FILMOTECA
El peso de la infancia

En el primer plano de la película un ojo que
ocupa toda la pantalla nos mira fijamente: el
plano puede interpretarse como una metáfora
del ojo del cine dispuesto una vez más a observar
(y a mostrarnos) otras vidas y, a la vez, también,
como el ojo del espectador preparado para
presenciar (y de paso a espiar) la vida de
esos personajes que, ajenos a nuestra mirada,
protagonizan la historia que nos proponemos
visualizar.

26/03/10 · 17:44
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En el primer plano de la película un ojo que
ocupa toda la pantalla nos mira fijamente: el
plano puede interpretarse como una metáfora
del ojo del cine dispuesto una vez más a observar
(y a mostrarnos) otras vidas y, a la vez, también,
como el ojo del espectador preparado para
presenciar (y de paso a espiar) la vida de
esos personajes que, ajenos a nuestra mirada,
protagonizan la historia que nos proponemos
visualizar.

En esta película de Michael Powell
(1905-1990), narrada en buena parte desde un
punto de vista subjetivo que identifica la mirada
del protagonista con la nuestra, simboliza,
además, la pasión enfermiza del personaje principal por filmar
los gestos de las personas frente al pánico y al terror.
Está protagonizada por Mark Lewis (Carl Boehm), un hombre
tímido y acomplejado, hijo de un psiquiatra que durante varios
años de su infancia registró con una cámara las distintas
reacciones de su vástago frente al miedo, fuera éste natural o
provocado. A este primer experimento le siguió otro que duró
hasta el momento de su muerte en el que el progenitor estudia a
través de su hijo la escoptofilia que es, según se nos indica, “la
necesidad morbosa de observar a los demás, conocida desde
antiguo como voyeurismo”.

Esta mezcla de objeto de estudio frente, al miedo primero y
una insana exposición a un voyeurismo inducido después, generan
en su edad adulta una patología que se manifiesta en un
irrefrenable deseo de grabar todas aquellas situaciones extremas
en las que participan una experiencia angustiosa junto a alguna
variante del erotismo.

El protagonista trabaja de cámara para un estudio de cine; y,
en su vida privada, siente una enorme atracción por filmar rostros
que manifiestan el horror repentino, el pánico extremo y,
como descubre muy pronto, ningún pánico mayor que la cercanía
inesperada de la muerte. Después, en la sala de proyección
de su casa, visualiza todas las grabaciones rechazando con desagrado
aquellas que no poseen el grado técnico deseado. Con el
tiempo se convierte en un psicópata obsesionado con sumar el
mayor número de escenas magistrales pues, en su mente enferma,
cree estar recopilando material para un documental sobre
el tema. Paralelamente, tiene lugar, al igual que en
Frankenstein, una peculiar (y necesaria) historia de amor.

Al estar su vida entera relacionada con el mundo del cine, y
más en concreto con la imagen y el montaje, esta obsesión por
acumular escenas memorables ha favorecido que la película se
pueda interpretar desde un punto de vista metacinematográfico:
como un ejemplo de la pasión extrema de ciertos directores por
alcanzar la perfección en cada plano; también como una muestra
de los efectos perniciosos de la cinefilia en aquellos que mantienen
una relación adictiva y casi enfermiza con el séptimo arte
que, con el tiempo, les puede llevar a confundir realidad con ficción.
Más que con La ventana indiscreta, cuya relación es indiscutible,
tiene conexiones profundas con Psicosis; y su influjo, como
la sombra de las grandes obras artísticas, puede percibirse
en Blow up o, de forma mucho más evidente, en Arrebato de
Iván Zulueta. Más recientemente, en la manera de enfrentarse a
la violencia, sus huellas pueden rastrearse en algunos títulos de
Haneke o en Las horas del día de Jaime Rosales.

El fotógrafo del pánico, que fue vapuleada por la crítica de la
época, incapaz de enfrentarse a una obra tan libre, tan atrevida
y tan provocadora, (un crítico la calificó de “una basura sádica,
morbosa y moralmente impresentable”) fue condenada al olvido
hasta que, 20 años después, su enorme valor fue restituido
gracias al empeño y la admiración de Martin Scorsese, pues es
una de esas películas que, una vez vistas, nunca se olvidan y
que, al igual que ciertas escenas incomprensibles de la infancia,
cada cierto tiempo vuelven a nuestra memoria y a nuestras conversaciones.

Tags relacionados: Número 122 Audiovisual
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