Jesús Carrillo
Director de programas públicos del Museo Reina Sofía
"Las prácticas artísticas han de asumir que su autonomía no está en la torre de marfil"

Nos aprovechamos de las tecnologías para lanzar tres preguntas a Jesús Carrillo, director de programas públicos del Museo Reina Sofía y miembro de la red internacional de investigación Conceptualismos del Sur.

, Redacción
13/12/12 · 13:16

¿Cómo lees hoy las prácticas artísticas underground de los '70 y '80 en los países de América Latina y en España?

Se pueden leer simultáneamente como síntomas de sociedades en grave crisis a causa de su coyuntura particular: sometidas a regímenes dictatoriales que sofocaban con violencia real y simbólica la esfera pública; y como manifestaciones genuinas de dinámicas sociales de nuevo cuño que pugnaban por desbordar los marcos de valor establecidos, proponiendo una reinvención radical de los modos de vida. La superposición de ambos procesos iba a dar a los movimientos underground de los '70 y los '80 una polisemia y una capacidad enunciativa de la que se debe aprender hoy, aunque no deban añorarse las condiciones en que se produjeron.

¿Qué caracteriza hoy a las prácticas contraculturales?

Hoy en día la situación de crisis ha acabado siendo crónica y sistémica, aunque los mecanismos represivos no sean tan explícitos y vivamos en un régimen nominalmente democrático. Paradójicamente, víctima de esa misma crisis ha sido la noción canónica y normativa de la cultura, lo que ha quitado fuerza al gesto contra-cultural del antagonismo, asumiéndose socialmente la idea de una construcción subjetiva de la vida. La cultura es hoy un ámbito central de producción, de trabajo, de explotación y de consumo, pero también de lucha y resistencia, en el que es imposible localizar márgenes o afueras absolutos desde los que afirmarse como ocurría, por ejemplo, en el Punk.

¿Qué piensas de las relaciones entre arte y política en la actualidad?

La centralidad que ha cobrado la producción inmaterial, la comunicación y la transmisión de afectos en las sociedades contemporáneas, dota a las prácticas artísticas de una renovada capacidad de acción. Sin embargo, éstas han de asumir que su autonomía no está en la torre de marfil, ni se la da el mercado, sino que deriva de cuestionarse radicalmente la naturaleza y condiciones del saber, del hacer, del trabajar y del producir, generando un pliegue en la realidad. Esta, que sería ya una tarea política en sí misma, coloca necesariamente el trabajo del artista en el interior del proceso de construcción colectiva y cotidiana de lo social, nunca en un ámbito separado y de excepción.

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