Festival de jazz en Nueva Orleans
Todo sobre el Jazzfest y sus alrededores

El Jazzfest de Nueva Orleans es una oportunidad para conocer esta ciudad de Luisiana, un Estado castigado por huracanes y cracs económicos que hace dos siglos vio nacer la música jazz.

24/05/13 · 9:00
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“Lo mejor del Jazzfest es lo que ocurre fuera de él”. Lo dice un asistente al concierto de la Tremé Brass Band en el Candlelight Lounge, un local situado en el conocido barrio de Tremé en Nueva Orleans, donde la autenticidad brota por todas las esquinas. Antes, en la sala diáfana de techo bajo y ambiente cargado, la música ha fluído sin ningún adorno. Por diez dólares se paga la entrada que incluye el concierto y un estupendo plato de frijoles con arroz. El Candlelight está fuera de la ruta que marcan las guías turísticas. Los que han llegado hasta aquí saben que van a disfrutar de un concierto especial, en el primer distrito negro de Estados Unidos, en la ciudad donde nació el jazz hace 200 años y que vio creer a la gran referencia del género: Louis Armstrong.

Todos los jueves actúa Kermit Ruffins en el Vaughan’s. Hay más gente de lo habitual porque con el Jazzfest la ciudad prácticamente ha duplicado su población. Ruffins es un icono de Nueva Orleans. Presente en multitud de publicidades, su proyección como personaje representativo de la ciudad pesa más que su habilidad tocando la trompeta, que es mucha. Ruffins protagoniza una escena genial en la serie Tremé de David Simon: a uno de sus conciertos en el Vaughan’s acude Elvis Costello, terminada la actuación y mientras el trompetista se fuma un canuto le sugieren que quizá sea bueno acercarse a Costello para salir de Nueva Orleans y darse a conocer. Entre la opción de la fama y seguir disfrutando con sus colegas de barbacoas, hierba y actuaciones locales, prefiere lo segundo, así que pasa de acercarse a saludar al conocido músico.

En el Preservation Hall el ambiente invita al respeto: no se puede fumar, no se puede beber, no se pueden hacer fotos. Just music, sólo música. Nueva Orleans es uno de los principales destinos turísticos para los estadounidenses. En buena parte por el French Quarter, el barrio más antiguo de una ciudad cargada de influencias culturales. La calle más famosa de este distrito es Bourbon Street. Conocida como “la calle del pecado”, no es más que una cargante secuencia de locales de ocio preparados para el turismo de consumo. Sin embargo, en una calle perpendicular, Saint Peter Street, se encuentra Preservation Hall. Desde 1961 se encargan de “preservar el honor del jazz de Nueva Orleans”. Lo hacen con extremado cariño en una sala de madera donde apenas caben cien personas en un ambiente que invita al respeto: no se puede fumar, no se puede beber, no se pueden hacer fotos. Just music, sólo música. Hay tres filas con bancadas de madera y el resto del personal tiene que escuchar la sesión de pie.

Tras el huracán Katrina en agosto del 2005, y la negligencia de la Administración Bush, que pidió rezar a los habitantes de una ciudad premeditadamente abandonada, el músico Michael White perdió su colección de más de 50 clarinetes arrasados por la tormenta. Pasados los primeros barros, declaró: “Nunca perderé las cosas más valiosas que tenía antes del Katrina: el jazz, la memoria, el  conocimiento de los viejos músicos y la fuerza y la sabiduría que viene de 30 años de una vida dedicada al jazz. Esas cosas estarán siempre conmigo y enriquecen mi alma”. La atmósfera de una ciudad donde la música está permanentemente en el ambiente no parece marchitarse por mucho que llueva o cambien los tiempos.

No todo es alegría en un clima que mezcla calor, bochorno y tormentas. El ratio de asesinatos en la ciudad es diez veces mayor que la media nacional y el 80% de la población reclusa en el Estado de Luisiana es negra. La policía goza de una merecida “mala reputación” y las drogas duras están tan extendidas como la desesperanza por alcanzar un mínimo de garantías sociales. Nueva Orleans cohabita en uno de los Estados más reaccionarios del sur de Estados Unidos, donde, a pesar de la evidente profusión de los desmanes producidos por las armas, el gobernador Bobby Jindal tiene la jeta de señalar –en la convención anual de la Asociación Nacional del Rifle que se celebra estos días– que la “excepción americana garantiza la libertad del individuo” y por eso defiende sin sonrojarse que Luisiana tenga una de las leyes de control de armas más suaves de todo el país, a pesar de los miles de muertos, la mayoría sin identificar.

Son asuntos que se dejan de lado en Frenchmen Street, la calle donde se agolpan un buen montón de bares con música en directo. Locales como el d.b.a, el Spotted Cat, Snug Harbor, La Maison o Little Gem. Cada uno con su particularidad, con sus estilos y sus públicos. La calle donde también hay espacio para los músicos callejeros, para disfrutarlos y apreciarlos si su calidad es suficiente como para ser aceptada por un público muy exigente que, por encima de estilos y apariencias, valora el compromiso con los instrumentos, con la voz, con la propuesta musical.

Durante siete días, doce escenarios con música en directo: jazz, gospel, blues, country, rock, reggae, etcMientras esto ocurre fuera del Jazzfest, dentro lo que hay es digno de tener en cuenta. Durante siete días, doce escenarios con música en directo: jazz, gospel, blues, country, rock, reggae, etc. Más de 400 bandas y solistas, muchas criadas en Nueva Orleans. Por citar algunas: Los Hombres Calientes es una banda local que hacen entre latin-jazz y funky. Muy valorados entre un público que sabe apreciar como pocos la calidad del viento. Irma Thomas, en la Gospel Tent del festival, pone los pelos de punta con su voz. También con la emoción que trasmite. Jimmy Cliff no ha renunciado a sus aires de pandillero en Kingston. El público, que no son precisamente adolescentes ni jóvenes universitarios, lo agradece infinito mientras le ponen olor al encuentro entre el Jazzfest de Nueva Orleans y Jamaica. Cliff, con 65 años, canta y se mueve al ritmo de The Harder They Come como si fuera ayer. El jamaicano tiene tiempo para poner la nota reivindicativa pidiendo la salida de las tropas estadounidenses en Afganistán para que no ocurra “otro Vietnam”, además de denunciar lo que ocurre en Siria y en Sudán.

En el escenario principal, Willie Nelson ha cumplido 80 años cantando country. Su voz está alejada de la vida cosmopolita, atiende a las reivindicaciones de la tierra, a las formas de vida alejadas de las ciudad. La veteranía del cantante es muy apreciada en una sociedad donde la música tiene enorme relevancia. Este año el festival lo cierra por primera vez Trombone Shorty and Orleans Avenue. Troy Trombone Shorty Andrews actuó por primera vez en el Jazzfest con cuatro años, hizo una gira mundial con seis y con once ya tenía su propia banda. Ha tocado junto a Lenny Kravitz y ahora cierra con 27 años el festival que se celebra en su ciudad mezclando jazz, funk y rap, y tocando magistralmente el trombón y la trompeta.

La documentalista Lily Keber dice que Nueva Orleans es “la ciudad más al norte del Caribe”. Keber ha presentado estos días una excelente película sobre James Booker, un pianista nacido y fallecido en Nueva Orleans que era negro, gay, homosexual, heroinómano y bipolar. Excelente tarjeta de presentación en una ciudad donde saben apreciar el virtuosismo.

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