Recuerdo del duque blanco

Guapo y tímido, Kevin Ayers desarrolló una modesta carrera marcada por el humor y la huida consciente de los lugares comunes.

02/04/13 · 19:04
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Kevin Ayers a la izquierda, en el centro Robert Wyatt y a la derecha Mike Ratledge

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Los guapos lo tienen todo más fácil. La gente se les acerca y es amable con ellos. Los saluda sonriente por la mañana y atiende solícita sus demandas por la tarde. Recuerdo, por ejemplo, una noche en Buenos Aires en la que el cantante de Los Babasónicos, una banda muy popular en la Argentina, daba gracias a dios por ser una estrella del rock, ya que, siendo canijo y poco agraciado, había podido coger con un sinfín de minas. Este nuevo Gardel hablaba seriamente, en absoluto jactancioso. Tras un recital triunfal, con una toalla en torno al cuello, nos exponía en toda su crudeza uno de los temas que más dramáticamente afectan a las relaciones humanas.

Y es así que las personas devienen rockstars, o policías o bomberos, con la intención de revestirse de carisma, de adquirir una capacidad de seducción que sienten limitada por su aspecto físico más o menos convencional. Esto es, desde luego, lo habitual, pero está claro que Kevin Ayers no necesitaba ninguna herramienta adicional para “triunfar” en sus relaciones amorosas, ni siquiera una guitarra eléctrica. Cuando era un niño se pasaba el día en la playa mientras las chicas malayas le susurraban al oído aquello de: “Oleh oleh bandu bandong, baju penteg podong sarong”. Cuando regresó a Inglaterra se convirtió en un dandy irresistible que, con su voz de barítono, llegaba al corazón de las ninfas a través del oído, sin duda el camino más corto, certero y letal.

Además de por guapo, Kevin Ayers nos atrae por despreciar la ampulosidad del rock progresivo Además de por guapo, Kevin Ayers nos atrae por lo siguiente:

1. Por despreciar a la industria discográfica (antes de que fuese una moda).
2. Por despreciar el dinero.
3. Por despreciar la ampulosidad del rock progresivo.
4. Por despreciar la pretenciosidad de las letras de rock.
5. Por despreciar a los medios de formación de masas.

Y, sobre todo, Kevin Ayers nos atrae por sus canciones. Yo, particularmente, escucho con deleite su último disco, The Unfairground (2007). Como suele decirse, los primeros son los mejores, pero, en este caso, la grabación final del artista de Kent está a la altura de sus hallazgos más felices del inicio de los ‘70. Su dueto con Bridget St John en Baby Come Home, una cantante con la que había grabado por última vez en 1972, es un emocionante ejemplo de cómo este disco se conecta con su obra más significativa y, de alguna manera, la completa cerrando un círculo musical y vital. En este trabajo no colaboraron solo músicos veteranos, también una pléyade de rockeros de otra generación (como Teenage Fanclub o Gorky’s Zygotic Mynci) se sumó entusiasmada a The Unfairground. “La mayoría no sé quiénes son ni por qué quieren trabajar conmigo”, comentaría Ayers, aunque matizando que agradecía su aportación. Y es que este gran seductor podía resultar enfermizamente tímido. Al respecto, una esclarecedora anécdota relatada por su amigo y mánager Tim Shepard: “Kevin me contó una historia de cuando aterrizó en Berlín a principios de los ‘70. Quedó con Iggy Pop y un recién famoso David Bowie y pillaron algo de coca. Kevin tenía un billete de 500 marcos (su único dinero para pasar una semana), lo sacó y lo enrolló. Lo usó, luego Iggy lo usó y después Bowie lo usó y se lo guardó en el bolsillo. Kevin dijo que por eso Bowie se había convertido en una rockstar y él no. Bowie tenía las pelotas de apalancarse su dinero y él era demasiado tímido para siquiera mencionarlo”.

Desde la aparición de su disco Still Live with Guitar, en 1992, Kevin Ayers estuvo prácticamente desaparecido en combate. “No sé quiénes son ni por qué quieren trabajar conmigo”, comentó sobre los invitados a su último LP La muerte ese mismo año de Ollie Halssall, su compinche desde 1974, le afectó profundamente. Halssall, un guitarrista de gran talento, falleció de un ataque al corazón tras meterse un pico de heroína en un portal, concretamente, y aunque parezca una broma del destino, en el número 13 de la madrileña calle de la Amargura. En una memorable entrevista aparecida en el Ruta 66 hace unos cinco años, Jaime Gonzalo le comenta a Ayers que “se ha dicho que The Unfairground no es un álbum sobre arrepentimiento sino sobre pérdida”, a lo que éste contesta: “Hay dos buenas canciones de ‘hola’ y dos o tres canciones de ‘adiós’. El resto es abstracto”. Sin entrar en consideraciones sobre la madurez, la decadencia física y la depresión crónica, resulta notable el fino humor que destila la respuesta de Kevin Ayers. Su gusto por la patafísica, su visión humorística de la “filosofía” de Gurdjieff, nos dan pistas de por dónde transitan sus canciones. La clave es evitar caer en la obviedad, algo nada fácil en el mundo de la música popular. Tanto en sus composiciones, huyendo de los lugares comunes del rock y del blues, como en sus letras, el cantante de aspecto frágil y voz profunda logró sortear con mucho estilo la vacuidad que acecha, si no define, a la música pop.

Daevid Allen, ese extraño beatnik australiano, mezcla de Gandalf y el cantante de los Ñu, fue quien despertó en Ayers el interés por la patafísica y otras golosinas galas para el espíritu. Eran los gloriosos tiempos de Canterbury y se estaba formando la mítica banda psicodélica Soft Machine. Allen había conocido a William Burroughs en 1961 en París y cinco años más tarde, en Londres, le pidieron permiso para usar el título de su novela como nombre del grupo. El viejo Bill estuvo de acuerdo, aunque su contestación exacta al requerimiento fue, al parecer, “¿a quién coño le importa eso?”. No por casualidad, el interés por Soft Machine surgió antes en Francia que en Inglaterra. De hecho, un elogioso artículo aparecido en Le Nouvel Observateur los puso en el centro del campanario, ¿o era candelario? En cualquier caso, Daevid Allen a la guitarra, Mike Ratledge a los teclados, Robert Wyatt a la batería y Kevin Ayers al bajo, actuaron completamente desnudos en Saint-Tropez, libaron abundante vino de la Borgoña y disfrutaron de una estancia disipada en el sur de Francia. Tras abrir sendas musicales que luego continuarían, ya con éxito masivo, bandas como Pink Floyd, cada uno siguió su camino.

La única ocasión en la que vi a Kevin Ayers fue cuando actuó en el Suristán, una sala madrileña, un frío febrero de 1999. El concierto resultó cercano y entrañable, con solo Kevin y otro guitarrista en el escenario. Cuando terminó de tocar me acerqué al camerino para saludarle. En realidad yo acompañaba al dueño de la sala, por entonces buen amigo mío y fan incondicional de Ayers. Así que allí estaba el duque blanco, repantigado y feliz. Eso es, al menos, lo que me pareció ver, una persona feliz. Muy borracha, pero feliz. Y pensé en decírselo pero no lo hice. Pensé en decirle: eh, Kevin, macho, has sido una persona feliz y has hecho feliz a muchas personas a través de tus canciones. Pensé en decírselo pero no lo hice. Tal vez porque sabía que no era verdad.

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