ARTES ESCÉNICAS
Prótesis de cine

La prótesis o el lado oscuro

08/04/11 · 8:00
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La prótesis o el lado oscuro

Los implantes malignos que actúan por su cuenta son una presencia constante en el cine, fundamentalmente en forma de mano inquietante. Desde Las manos de Orlac (Karl Freund, 1935), en la que un doctor malvado implanta una mano asesina en el marido de la mujer que desea, hasta ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Stanley Kubrick, 1964), con la mano fascistoide del doctor Strangelove, pasando por la mano robótica que le implantan a Luke Skywalker tras un tajo de Darth Vader en El imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980).

El humano como prótesis de la máquina

Clásica pesadilla fordista en la que la máquina (cadena de montaje) integra elcuerpo del obrero como una pieza más de su mecanismo. Como muestra Tiempos modernos (Charles Chaplin, 1936), es una máquina amenazadora: si no sigues su ritmo, es capaz de engullirte o de expulsarte al paro. Una variante del capitalismo posmoderno podría ser Matrix (hermanos Wachowski, 1999), en la que la humanidad entera es la prótesis de una máquina-red que se alimenta de su energía. La máquina ya no es sólo el lugar de trabajo sino la realidad tal y como la conocemos. Liberarse de ella implica la desconexión y entrada en un mundo resistente, sí, pero triste y miserable.

La prótesis como signo de maldad

¿Qué tienen en común el Capitán Garfio, el Doctor No o Freddy Krueger? Sus
prótesis inquietantes, producto de algún turbio episodio, nos indican a primera vista que estos tipos no son de fiar (un truco de guión un poco facilón, ¿no creen?). Una segunda impresión nos muestra que además las utilizan para hacer el mal.

La cámara como prótesis del ojo

En este apartado, la realidad se ha adelantado al cine con casos como el del cineasta canadiense Rob Spence, que ha diseñado Eyeborg, una prótesis de ojo que lleva incorporada una minúscula cámara de vídeo. Eyeborg lleva al extremo las fantasías planteadas por películas como Blow up (Michelangelo Antonioni, 1966) o La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954), cuyos protagonistas sienten la necesidad de aprehender el mundo a través de una cámara, una suerte de prótesis visual que les permite captar una realidad expandida que el ojo no puede ver.

Tu prótesis me pone, cari

La prótesis como fetiche, juguete sexual o complemento morboso. Véase a una Catherine Deneuve con pata de palo en la Tristana (1970) de Buñuel o a la heroína de Planet Terror (Robert Rodríguez, 2007), cuya pierna metálica es también una práctica metralleta. Crash (1996), de Cronenberg, va más allá al proponer que las prótesis corporales que sustituyen a miembros amputados no nos vuelven discapacitados sino que nos abren un nuevo mundo de placeres y prácticas sexuales.

La nueva carne

Seguimos con Cronenberg, quien en Videodrome (1983) o eXistenZ (1999) incluye prótesis con aspecto orgánico (un biopuerto con forma de placenta al que se conecta una consola de videojuegos, un ‘lector de VHS’ en la barriga de James Woods con aspecto de vagina) para mostrarnos que nuestro cuerpo ha sido transformado hasta tal punto por la tecnología que ya no se sabe qué es artificial y qué es orgánico. Las prótesis no sólo suplen un órgano ausente, sino que modifican, desarrollan y expanden los órganos vivos.

Con ustedes, el cyborg

En la máxima expresión de la Nueva Carne, el cuerpo y la máquina se funden
hasta tal punto en el cyborg (contracción lingüística de los términos ‘organismo’ y ‘cibernético’) que ya no es posible distinguir entre uno y otro. En Robocop (Paul Verhoeven, 1987), al pobre policía Murphy le convierten en un cyborg dedicado a perseguir el crimen al servicio de una oscura compañía, pero el despertar de su lado humano (lo que nos indica que es más que un robot) le permitirá liberarse de sus creadores. Por su parte, Ghost in the shell (Mamoru Oshii, 1995), que sigue los pasos de una ciborg policía, propone un futuro poblado por seres humanos mejorados tecnológicamente que se conectan a redes de información para comunicarse.

Otro cuerpo como prótesis del nuestro

Un cuerpo que nos permite adentrarnos en mundos peligrosos y desconocidos. En Los Sustitutos (Jonathan Mostow, 2009) vemos un futuro distópico en el que la gente vive encerrada en casa y sólo sale al exterior a través de un cuerpo robótico manejado con el cerebro. Este cuerpo, que es una versión mejorada de uno mismo (el de Bruce Willis tiene pelazo, por ejemplo), es una fantasía de seguridad total: todos los peligros de la vida real sólo le sucederán a tu prótesis (también, todo contacto humano). En Avatar (James Cameron, 2009) se usa un cuerpo que es también una versión mejorada (más grande, más ágil, más fuerte), además de extraterrestre. En la primera, ese cuerpo prótesis es, en el fondo, una cárcel que nos impide disfrutar de una vida plena; en la segunda, sin embargo, de instrumento de dominación pasa al mismo tiempo a ser la
posibilidad de liberación.

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