Consumir o producir el amor
Sexo Hípster o las condiciones materiales del cuarto oscuro

“Hay personas que nunca se hubieran enamorado si nunca hubiesen oído hablar del amor”. La frase ya la han oído y probablemente les parezca una cosa pomposa, pero ¿y si la adaptamos un poco y les planteamos que hay personas que no se hubieran enamorado si el modelo neoliberal no lo hubiera establecido como base para su proyecto?

17/06/13 · 8:00
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Uno de los aspectos más revolucionarios del amor romántico es su capacidad de poner en crisis el poder de las comunidades tradicionales. El sujeto del amor romántico decide a quién quiere y lucha contra viento y marea (léase contra sus padres, familias, pueblos, jerarquías sociales, etc.) para poder realizar su Amor. En este sentido, amar es producir subjetividad, es decir, es hacerse sujeto. El sujeto del amor romántico se enfrenta a las comunidades para poder defender su derecho a decidir. Su derecho a determinar su destino amoroso, escapando de matrimonios por conveniencia, arreglos geoestratégicos, mecanismos de reproducción económica, etc. Por esto el amor romántico contribuyó en su momento a generar cierto sujeto autónomo que, lejos de las travesuras de Puck o del utilitarismo familiar, es capaz de hacer que sea su deseo el que determine con quién va a consumar su amor. El deseo se pone en el centro de la producción de la vida en común con otra persona. “Joder, cómo me gusta la joven Lotte”. “Cuánto deseo a Darcy”. Deseo, libre elección, autonomía, felicidad. Ésa es la curiosa constelación subjetiva que produce el amor romántico.

El capitalismo recoge al sujeto del amor romántico y lo pone a trabajar El sujeto del amor romántico se pone así en el centro del proyecto moderno. Esa modernidad que produce derechos y ciudadanía. ¿Quién podría prescindir de su derecho a ser amado? ¿Quién puede prescindir de su derecho a amar? En paralelo se va gestionando el modelo de producción capitalista. Las cosas se empiezan a acoplar. Hay redundancias, sin duda. En el capitalismo hay amor. Mucho. El capitalismo recoge al sujeto del amor romántico y le pone a trabajar. El amor romántico puso las bases para iniciar un proceso de liberalización de lo afectivo que el progreso del capitalismo neoliberal no ha hecho más que reforzar y sofisticar. Claro, en el capitalismo también hay deseo, mucho. El capitalismo produce máquinas de desear. Cuanto más se liberaliza el mercado de lo afectivo, más sujetos aparecen a los que desear.

En el siglo XX empiezan a operar muchas máquinas, tecnologías que ayudan a producir amor. Silicona, estrógeno y progestina, cámaras lentas, Divine, hoteles con encanto, celuloide, andrógenos, match.com, Mari­lyn Monroe, Rocco Sifredi, Martina Navratilova, lubricante, las suecas, la orgonita, el látex, Tumblr, Skype, la fiesta de la espuma, Peaches y Morrisey se concatenan para generar nuevos paradigmas del deseo. Para producir nuevas superficies por las que distribuir y consumir el amor. Cuanto más grande es el mercado de lo amoroso, más difícil comprometerse, más complicado seleccionar un solo sujeto al que desear. La supuesta revolución sexual de la década de los ‘60 y ‘70 contribuye a situar al sujeto deseante en el centro de la vida. Denunciando la supuesta represión a la que nos habíamos visto sometidos, libera al sujeto de las instituciones del amor romántico (el matrimonio monógamo heterosexual y la familia) y le da vía libre para que explore sus deseos.

