Últimas pedaladas inexplicables

Fuera de las grandes carreras, el ciclismo carece de la tensión y
las noticias que aportan otros deportes. Sin embargo, en las
últimas semanas, las bicicletas se han hecho un extraño hueco
entre los obituarios.

25/11/09 · 0:00
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Una de las reglas inconfesables
del periodismo dice que un dato
es una anécdota; dos, un vínculo
con posibilidades; y tres,
la tentación de un artículo.
Frank Vandenbroucke, ciclista
belga de 34 años, fue encontrado
muerto el pasado 12
de octubre en la habitación de
un hotel de Senegal. La autopsia
estableció como causa de la
muerte una doble embolia pulmonar,
y los periódicos recordaron
sus frecuentes depresiones
y que dos años antes había
intentado suicidarse.

No había pasado ni un mes
desde la muerte de Vandenbroucke
cuando su compatriota Dimitri
de Fauw, el corredor de
pista que en noviembre de 2006
se vio involucrado en el accidente
que causó la muerte del ciclista
Isaac Gálvez, apareció muerto
en su casa de Gante. Ocurrió
el 6 de noviembre y diversos medios
señalaron que se trataba de
un suicidio a consecuencia de la
desesperación producida por un
drama no superado: un sentimiento
de culpa que no logró mitigar.

De Fauw tenía 28 años y
había dicho de sí mismo: “Emocionalmente
soy una ruina”.
Tres días después del fallecimiento
de De Fauw, el ciclista
vasco Agustín Sagasti fue hallado
sin vida en su domicilio
de la localidad vizcaína de
Mungia. Sagasti, de 39 años,
sufrió un grave accidente en
1995 en la Vuelta a los Valles
Mineros. El choque contra un
vehículo que había invadido un
cruce mal señalizado lo llevó al
hospital en estado de coma con
el brazo izquierdo y la pierna
derecha destrozados. Tardó
más de un año en recuperarse
y tuvo que abandonar el ciclismo.
Los obituarios de Sagasti
contaban que se quitó la vida.

Bicicletas colgadas

Otra de las reglas del periodismo,
ésta confesada sin rubor, dice
que los hechos merecen una
explicación. Pero para construir
esa explicación conviene incorporar,
al menos, tres elementos.
Primero puede explicarse el
asunto en clave personal: individuos
con vidas marcadas por la
tragedia fallecen en trágicas circunstancias.

Vandenbroucke es
entonces un juguete roto del ciclismo;
su íntima relación con el
dopaje le había convertido en un
toxicómano depresivo. De Fauw
es un hombre ahogado por la
culpa que no tuvo, incapaz de salir
de sus silencios prolongados.
Y Sagasti es una promesa del ciclismo
que ve su vida deportiva
truncada a los 24 años.

Para el siguiente paso explicativo
es aconsejable elevar el
tiro y acudir a la historia.
Aparece entonces Luis Ocaña
y su muerte con un disparo en
la cabeza en el pajar de su casa,
una muerte de la que nadie
quiere hablar. Y surgen los fantasmas
de Thierry Claveyrolat,
el Chava Jiménez y Marco
Pantani, relatos de existencias
al límite. Va quedando así un
poso de ídolos caídos en un deporte
ingrato plagado de hoteles
y soledad.

Pero no es suficiente. Conviene
ir más allá. Es el momento de
recurrir a los expertos y encontrar
una etiqueta. Para el caso
que nos ocupa se llama “síndrome
de la bicicleta colgada”. Así
que todo queda reducido a una
suerte de enfermedad que puede
sobrevenirles a los ciclistas
una vez que sus vidas deportivas
han terminado y carecen de la
ansiedad de la competición. Una
enfermedad que puede tener un
fatal desenlace, si no se trata a
tiempo. Asunto concluido.

Buscar sentido

Una regla menor del periodismo
dice que sólo podrán publicarse
noticias sobre suicidios cuando
afecten a personas de relevancia
o supongan un hecho de interés
general. El principal motivo de
esta autocensura es el temor a
las conductas imitativas; un temor
que, sin embargo, no se extiende
al resto de las truculencias
que publican los periódicos.

Las noticias de las muertes de
Vandenbroucke, De Fauw y
Sagasti, si se toman de forma
aislada, son sólo el relato de tres
dramas personales. Unidas, se
convierten en la historia de un
drama colectivo, con antecedentes
y diagnóstico incluidos.

Pero esa tentación de hilvanar y
explicar parece aquí, más que
nunca, un ejercicio baldío.
Sabido es que la prensa cumple
el papel tranquilizador de
buscar sentido. Lo decía con estas
palabras Enric González:
“Abramos el periódico. Podremos
leer sobre eso terrible (o
maravilloso, que eso a veces
también sucede) acontecido la
víspera. (….) Ese relato da sentido
a algo que generalmente no
lo tiene: el devenir del mundo”.

Sucede a veces que la falta de
sentido es demasiado evidente y
ocurre entonces que el andamiaje
de los textos queda al descubierto
y éstos parecen, en el mejor
de los casos, un ejercicio de
carpintería. Conviene entonces
poner un punto, a no ser que alguien
sea capaz de explicar y dar
sentido a lo que sintió la madre
de Agustín Sagasti cuando abrió
la puerta de la casa de su hijo el
9 de noviembre de 2009. //

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