luc Godard.

En esta metáfora brillante del
modelo de esparcimiento moderno,
el cineasta suizo nos consuela
mostrándonos con sangre
fría y pulso firme el vacío que se
esconde detrás de todos esos
viajes burgueses realizados
siempre con la expectativa de
rentabilizar la inversión.

Fraccionaria y cruel, en Week
End
, Godard se lamenta explícitamente,
con la lucidez de Octubre,
por la degeneración del concepto
de aventura, por la falta de
asombro, por el fetichismo paródico
de la mercancía que podemos
comprobar empíricamente
en cualquier fila de puerta de
embarque. Al final del film, eso
si, la alegría de la venganza, la
gloriosa catarsis dialéctica.

No es necesario viajar, porque
el infierno y el paraíso están dentro
de nosotros, y vayamos donde
vayamos encontraremos la
misma desesperación y el mismo
consuelo que veremos en
nuestra plaza más cercana, en
nuestro bar de confianza. No
busquemos el olvido en carreteras
impronunciables. Concentrémonos,
en cambio, en perfeccionar
la correcta línea revolucionaria:
leamos un libro bajo la
sombra de un árbol, escuchemos
música en el salón de casa,
saludemos a nuestra vecina,
ahorremos: repasemos Week
End
, de Jean-Luc Godard.

Madera de pop (Toni García)

No es una novedad, pero
ahora mismo no se me ocurre
un disco más adecuado para
afrontar el tórrido verano. Si
hay algo así como la música
mediterránea, Maderita es de
lo mejor que nos ha dado últimamente.
Pero tampoco es
nuevo. El grupo surge de la
confluencia del joven grupo indie
Ciudadano con el maestro
Bustamante (el auténtico, no el
cántabro gritón que le quiso
usurpar el nombre), un cantautor
pop que lleva 35 años haciendo
las delicias de grandes
minorías convencidas de que
“la mejor música es la que sale
de instrumentos hechos de bosque”
(de maderita). Este es un
disco maravilloso para escuchar
camino a la playa o la montaña. Y atentos por si en alguna
os los encontráis tocando.

Encontramos canciones compuestas
por los distintos miembros
del grupo, pero también
dos versiones: una adorable No
te equivoques
a partir del It ain’t
me
, Babe de Bob Dylan y el
Cims i abismes de Pep Laguarda
(un gran descubrimiento). Se
atreven también con la adaptación
de un poema de Carlos
Marzal en la deliciosa Atención
encandilada
.

Melodías pop a cuatro voces,
letras serenas que nos sitúan en
un mundo de luz mediterránea,
de fuentes de agua fresca, en
momentos de amistad, de “tratar
bien a la gente”, de poesía y
filosofía de estar por casa (es decir,
de las buenas), de recuerdos
y sueños compartidos, de viajes
de búsqueda, de “amores impracticables”...

‘Río negro’ es para
escucharlo a solas con
el sonido del mar
de fondo, mientras
la tarde acaba

Higiene punk (E. Hernández)

Una de las cosas más frustrantes
para quienes nos
gusta el rock and roll es la deriva
que ha tomado, proscribiendo
prácticamente el retrato de la
realidad cotidiana de sus letras y
fijando una distancia de desprecio
respecto de los temas sociales.
A lo mejor cambian ahora
las cosas, pero no vi ninguna
guitarra eléctrica en el 15M... Y
mientras llegan las novedades,
no parece que quede más remedio
que recurrir a los viejos modelos.

Que es lo que hace
Hygiene, una banda londinense
que graba para el sello de Paco
Mus, que se asienta en el
punk/post punk de finales de los
70/primeros 80, y que ha fabricado
un robusto e intenso long
play en el que se citan la energía
del ‘77, la combatividad de los
Gang of Four y el descaro de
Mark E. Smith. Cuentan con una
producción que les va al pelo
(mejor que las de sus interesantes
singles previos, cuyo sonido,
más orientado hacia el post
punk, les hacía perder contundencia),
con algunos temas rotundos,
como ese Polytechnic St.
con el que abren el disco, y son
además capaces de abordar en
sus letras temas tan inusuales
como el del trabajo (aun cuando
su crítica sea más bien hacia el
viejo fordismo que hacia el postfordismo
presente).

En definitiva,
uno de los mejores álbumes
punk de los últimos años. Y tampoco
es que eso sea, a estas alturas,
un gran descubrimiento, pero
me encantan sus canciones
indómitas, su mala leche, surgida
de la convivencia continua
con la alienación, y su estética
de clase media baja. Hasta que
llegue la banda sonora de nuestro
tiempo, los Hygiene son una
buena opción.

Negro y claro (A. Gómez)

Río Negro, el último trabajo
de Juan Perro es uno de esos
discos redondos, en el que no es
que no sobre ninguna canción,
sino que no sobra ninguna nota ni ninguna letra. El disco lo forman
doce temas desnudos, sin
efectos especiales, sin guitarreo
fiero, una música pegada al patrón
de los orígenes del blues y
el jazz.

Santiago Auserón es, además,
uno de los mejores letristas de
este país y en este disco vuelve a
demostrarlo. Sus canciones, que
parecen casi siempre simples –y
esto hay que considerarlo una
virtud añadida– esconden imágenes,
giros, metáforas y personalizaciones
maravillosas. En
este último disco, El mirlo del
pruno o Pájaro de Siracusa
son
dos ejemplos magníficos.
Aunque si tuviera que quedarme
con una sola canción, probablemente
elegiría Pies en el barro,
una canción de sonido
Nueva Orleans y con una letra
que invita a recordar lo rápido
que se pueden ir por el sumidero
las posesiones humanas.