La presencia del sexo se ha hecho tan hegemónica que se hace complicado distinguir lo que es sexo de lo que no lo es Claro, no todo el mundo se siente interpelado por esta llamada de la selva. Hay sujetos que pueden y otros que no se lo pueden permitir. De esta forma, la revolución sexual genera desigualdades afectivas. Otro acople. Ciertos varones blancos de clase media se pueden permitir pasar las noches en fiestas swingers en las que exploran su sexualidad. Los más pudientes incluso se pueden permitir peregrinar a Esalen a descubrir su reprimida sensualidad. Algunos se tenían que contentar con ir a ver películas con tetas en Perpiñán. Otras personas, normalmente mujeres, se ven obligadas a quedarse en casa cuidando de sus hijos, de sus padres, de sus hermanos o de sus amigos. Los cuidados, ya se sabe, tienden a expandirse. No todo el mundo puede permitirse poner el deseo en el centro de la vida. El deseo es caro, el deseo requiere de copas, de restaurantes, de hoteles, de ropa, de saunas, de látigos, de cocaína, de viajes o de preservativos para poderse realizar. El deseo requiere de tiempo y de dinero. No todo el mundo puede ser de Chueca, no todo el mundo quiere serlo. El espejismo de la autonomía se tiene que poder financiar. El mercado libre de lo afectivo, claro, produce desigualdad. La cosa se acelera. El sexo se desvincula de lo afectivo. Un quiebro interesante, para desear no es necesario querer. La publicidad, el cine, la televisión, los videoclips, las vidas se llenan de sexo, de referencias sexuales más o menos explícitas. Así, la presencia del sexo en la vida contemporánea se ha hecho tan hegemónica que se hace complicado distinguir lo que es sexo de lo que no lo es o discernir los límites de lo que es posible o no desear.

La cultura hípster hace bastión de esta indiferenciación de lo sexual. Y muy pocos quieren volver atrás. Internet: sexo y gatos. Gatos y sexo. Sexo con gatos. Gatos con sexo. Reventando los límites de la tolerancia de lo que es posible consumir. El sexo hípster parece regurgitar todos los logros emancipatorios de las sucesivas subculturas creando un espacio donde todas las prácticas son bienvenidas (donde caben dos, caben tres). El sexo se libera de protocolos. Si nos apetece, nos apetece. Sexo sin vínculo, sexo sin comunidad. Sexo sin amor. Tampoco está tan mal. Desde el nihilismo se escucha una pregunta interpelando al centro mismo del cuarto oscuro. Entonces ¿para qué sirve el amor?

Enunciándolo de forma burda podríamos contraponer deseo a compromiso, la autonomía a los cuidados, el sujeto libre a la comunidad. Pero como siempre, las condiciones materiales del sexo hípster son las que nunca se acaban de ver. Los vínculos que nos permiten vivir son los que se tienden a invisibilizar. El placer de los sujetos liberados del sexo hípster nos distrae de las condiciones que les permiten desear. No sólo de ginebra con cardamomo vive el hombre. Las cosas son un poco más complejas. Además, ya sabemos que las subjetividades son contradictorias. Claro, los remanentes del amor romántico siguen por allí, operando con sus promesas de felicidad de las que es difícil deshacerse completamente. Medias naranjas que queremos encontrar. Necesitamos querernos, también que nos quieran. Autoestima y vida social. Necesidad de edificar. El deseo de monogamia, aunque sea para tener un poco de tranquilidad. La crianza y su demanda de estabilidad. Las lógicas de género asimétricas. Tirarnos a todos los contactos del Whatsapp. La pulsión de lo posesivo. Todo convive, a veces mejor, otras peor.

Nos quedan comunidades afectivas por construir, no podemos limitarnos a contraponer poliamor con monogamia Desde aquí nos gustaría no tener que pensarlo de forma dicotómica. Nos gustaría pensar que puede haber cuidados en la promiscuidad. Que puede haber amores que no nos individualicen, sino que nos hagan más comunidad. Ya hemos matado el pueblo, el barrio, a los surferos de nuestra juventud, pensamos que a esas comunidades originarias ya no se puede volver. Pero nos quedan comunidades afectivas por construir. Estructuras afectivas puede que más complejas, si es que alguna vez fueron fáciles de gestionar. Nos vemos obligadas a pensar el amor con toda su materialidad, en toda su diversidad. Dejar de pensar en formas de consumir el amor y pensar en formas de producirlo. Reproducir el amor, desde el sexo, los cuidados, el deseo y la química. No podemos limitarnos a contraponer poliamor con monogamia. Tenemos que enfrentar el consumo de cuerpos con su reproducción afectiva. Muerto el mito de la autonomía, repensemos el sexo que nos una, nos aglutine, nos haga más deseantes y más capaces de organizarnos desde una interdependencia radical. Muerto el mito del amor romántico, vamos a cuidar los amores en minúsculas, los amores distribuidos y promiscuos. Los amores que nos piensan y que nos permiten pensar. Quedan muchos cuerpos por construir, muchas superficies que desear. Pero sobre todo, muchas personas y máquinas a las que amar.

