Parecidos como dos gotas de ácido

En la novela de no ficción Ponche de ácido
lisérgico aparecen dos apóstoles de la religión del
ácido, Leary y Kesey. Nos acercamos a sus viajes.

- Alta fidelidad: la no ficción como la literatura de la realidad

11/02/11 · 8:00
Edición impresa

La dietilamida de ácido lisérgico
(LSD) fue sintetizada por primera
vez en 1938 por el suizo Albert
Hoffman mientras trabajaba para
los laboratorios Sandoz (hoy
Novartis). Hasta 1943, Hoffman
no experimentó con el LSD, y
sus impresiones fueron que la
sustancia le había sumido en un
“estado de intoxicación no desagradable,
caracterizada por una
imaginación extremadamente
estimulada”. Después se montó
en su bicicleta y se fue a casa flipándolo
en colores. De ese viaje
surgió un mito que ha permeado
en capas de la sociedad que jamás
experimentarán con ácido:
“¡Tú estás de tripi!”, se puede oír
en cualquier calle de cualquier
pueblo español. En los países anglosajones
bad trip [mal viaje] es
una expresión que en un momento
de búsqueda de popularidad
se le puede escapar hasta a
un Obama.

El filósofo y el motero

Con la contribución esencial de
Timothy Leary y de Ken Kesey,
la dietilamida de ácido lisérgico
se convirtió en referente de la
nueva cultura americana. Leary
fue el apóstol místico del asunto,
mientras que Ken Kesey contribuyó
decisivamente a conformar
el espíritu indómito que todo
motero cree llevar dentro. El predicador
y el cowboy se dedicaron
entre 1958 y 1965 a llevar la
buena nueva a una legión de jóvenes
que con el tiempo se convertirían
en jipis a los ojos del
mundo y de la historia. Naturalmente,
el LSD no es la única droga
que servía para realizar esa
iniciación a la vida: las anfetaminas,
los psylocibes, la mescalina,
el alcohol y la marihuana también
cargaban la mochila de estos
viajeros, pero, quizá por ser
una droga “occidental”, el ácido
se llevó la fama.

Timothy Leary, nacido en
Springfield (Massachusetts), entró
en el mundo de la droga
cuando estudiaba psicología en
la Universidad de Berkeley. Se
puede decir que Leary también
lo flipó bastante cuando se enchufó
los primeros ácidos. Así,
se le ocurrió que la manera que
tenía de proteger a su grupo de
afinidad era constituir el LSD como
sacramento de una religión.
Pensaba Leary que la Liga para
el Descubrimiento Espiritual,
que así se llamó esta creencia,
estaría protegida de la legislación
estadounidense. Se equivocó.
Desde 1965 hasta 1976, su vida
fue una huida precipitada que
le llevó por lugares tan ‘triposos’
como Argel, Viena y Beirut hasta
el Reino Unido, de donde
Nixon lo recogió para depositarle
en la prisión de Folsom. Con
el tiempo, ya fuera de la cárcel,
Leary fue dándole un giro cada
vez más místico a sus ensayos
psicológicos, hasta alcanzar el
punto de cocción necesario para
tomarse en serio las palabras de
Aleister Crowley y revisar a su
modo la filosofía oriental.

Timothy Leary dio un
giro místico a sus
ensayos psicológicos
para revisar a su modo
la filosofía oriental

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De Perry Lane al ácido

Mucho más interesante que la
vida de Leary (es así, Timothy)
es la epopeya de Ken Kesey, un
personaje que lo tuvo todo gracias
a dos libros, uno que escribió
él y Ponche de ácido lisérgico,
de Tom Wolfe. Kesey, criado
en Springfield (Oregón) fue elegido
por sus compañeros como
el alumno con más posibilidades
de éxito de su escuela. Cómo le
llegó ese éxito fue lo que le convierte
en el prototipo de surfista
que sabe cabalgar en la cresta de
la ola de la vida.

Stanford, California, verano
de 1958. Un licenciado en psicología
llamado Vic Lovell charla
desde la mecedora de su porche
en el tranquilo barrio de Perry
Lane con un vecino; un muchacho
fuerte, que dice ser escritor
y que se muestra impresionado
cuando Lovell le habla de Freud
y el psicoanálisis. Esa tarde, el
psicólogo le comenta que en el
hospital de veteranos de Palo
Alto hay un experimento para el
que el equipo médico requiere
voluntarios jóvenes y fuertes. A
cambio de 75 pavos, el joven,
Ken Kesey, accede a tragarse
tres pastillas: un placebo, una
llamada Ditran y una pastilla roja.
La pastilla roja resulta ser
LSD. En ese momento surge la
primera historia que Kesey tenía
que contar al mundo.

El gran acierto de Kesey en
Alguien voló sobre el nido del cuco
fue revolcarse en el territorio
de la ficción; de este modo ahorra
al lector sus experiencias
sensoriales y extrasensoriales,
que narradas por un jipi, justifican
su fama de plomos. La combinación
de locos, cuerdos, mujeres
diabólicas, antiautoritarismo
y estados alterados de conciencia
fascinó a Kirk Douglas,
que protagonizó la versión teatral.
Diez años después su hijo
Michael produjo la exitosa adaptación
al cine de Milos Forman,
una película que no gustó a
Kesey.

Aunque lo escribiera Tom
Wolfe, onche de ácido lisérgico
es el otro gran libro de Kesey,
que, en el momento en que
transcurre la obra acaba de terminar
A veces un gran impulso,
también adaptada al cine.

Ken Kesey fue elegido
por sus compañeros
como el alumno con
más posibilidades de
éxito de su escuela

Ponche de ácido lisérgico narra
los preparativos, el viaje y los
malos viajes de los alegres bromistas
(merry pranksters), un
grupo básicamente joven, blanco
y guapo, de seguidores del
ácido, conformado alrededor del
rancho de Kesey en La Honda
(California). El viaje del autobús
escolar Furthur [más allá], decorado
para la ocasión con motivos
indios y colores de subrayador,
se convirtió en el best seller
del movimiento psicodélico. Su
influencia se expandió desde
San Francisco hasta Hollywood,
y el LSD se convirtió en la droga
de cabecera de grupos de música,
actores, vagos y maleantes.

El propósito de Kesey en
Ponche de ácido es ir “más allá
del ácido” con su panda, pero el
autor no se sintió identificado
con la versión de Wolfe y vino a
decir que el reportero “no había
entendido nada”. A pesar del
malestar del padre del cordero,
el libro fue un éxito y hoy es una
referencia para comprender el
fenómeno contracultural de la
‘generación silenciada’.

Después de que la policía le
advirtiese de que la cosa se iba a
poner más seria si seguía “escandalizando”,
Ken Kesey se retiró
a un rancho donde se dedicó
a sus labores, a establecer
contacto con los extraterrestres
y a publicar un par de obras.
Treinta años después de su paso
por el hospital de veteranos, la
desclasificación de unos documentos
le informó de que el experimento
en el que había conocido
la droga de su vida formaba
parte de un programa secreto
de la CIA llamado MK Ultra.
Según estos informes, el laboratorio
Sandoz estaba empeñado
en que unas cuantas gotas de
LSD en las fuentes de abastecimiento
de un ejército enemigo
decantaría cualquier guerra del
lado de EE UU. Pero eso es otra
historia.

Tags relacionados: Número 143 Audiovisual
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