LA TRAYECTORIA DE UN ICONO DE LA CONTRACULTURA
Sin concesiones a la nostalgia: Jaume Sisa, un músico galáctico

Cantautor inclasificable, relegado al olvido por no
encajar en los cánones de la nova canço, Jaume Sisa
parece por fin recibir un reconocimiento a su labor.
Ahora que edita nuevo disco es un buen momento para
recuperar su trayectoria galáctica y contracultural.

13/11/08 · 0:00

Se hace difícil presentar
a Jaume Sisa
en la era del fútbol
multimillonario
como un personaje galáctico,
aunque no cabe duda de
que su trabajo como músico
responde a este apelativo.
Sólo que con la distancia del
tiempo, Sisa fue popular en
los años setenta, y del espacio,
dada su condición de
cantante barcelonés que
cantaba en catalán, recordarle
nos invita a hacer un
ejercicio de memoria histórica,
que no de nostalgia.
“El Sisa” nació en Barcelona
el 24 de septiembre de
1948, algo que dice mucho
del contexto que le tocó vivir;
cumplió sus veinte años en la
significativa fecha de 1968,
momento de eclosión de todos
los movimientos sociales
antifranquistas y también de
los primeros movimientos
contraculturales poéticos, teatrales,
literarios y musicales.
En cambio sería un error
circunscribir a Sisa exclusivamente
en este contexto, ya
que lo que más definió a Sisa,
como a toda una generación
contracultural, fue su capacidad
de oponerse no sólo a la
sociedad que les tocó vivir,
sino también a la que vendría
después.

Todo empezó en 1967 con
el denominado Grup de Folk,
en el que participó Sisa junto
a artistas como Pau Riba u
Oriol Tramvia. Con sus referentes
puestos en la música
folk americana al estilo de
Bob Dylan, estos músicos
emprendieron un camino divergente
del que tomaron los
conocidos Setze Jutges de
Serrat y Llach, más apegados
a la música intimista y de denuncia
de Jacques Brel o
Georges Brassens. Sisa, junto
a otros muchos amigos, tomó
otro camino musical.
Quizás es el que hoy en día
menos se conoce de aquella
época, pero sin ninguna duda,
más arriesgado que el
emprendido por la nova canço,
considerada por Sisa como
una música “bastante
aburrida. Muy coñazo”.

Donde estaban cantantes –decía Sisa– como Lluis
Llach, que “vende quince veces
más discos que yo.
Quizás es que es mejor que
yo, bueno, en fin. Pero Llach
hace bandera y a la gente esto
le encanta. La gente siente
eso. Es repugnante ese sentimiento.
Yo soy un cantante
galáctico que canto en catalán
por pura casualidad, sin
pretextos ni banderas”.
Estas ideas fueron las que
Sisa plasmó en su primer
single, L´home dibuixat, en
1968 y en su primer disco,
L’Orgía (1970-1971), en los
que desbarató muchas de
las banderas que ondearon
contra Franco. Pero Sisa no
estaba solo, muchos otros
músicos vinculados a la música
experimental y progresiva
se confabularon para
sacar adelante un nuevo
movimiento musical, música
dispersa, donde colaboró.

Jose Manuel Bravo
“Cachas” y Alberto Batiste,
Máquina!, Cerebrum, Crac,
Pan y Regaliz o Pau Riba
fueron algunos de los grupos
que dieron los primeros
pasos en el pop y el rock
progresivo catalán. Todos
estos grupos se dieron cita
en algunos festivales progresivos
como los de la Sala
Iris o el de Granollers y
también en el complejo
‘L’Elèctric Toxic Clàxon
So’, festival que quiso celebrarse
en el Palau de la
Música a principios de 1970
y que tuvo que trasladarse,
por no obtener el permiso
de la dirección de la sala.
Allí donde los integrantes
de la nova canço cosecharon
sus mayores éxitos no
fue permitida la actuación
de Pau Riba, Sisa y sus amigos.
Así lo explicaba Ángel
Casas: “¿Por qué ellos no y
Raimon, Serrat, Pi de la
Serra, Llach, Els Setze Jutges
y muchos más sí?
Dejemos de decir no, no sólo
a la sang que sols fa sang
y digamos no también a la
ortodoxia del ‘país’, al seny
del ‘país’, al cómodo compromiso
del ‘país’”.

Porque la música de Sisa
y su generación marginal y
libertaria no sólo criticó el
poder de Franco, sino al poder
como forma genérica, y
no sólo criticó el nacionalismo
español, sino todas las
patrias. Sisa defendió una
orgía de ensoñaciones y utopías
que dibujaban, sin hablar
explícitamente de ello,
una oposición radical al los regímenes democráticos,
las estructuras de partido
o cualquier forma de
expresión de los imaginarios
metalizados. Y, por
desgracia, en la década de
los ‘70 las ortodoxias nacionales,
partidistas e ideológicas
se multiplicaron hasta
el infinito, una esclerotización
mental que las corrientes
contraculturales
trataron de esquivar, yendo
más allá y tratando de explorar
otras galaxias.
Este contexto fue el que
hizo que Sisa se marcharse
a reflexionar durante dos
años por Holanda y Menorca.
La revolución para
él era la capacidad de fugarse
hacia nuevos mundos,
nuevas vidas que hicieran
que cualquier ejercicio
del poder quedase vacío, inutilizado.
Los reyes, según
Sisa, deberían gobernar en
países deshabitados.

Con estas ideas regresó a
la música en 1975, editando
Qualsevol nit pot sortir el sol,
su disco más conocido y en
el que desplegó toda su capacidad
para generar por
medio de la música paraísos
a los que exiliarse. Ya fuese
con música pop, rock, de cabaret,
bolero, folk o por medio
de sus trabajadas letras,
Sisa fue uno de los protagonistas
del afianzamiento de
la música progresiva, una
nueva generación contestataria
que superó los patrones
existencialistas de la
música de cantautor. Una
nueva ola que tuvo en el primer
Festival Canet Rock,
con cerca de 30.000 asistentes,
su primer acto de masas.
Por derecho, formaciones
hoy olvidadas como Barcelona
Traction, Companyia
Eléctrica Dharma, o artistas
como Oriol Tramvia o Pau
Riba defendieron en el escenario
la diversidad musical
y otras opciones de vida social
y política, que en la época,
a pesar de lo que digan
los libros de historia, fueron
una tendencia mayoritaria
entre la juventud contestataria,
más cercana en sus
maneras de vivir a la ética
hippie que a los dictados de
burós políticos y carcamales
partidistas.

Entre 1976 y 1979 llegaron
los discos Galeta galáctica,
el doble LP Catedral y
La màgia de l´estudiant, que
Sisa conjugó con colaboraciones
teatrales junto a la
compañía Dagoll Dagom y
con su actividad en la
Orquesta Platería, en donde
Sisa encarnaría a su alter
ego Ricardo Solfa.
Una amplia trayectoria
que tendría su parada definitiva,
aunque más adelante
volviera a sacar algunos
discos, en 1984 con la edición
de Transcantautor y
Última noticia, obras en las
que mostró la desilusión
ante una revolución galáctica
que, más de una década
después, aún estaba por
construir.

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