MITOS Y RITOS DEL PERÍODO ESTIVAL
Verano: estación de excepción

Llegan las vacaciones: las carreteras se llenan de atascos en dirección a la playa, en las fiestas de pueblo atrona la canción del verano y miles de personas ponen sus cuerpos a punto, dispuestas a encontrar su ligue estival. ¿Tópico o realidad? Más allá de suplementos veraniegos, tan queridos por la prensa en esta época, decidimos cambiar la perspectiva y analizar esta construcción social del verano, sus estereotipos y lugares comunes.

Texto de C. de la Red.

15/10/06 · 16:59
Edición impresa


He visto a los mejores
cerebros de mi
generación” en
verano bailando
pasodobles en las fiestas del
pueblo, bebiendo cubatas en
tubos de plástico, mirando de
reojo la televisión, ofuscándose
ante el cuaderno de espiral
de los mapas de carretera,
multiplicándose los ojos
en la cara cubista del amanecer
de las raves. ¿Y qué?

Las expectativas de cambio
social han palidecido tanto
que buena parte de los comportamientos
actuales han integrado
claves ‘vulgares’ sin
darle mayor importancia: ya
no nos mostramos ni nos perseguimos
como pur@s. Podemos
obviar, por complejas,
las causas, pero los síntomas
aparecen en nuestras pesadillas:
Durruti y Nin cantando
aserejé en un karaoke,
Pasionaria ligando bronce,
la Montseny disputando en
las rebajas, Lorca por las
playas y discos de Sitges,
Pablo Iglesias cambiando
su reserva a México por otra
a Venezuela o Bolivia.

¿Este país ha cambiado lo
suficiente para que las humoradas
sobre ‘quedarse de
Rodríguez’ o sobre los preparativos
vacacionales -suegra
y baca sobrecargada incluidas-
remitan a un imaginario
obsoleto? No del todo. Siguen
formando parte de ciertos
campos semánticos del verano
los vocablos rebajas, atascos,
apartamento, sombrilla,
siesta, segunda quincena,
chanclas y sardina, y las expresiones
“¿qué hacemos con
tu madre?”, “déjame a mí”,
“mira a ver si hay menú”, “no,
no, no, era ese otro cruce” o
“aquí hemos venido a pasárnoslo
bien”. Sin embargo, el
verano es, a pesar de todo, el
referente de un
imaginario plural,
por más que
quizá -tentados
por las teorías del
control total o de
la alienación- nos
gustaría que fuera
de otra forma.

En el predominio
de la sublimación
urbecentrista
parece que el verano
es el momento
en que ‘la gente’ coge
el coche y se va al
campo o a la playa.
Ese reduccionismo
no nos sirve para reflejar
la complejidad.
Ni ése ni otros tópicos,
canción del verano,
rebajas u ofertas de las
agencias de viajes: “siete noches,
nueve días todo incluido”,
“un niño gratis”.

Para una parte de la población
el verano ha sido y sigue
siendo tiempo de trabajo, de
acumulación para el resto del
año: desde los escopetos de
las barracas de feria hasta las
chicas de muslo descubierto
de las orquestas, pasando por
el que sirve y la que hace las
paellas... o las reliquias del
mundo agrario. O también un
territorio mixto: trabajar una
parte de las vacaciones para
consumir en la otra. En la sociedad
precarizada, la incidencia
de esta temporalidad
es clave para la supervivencia...
y para, valga la redundancia,
el consumo. Otra gente
ha buscado espacios de
compromiso, ‘solidaridad’,
‘trabajo político’, que no podía
encontrar o tenía como
tarea pendiente en su cotidiano.
Otras poblaciones, en
fin, apenas se mueven (viven
allí donde van otros, no tienen
recursos o movilidad) o
no lo hacen (50.000 personas
presas) en absoluto.

El derecho al verano

La identificación de verano
y vacaciones pagadas -que
fue más mítica que real- se
ha ido extinguiendo. Persiste,
por el contrario, otra
identificación: verano y vacaciones
de pago. Cuentan
muchos factores: el tipo de
grupo o de familia, si se cree
que viajando se ensancha la
mente, si se desea descanso
o actividad, si se busca compromiso
o evasión, y aún
más: edad, procedencia social,
patrimonio familiar, aficiones
y vicios, conocer o no
a gente fuera... y el dinero,
claro. El derecho al verano
está directamente relacionado
con el lugar que se ocupa
en el mundo durante el año.
Es un derecho muy diferente-
por poner ejemplos opuestos-
para los millones de estudiantes
y los millones de
pensionistas, que a su vez se
diferencian por cosas tan
simples como los recursos
disponibles. Curiosamente,
en las inevitables conversaciones
sobre los planes de
vacaciones, esto suele ser un
tabú. A la hora de presumir
de plan, se hablará de la originalidad,
el espíritu aventurero,
el deseo de tranquilidad
o de marcha, y un largo etcétera
de factores ‘bajo control’
que evitan hablar de cosas
incómodas como el dinero o
la soledad o, en suma, que
cada uno -en esto- se lo
monta como puede.