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comentarios

11

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    Colouchot
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    16/05/2017 - 11:04am
    El amor romántico comporta una implicación apasionada en las emociones. Sentimientos desatados y pasión liberadora de convenciones sociales. No hay amor romántico cuando se elige en un catálogo la pareja del día. No hay amor romántico sin aceptar que el dolor está presente en nuestra vida y dolor y placer está presente en todos los rincones de nuestra alma. La gran bacanal siempre aparece en las sociedades opulentas como esta, donde la sobreprotección de la pareja se eclipsa con propuestas globales, redes y medios con publicidades deformadas de la esencia del ser humano. Lejos de afinar y mejorar las relaciones de pareja en una sociedad más libre, acabamos siendo los followers de las tendencias . Los swingers compran muebles de Ikea por separado, toman más copas, viajan más y ahorran menos .Estas formas de vida generan mucho más negocio que la familia tradicional.
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    Sabina
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    25/06/2013 - 11:53am
    Éste intento de legitimación de la promiscuidad por su posible generación de algo así como &lsquo;amor en red&rsquo; me parece un poco peligroso. Me imagino en ésta red intentando ser visible, deseable, luchando por tejer una red dónde quizá algún poder confiar mis afectos&hellip; También me imagino estando en peligro de desarrollar un trastorno de la personalidad histriónica&hellip;permanente seductora, necesitando ser el centro de atención&hellip;<br />
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    Rosa
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    20/06/2013 - 6:12pm
    &iquest;Unidos por la promiscuidad?&nbsp;You&nbsp;wish!&nbsp;
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    Lupi
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    19/06/2013 - 4:47pm
    Quitando el utilizar la tan de moda palabra&nbsp;Hipster generalizando como si ahora todos los modernos fueran promiscuos o algo así, o hubieran inventado el amor libre, o fueran gente de mente abierta...&nbsp;todo lo demás está más visto y sabido que el tebeo. Nada nuevo.&nbsp;<br /><br />(Pero vaya titular)&nbsp;
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    Fran
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    19/06/2013 - 9:22am
    Aviso: no soy un teórico de la afectividad ni del sexo, pero no me acabo de creer que, después de que nuestros cuerpos y mentes hayan sido reprogramados desde hace siglos seamos capaces de volver a nuestra prístina conciencia de humanos-en-colectividad. La(s) afectividad(es), para que sean tales,&nbsp; necesita(n) tiempo para ocuparse del otro, y no solamente en el acto material de la sexualidad (del tipo que sea, eso son solamente matices) sino pensar en ello, interiorizar todas esas emociones y...para eso no tenemos tiempo porque éste lo necesitamos para la praxis sexual que, dicho sea de paso está muy bien. En definitiva, parece que con este artículo quisiéramos resolver otra vez la cuadratura del círculo: tener a las cosas y a las personas cuando y como queramos.
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    18/06/2013 - 9:12pm
    @#4 Hola Roma, todo lo que publicamos aquí está bajo licencia Creative Commons by-SA: o sea, puedes reproducirlo donde quieras, sólo debes citar la fuente.
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    recareda
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    18/06/2013 - 8:29pm
    &iquest;sois conscientes de cuanto reproducís lo que criticáis?<br />&iquest;habéis salido vosotras de chueca (o lavapiés o el checoslovaquia, me da igual) alguna vez?<br />
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    18/06/2013 - 4:21pm
    Me ha encantado el artículo. Lo siento muy en la línea de la idea de anarquía relacional.<br />&iquest;se puede&nbsp;rebloggear?<br />
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    Frankie
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    18/06/2013 - 8:12am
