ESPECIAL CULTURAS
Pesadillas de ciencia ficción

Ciencia Ficción y cambio social ¿Dónde nos llevará el progreso? La ciencia Ficción señala cuáles son los posibles futuros.

31/07/09 · 12:07
Edición impresa

El mundo de 2006 ya no existe, ha dicho un economista
recientemente. La ciencia ficción regresa para decirnos “ya os lo dije”.
El miedo al futuro y el progreso como culpable de ese miedo, y de ese
futuro, nos devuelve al escenario de las peores distopías imaginadas.

Es obvio que la literatura no
cambiará el mundo; el mundo
lo cambian las personas. Pero
las personas pueden ser lectoras;
y en los libros se transmiten
ideas. Y las ideas pueden
conseguir movilizar a las personas
a base de ofrecer nuevas
miradas, plantearles nuevos
horizontes o, sencilla y complejamente,
sugerir.
La ciencia ficción puede
contribuir a esa nueva mirada
desde el momento en que trabaja
con mundos posibles. En
la ciencia ficción, la utopía es
posible; cualquier cosa es posible.
Y el simple hecho de
mostrar su posibilidad otorga
una perspectiva de realidad
–mental– que llega a ser ilusionante:
puede ser cierto. En un
mundo, el nuestro, donde la
caída del Muro de Berlín trajo
consigo la Teoría del Fin de la
Historia y la fe en que el capitalismo
globalizado es “el mejor
de los mundos”, el simple
hecho de plantear, en principio
sólo de manera retórica,
aunque plasmado plásticamente,
otras posibilidades, de
ofrecer a las mentes de los lectores
(amputar el pensamiento
es abortar la acción; enriquecerlo
es fomentar caminos para
llevarla a cabo) la sugestión
de que existen otras muchas
maneras de organizar la sociedad
y de relacionarnos entre
nosotros es ya un ejercicio de
estímulo a la reflexión, a plantearse
si se está de acuerdo o
no con lo que nos rodea.
Afirmar que la literatura, que
cualquier manifestación artística,
está exenta de ideología, es
como aseverar que sus autores
no están insertados en una sociedad.
Su forma de relacionarse,
de entender el mundo,
de estructurarlo a él y a la sociedad,
de posicionarse frente
a cualquier acto humano (incluida
la pasividad o la indiferencia
como respuesta) es una
manifestación política que se
extiende a sus acciones. Y la
escritura, ejercicio intelectual,
no va a ser menos. Y la ciencia
ficción, ejercicio especialmente
intelectual por cuanto de
desarrollo imaginativo y especulativo
posee, mucho más.

Estímulo y participación

Cuando se opta –entre su plurifuncionalidad–
por una función
transformadora del arte
(función que debe ser la básica
en un momento histórico
lleno de injusticia, sufrimiento
innecesario y desigualdad),
la literatura tiene en su mano
la oportunidad de poder arrojar
preguntas. No de dar respuestas,
sino de estimular para
que el lector sea un receptor
partícipe y activo, que deba implicarse,
tomar decisiones...
Pensar y hablar con su propia
voz, en definitiva.
En ese sentido, la ciencia ficción
es un mecanismo inigualable
para plantear preguntas
que no podrían ser formuladas
de otra manera (al no limitarse
a tiempos y mundos ya existentes).
Los panoramas especulativos
que plasma el género son
universos repletos de ellas:
¿Cómo funcionará una sociedad
con tales principios? ¿Qué
pasaría si…? ¿Cómo sería la
vida en estas condiciones?
Son laboratorios de ideas,
pues permiten poner en práctica
(aunque sólo de manera
ficcional) juicios teóricos con
gran flexibilidad.
Por parte del escritor, la
búsqueda del principio de verosimilitud
aristotélico, pilar
de toda narración de ciencia
ficción, y de coherencia interna
del mundo ficcional provocan
un importante ejercicio
intelectual en el autor para
darles vida y consistencia a tales
ideas. De este modo, obliga
a una necesaria y profunda
reflexión, un replanteamiento
continuo del sentido.
Para el lector, sumergirse en
ese nuevo universo le permite
observar su mundo y sus posibilidades
con una dislocación
espléndida para poder ganar
distancia y perspectiva y, de este
modo, analizar su realidad
con detenimiento.

Ideologías subyacentes

El mayoritario uso conservador
que se ha dado a esta herramienta
(aunque no es la parte
que más ha trascendido el
género), en temas, iconos, símbolos
y enfoques, no invalida
en absoluto sus capacidades.
De hecho, es muy significativo
que los primeros autores de
ciencia ficción la utilizaran para
mostrar otros mundos posibles
(utopías socialistas, básicamente),
con la transformación
social como horizonte.
Hay autores suficientes como
ejemplos para caminar con esa
perspectiva sin tener que partir
de cero. Sólo hace falta voluntad,
autocrítica y reflexión
para evitar la reproducción
automática e inconsciente de
elementos reaccionarios asimilados
en la tradición de la
ciencia ficción.
La distopía, con su carácter
de hiperbolización de los
asuntos socioeconómicos y
políticos del presente más negativos
para el autor, con su proyección desde el “si esto sigue
así…”, es una herramienta
importantísima para arrojar
luz sobre los claroscuros
de nuestros días. De hecho, es
el subgénero de la ciencia ficción
que más aceptación y difusión
ha tenido (1984, de
George Orwell, Un mundo feliz,
de Aldous Huxley, Farenheit
451, de Ray Bradbury) y el que
mayor atención ha conseguido
del público no especializado
(hasta el punto de perder la etiqueta
de “ciencia ficción”). La
renuncia a ella, que puede
palparse en buena parte de los
escritores y lectores del género
en la actualidad, es sólo
una muestra del conformismo
imperante. Pero su fuerza sigue
estando vigente, y sus características
no han dejado de
poseer una potencia única, como
demuestran brillantes distopías
recientes (Jennifer Gobierno,
de Max Barry, Oryx y
Crake, de Margaret Atwood) ,
más aún en un mundo de desinformación
por sobreinformación,
de ceguera por exceso
de focos.
Por otra parte, la necesidad
de autoexigencia estética es
un componente intrínseco a
la creación literaria.
Reducirse a ella es una opción
válida (por más que éticamente
insuficiente), pero se debe ser consecuente con lo que se
renuncia con ello, con lo que
se está dejando de lado.
Afirmar, por tanto, que son
incompatibles la voluntad de
transformación y la búsqueda
de belleza estética es una forma
burda y torpe de tratar de
desprestigiar la primera. Las
novelas críticas que son malas
lo son porque son deficientes
técnicamente, pobres
estéticamente, pero no por el
mero hecho de ser críticas.
Los desposeídos o La mano
izquierda de la oscuridad,
ambas de Ursula K. Le Guin,
Todos sobre Zanzíbar, de
John Brunner, Limbo, de
Bernard Wolfe, demuestran
que se puede lograr un artefacto
artístico impecable, incluso
con riesgo en el plano
formal, que contenga una
fuerte carga disidente y de
posibilidad de cambio.
Frente a la resignación actual,
la desolación y la desilusión,
frente a la homogeneización,
la ciencia ficción
muestra caminos, alternativas,
posibilidades sobre las
que sus lectores, tornándose
en integrantes activos de una
comunidad, pueden reflexionar
y utilizar como pistas de
despegue en la consecución
de una sociedad distinta; justa,
igualitaria y cooperativa.

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comentarios

1

  • |
    noga menfu
    |
    08/05/2013 - 2:49am
    ¿Me podrían dar información sobre el cartel ruso? Gracias.
  • Luis Demano
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