La música, como decía, está
muy alejada de la radiofórmula
imperante. Mira al pasado sin
sonrojarse, y no cae en la tentación
de realizar grandes distorsiones
ni amplificaciones para
resultar más agresiva. Al contrario,
el sonido es claro, las guitarras
sutiles y minimalistas y el
ritmo y la voz maravillosos. Se
trata, en definitiva, de un buen
disco para a escuchar a solas,
cuando uno está relajado, con
un copa en la mano y el sonido
del mar de fondo, mientras la
tarde acaba.

‘La playa’ ofrece lo que
la lectura con los niños
debería ser siempre y
aún más en verano: un
placer compartido

Verano salvaje (A. Bernal)

Mis veranos tienen el olor
de Los detectives salvajes.
Me explico. En realidad no
creo que ésta sea una novela
estacional, por decirlo de algún
modo, escrita para ser leída en
un momento concreto del año
o de la vida. Aun así, en mi imaginario
literario este libro apesta
a verano.

Lo leí durante uno especialmente
caluroso, asfixiante, de
esos en los que el tiempo se
desliza lento, lánguido, espeso
durante el día, y las noches, en
cambio, se esfuman sin más.
Ese verano, época por excelencia
de hacer las maletas,
antes de emprender yo mismo
un viaje devoraba Los detectives
salvajes
–o más bien ellos,
Arturo Belano y Ulises Lima,
los detectives salvajes, me devoraban
a mí–, donde los héroes,
o casi, Belano y Lima, emprenden
un viaje al revés, inacabable,
el antiviaje por excelencia.

Huyendo siempre del
regreso a casa, hacia atrás y
hacia ninguna parte, sin querer
volver a Ítaca, parias desandando
la utopía para encontrar
sólo escombros y derrota
en el camino. Sabemos de sus
hazañas por las huellas que
dejan a su paso, interpretadas
por decenas de personajes que
en manos de cualquiera que
no fuera Bolaño justificarían
decenas de novelas. Pero
Bolaño no es cualquiera y si
nos ponemos serios ni siquiera
pienso que esta novela es
una novela.

No es bonita, ni
agradable, ni iluminadora,
excepto si consideramos iluminador
un rayo cayéndote
encima, pero curiosamente
uno la acaba y encuentra algo
más que escombros y derrota:
el olor a un verano que
igual ya no es, pero cuyo recuerdo
y cuya sola posibilidad
justifica el viaje.

Con los peques (E. Escriña)

La playa es un libro de gran
formato, para colmo de cartoné, no precisamente
un libro de bolsillo para
llevar en el equipaje de mano,
pero es un libro ideal para leer y
compartir en verano. Es un libro
sin palabras. Puede parecer difícil
leer un libro sin palabras pero
no lo es, tan sólo hay que ponerse
con los más pequeños de igual
a igual y disfrutar de descubrir
juntos las narraciones que encierra.

El libro plantea diferentes
situaciones de un pueblo de
veraneo, desde la playa, el
centro de la ciudad, el parque
de atracciones, etc. todos estos
lugares plagados de gente
dan lugar a historias gráficas
que van evolucionando a lo
largo de las páginas: un bañista
encuentra una botella con
un mensaje, una pareja se conoce,
un paparazzi persigue a
una famosa...

Este álbum está en la línea
de los clásicos de Rotraut
Susanne Berner pero presenta
una novedad, porque junto a
las situaciones realistas hay
otras claramente surrealistas:
qué hace una jirafa en medio
de la playa, qué es ese ser que
devora cosas en todas las páginas,
y esos músicos que tocan
instrumentos diferentes...

Las ideas son muy buenas
pero no serían nada si no estuvieran
ilustradas de manera
genial con un estilo que contribuye
a dar sentido del humor y
riqueza de matices a todas las
historias que presenta.

Llevarse La Playa de vacaciones
es una inversión en espacio
y en peso pero es un libro
tan interesante y con tantas
posibles lecturas que sin
duda les saldrá rentable. Sobre
todo porque ofrece lo que la
lectura con los niños debería
ser siempre y aún más en verano:
un placer compartido.

«Si me mandan un centimito cada uno» (S. N.)

Con este llamamiento-mantra invocaron Lola Flores y Agustín
García Calvo, dos de mis iconos político-culturales, a «la ciudadanía»
mientras las tenazas de Hacienda los asfixiaban. Sin
saberlo, y en un juego de polos que se tocan, ambos pedían
«una pesetita por cada español», coincidiendo en estrategia
para intentar salir de su crisis tesorera. Yo pido algo más
(zona euro mediante) y por un fin mucho más noble: poder
irme de librerías a jartarme de gastar su pasta en todo aquello
que babeo por leer.

Lo que yo me compraría si fuese usted
y tuviera todos esos centimitos apilados en mi riñonera playera:
Bonsai, de Alejandro Zambra. Turismo interior de Marcos
Ordóñez (un libro «precioso», que no «perefecto», me chiva
@hijotonto, mi tuiter-camello). Lo último de Oliverio Coelho,
Fabián Casas y Aurora Venturini. Y si no leyeron a Pérez Andújar,
Casavella o La luz es más antigua que el amor de Menéndez
Salmón (que es «casi» perfecto, dice mi dealer), háganlo.

Que tampoco falte Orejudo en su maleta. Ni La nueva taxidermia,
de Mercedes Cebrián. Y cuando esté ahíta, sométase a
una buena Purga con Sofi Oksanen. Les sentará níquel.

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