El presente vacacional

Si lo común del verano es
que hay que hacer algo y lo
que puedes hacer depende
en buena medida de lo que
puedes gastar, esto remite
inevitablemente a las formas
de vida del otro tiempo, del
tiempo ‘normalizado’. El
problema que manifiestan
las ganas de salir y aprovechar
las vacaciones -desconectar-
es el diferencial de
satisfacción que hay entre la
rutina y la excepción, y la
identificación progresiva-
culturalmente formada,
también por nosotros y nosotras
mismas- entre la rutina
y la mayor parte del año,
por un lado, y la excepción y
las vacaciones, por otro.

El otro día, unas periodistas
perseguían en la televisión
a Ortega Cano, compungido
por la muerte de su esposa.
Le preguntaron por las vacaciones
y él contestó: “Bueno,
todo esto ya son vacaciones”.
Tratándose de un muchimillonario,
se da por supuesto
que “todo esto” son vacaciones:
permanentes; pero además-
y sorprende- la respuesta
mostraba una enorme
dignidad al considerar que el
periodo oficial de vacaciones
integra todo tipo de acontecimientos,
incluidos los luctuosos.
El muchimillonario nos
daba una lección al valorar
que cualquier fase, estación,
parte de la vida se compone
de multitud de acontecimientos
y estados de ánimo,
y que las ‘vacaciones’ no son
un estado de tonticie feliz.
No es la tónica: ni del presente
ni de la memoria.

El presente vacacional se
nutre de un estado de liberación
(de la rutina, del trabajo,
del espacio cotidiano) que
deviene lleno de obligaciones:
al disfrute, a la intensidad
vital, a la plenitud de
acontecimientos y experiencias
‘inolvidables’. Tanto que
componen a menudo una
memoria mítica que no se reserva
al plano interior (si tal
cosa existe) sino que debe realizarse
en actos de comunicación
de los que todos en algún
momento podemos ser
víctimas. Vamos, que antes o
después alguien va a intentar
contarte sus vacaciones, porque
considera que merecen
la pena ser contadas, a diferencia
de tantas otras cosas
de la vida cotidiana que se
dejan sin hablar, esas del tipo
“qué tal” y te dan un minuto
para contarlo.

El verano es tiempo de dejarse
ver, de generar relatos
donde el protagonismo es
propio. Es una estación de excepción,
todo en ella debe ser
excepcional: desde el billete
más barato hasta el destino
más singular. Aun la concepción
del tiempo se invierte: ‘la
gente’ habla del futuro sin deprimirse
o sin ruborizarse;
hasta este momento, no se
van contando por ahí las previsiones
de la semana por
miedo a que te expliquen que
ese plan es un petardo y que
la alternativa es, por el contrario,
un planazo. Las apretadas
agendas de los días corrientes
y molientes, fuente
de depresión, de sensaciones
angustiosas de sobreactividad,
de negociación perpetua
con el tiempo y los deseos encontrados,
dan paso a una
exacta previsión de dónde,
cuándo y cómo se va a hacer
un viaje “de la hostia”.

El presente intenso de obligado
cumplimiento y la memoria
selectiva y mitificadora
son, pues, dos de los elementos
comunes en la construcción
sociocultural de las
vacaciones. Un tercero: el distanciamiento
cínico e irónico
de ambos: “precisamente yo
no actúo así, es ‘la gente’ la
que lo hace”. A estas alturas
del verano conviene reconocer
que casi tod@s somos ‘la
gente’ y nos adaptamos en
mayor o menor medida a los
tópicos del verano. Ese reconocimiento
nos puede servir
para pensar nuestra vida sin
cortes, de un modo realista,
sin mantener falsas apariencias
ni expectativas de felicidad
continua. Un paso fundamental
para hacernos dueñ@
s de la parte de la vida de
la que queremos ser dueñ@s
y para ceder a otr@s la parte
que queremos (o debemos)
cederles. Algo que, además,
también puede ser una labor
compartida y colectiva: la
construcción de un común.

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