    <strong>&quot;No todo el mundo puede permitirse poner el deseo en el centro de la vida. El deseo es caro, el deseo requiere de copas, de restaurantes, de hoteles, de ropa, de saúnas, de látigos, de cocaína, de viajes o de preservativos para poderse realizar</strong>. El deseo requiere de tiempo y de dinero&quot;.<br /><br />No puedo estar más de acuerdo en la reflexión. Pero también puede haber un deseo pret-a-porter, un deseo más barato: de salir al cine (a ver buen cine de autor) y tomarte algo (unas tapas, unas cervecitas), ir a cenar a un Mexicano (no suelen ser caros), asistir a conciertos gratuitos (en las fiestas veraniegas) o en salas (hay muchos bolos muy buenos entre 10 y 20 pavos).&nbsp; Y hacer fiestas en casas, con <a href="mailto:amig@s">amig@s</a> liberales. Desde luego, si uno no tiene ni para eso, está realmente jodido...<br /><br />Tiempo y dinero.&nbsp; Normalmente son conceptos encontrados. Cuando&nbsp;se&nbsp;tiene dinero (porque se trabaja mucho, con un buen sueldo o grandes beneficios) no se&nbsp;dispone de tiempo, y cuando uno tiene mucho tiempo libre (porqué está en el paro, por ejemplo) tiene poco dinero.&nbsp; Desde luego, si no se tiene tiempo ni dinero, eso es la muerte (en vida). Estar realmente jodido y esclavizado, porque se tenga que cuidar a algún familiar dependiente, o por algún trabajo precario de esos en régimen de esclavitud (trabajar 12-14 horas por 500 euros)&nbsp;etc
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    Frankie
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    18/06/2013 - 7:55am
    Qué artículo más conservador. Menos mal que en el último párrafo se redime un poco. &quot;Muerto el mito del amor romántico, vamos a cuidar los amores en minúsculas, los amores distribuidos y promiscuos. Los amores que nos piensan y que nos permiten pensar. Quedan muchos cuerpos por construir, muchas superficies que desear. Pero sobre todo, muchas personas y máquinas a las que amar&quot;.<br /><br />De cualquier manera me suscita varias reflexiones. Independientemente de los valores morales de cada uno, encontrar hoy en día a la media naranja, es prácticamente imposible. Cuando la libertad y el amor se miden en dinero (y esto es obvio hoy en día) es prácticamente imposible encontrar el amor romántico para toda la vida. Además está el factor tiempo, que lo corroe todo. Es un poderoso oxidante. Y las personas cambiamos con los años (de gustos, de prioridades, etc).&nbsp; El amor monógamo (salvo para los del Opus) puede convertirse en la peor cárcel. Conozco muchos padres y madres esclavizados por sus hijos, padres, etc.&nbsp; Tampoco es imprescindible tener hijos, con toda la cantidad de población que hay en el mundo. Y si se tienen, hay que dedicarles mucho tiempo y darles mucho cariño, amén de una educación sistemática y espartana desde pequeños, si no luego vienen los problemas. Además, a veces el cariño y la educación están reñidas, en esta sociedad de consumo. Como negarle&nbsp;a un niño (que se pone cabezón) la play-station por su cumpleaños, cuando&nbsp;la mayoría de&nbsp;sus amiguitos del cole la tienen.<br /><br />Una última reflexión: &iquest;como puedo yo conseguir a una tía súper buena, culta, sofisticada, liberal,&nbsp;dulce, cariñosa y del FCB (soy muy culé), que además sea de izquierdas y muy comprensiva.. cuando yo estoy gordo, calvo,&nbsp;arruinado y no tengo para comprar una barra de pan...?&nbsp; Eso es como pretender&nbsp;el coche más caro y lujoso (y ostentoso del mercado) cuando ni siquiera se pude mantener un utilitario destartalado de 20 años, sin ITV, etc&nbsp; Por desgracia el dinero entra a cuchillo en las relaciones personales y esto desde luego no es Renault Ocasión !!<br /><br />Saludos a <a href="mailto:tod@s">tod@s</a> !!!&nbsp;
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    18/06/2013 - 12:06am
    Muy interesante el artículo. Me ha recordado a la Teoría de la Jovencita, de Tiqqun, que leí hace poco: creación perfecta del capitalismo, cuando la Jovencita folla es cuando se consuma su existencia de perfecto simulacro, y al quitarse la ropa no aparece la verdadera persona sino la creación última del Espectáculo. Es un fastidio esto de que el capitalismo se nos haya metido en la alcoba. La economización del deseo la trata muy bien M. Houllebecq... en efecto, se trata de la "ampliación del campo de batalla"...