FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE GIJÓN
Pantallas depredadoras

El festival de cine de Gijón, celebrado del 23
de noviembre al 1 de diciembre, contó con una
interesante sección oficial y unas secciones
paralelas que hacen un hueco a cines que apenas
se pueden ver en las pantallas comerciales.

21/12/06 · 0:00
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Sección oficial:
para todos los gustos

Como es habitual en el certamen
gijonés, la sección oficial
estuvo dominada por las producciones
independientes y
el cine de autor. Películas de
los cinco continentes, incluidas
las antípodas, aunque en
este caso con una película totalmente
prescindible, la neozelandesa
Nº 2, más propia de
una sobremesa de Antena 3
que de un prestigioso festival
como el de Gijón. El cine español
aportó una interesantísima
película, La línea recta,
del hasta ahora productor
José María de Orbe. Orbe debuta
en el cine con una historia
extrema protagonizada
por una joven precaria individualista
y solitaria hasta casi
el autismo. La debutante Aina
Calpe encarna soberbiamente
a esa joven absolutamente
muerta en vida, aquejada de
un profundísimo vacío existencial,
a la que de Orbe sigue
con su cámara en su rutinario
trabajo de repartidora de publicidad.
El ritmo lento (a veces
demasiado) y la puesta en
escena seca y sin concesiones
de la película provocó el cabreo
de buena parte del público
y de la crítica. No obstante,
algunos pensamos que
La línea recta fue una de las
mejores películas de la sección
oficial y su programación,
todo un acierto por parte
del festival, muy poco dado
a programar cine español sólo
por rellenar cuota nacional.

Para los que esperábamos
con impaciencia la nueva película
del austriaco Michael
Glawogger, tras descubrir la
pasada edición su sobrecogedor
documental Working
Man’s Death, Slumming, su
regreso al cine de ficción, no
pudo ser más decepcionante
con esta película sobre dos jóvenes
pijos y ociosos dedicados
a hacer putadas a pobres
desgraciados menos ricos y
guapos que ellos. Glawogger
no logra trascender la anécdota
y todo se queda en una
fábula bastante superficial.

El cine indie americano, representado
por Shortbuts de
John Cameron Mitchell y
Una guía para reconocer a
los santos de Dito Montiel,
obtuvo el favor de crítica, público
y jurado. La primera,
mejor guión y mejor dirección
artística, es una apología
de la libertad sexual con
escenas de sexo explícito, algo
que aquí puede resultarnos
más bien
banal pero
que
en los
ultraconservadores
EE UU de
Bush supone un
auténtico ejercicio de cine
militante, y la segunda, galardonada
por su reparto masculino,
es el relato autobiográfico
de una juventud en un
barrio dominado por la mafia
y las drogas. El cine asiático
de autor estuvo representado
por I don’t want to sleep alone
del siempre interesante
Tsai Ming Liang, una historia
de dualidad y soledades.

La polémica la puso el documental
Resistencia de
Lucinda Torre, que narra el
dilatado y enconado conflicto
de los trabajadores de la fábrica
asturiana Duro Felguera
en los años ‘90. La película
dividió a los propios protagonistas
del largometraje, ya
que mientras que una parte
de los obreros apoyó su estreno,
otra fue muy crítica hacia
la realizadora, hija, por cierto,
de uno de aquellos 232 metalúrgicos
despedidos por la
empresa en los felices años
del ‘felipismo’.

La película alemana Longing,
de Valeska Grisebach,
consiguió el premio del jurado
internacional, así como el
prestigioso premio FIPRESCI,
que otorga la crítica internacional.
El premio del
jurado joven fue sin embargo
para Offside, una comedia
iraní de Jafar Panahi que utiliza
el fútbol como excusa para
hablar de la discriminación
de las mujeres persas. La
película narra la anécdota de
un grupo de mujeres que se
disfrazan de hombres para
burlar la prohibición de acudir
a los estadios de fútbol.
Como afirmaba Panahi en
Gijón, “en
Irán sólo
puedes
dedicar
un 20%
a la creatividad, el 80% restante
lo destinas a sortear las
trabas de la censura”.

Vientos del este, nuevos
cines del ‘socialismo real’

Rebeldía contra un sistema
político opresivo y contra una
estética caduca y asfixiante
caminaron juntas en los llamados
“nuevos cines del este”,
y es que si por aquella
misma época (excitantes
años ‘60) en Francia los jóvenes
de la nouvelle vague lanzaban
sus dardos envenenados
contra “una cierta tendencia
del cine francés”
(según la célebre frase que
acuñaría Françoise Truffaut);
en Hungría, Yugoslavia,
Polonia, Rumanía o la
Unión Soviética los jóvenes
cineastas no podían estar ya
más hartos de un ‘realismo
socialista’ convertido por el
estalinismo en dogma y canon
de todas las artes ‘marxistamente
correctas’. El resultado
de esa rebelión político
cultural fueron un buen
puñado de películas maravillosas,
imprescindibles, como
Los amores de una rubia,
La infancia de Iván, El manuscrito
hallado en Zaragoza
o Los misterios del organismo,
que se pudieron ver en el
ciclo organizado en Gijón. El
apellido de muchos de aquellos
cineastas insumisos nos
suena: Polanski, Forman,
Wadja, Tarkovski... La mayoría
de ellos continuaría sus
carreras en Occidente, agobiados
por los constantes
obstáculos que la censura les
ponía; los más desafortunados
dieron incluso con sus
huesos en la cárcel, porque
con la llegada del cejudo
Breznev al Kremlin el viento
moscovita volvió a soplar en
una dirección nada favorable
a los experimentos sociales y
estéticos. Si la primavera de
Praga terminaba por las bravas,
aplastada por los tanques
del Pacto de Varsovia,
esta primavera cinematográfica
también terminaría de
muy malas maneras, con los
censores poniendo orden en
un cine tan inadecuado para
las masas proletarias.

Lisandro Alonso
y Bruno Dumont

Otros de los platos fuertes del
festival fueron las retrospectivas
de dos cineastas dedicados
a una radical
innovación del relato
cinematográfico,
el argentino
Lisandro Alonso
y el francés
Bruno Dumont.
El primero
irrumpió como
una rara
avis en el cine de
su país con La libertad, una
breve película sobre la vida de
un hachero en la Pampa. Más
allá de la discusión sobre si se
trata de un documental o de
una ficción (“a mí me da lo
mismo”, replicaba Alonso en
Gijón), la película se dedica,
en palabras de su director, “a
observar a gente a la que nadie
mira”, con una maestría
que vuelve fascinantes los actos
más cotidianos sin necesidad
de recurrir a una historia.
Con Los muertosy Fantasma
Alonso ha continuado explorando
esta senda.

Dumont, que proviene del
ámbito de la filosofía, también
se muestra fascinado por
la gente común y la conducta
humana, y demuestra que las
historias de siempre se pueden
reinventar y contar de
una forma totalmente distinta,
llegando incluso a deconstruir
los géneros (el policíaco,
por ejemplo, en L’humanité).
Sus cuatro películas (La vie
de Jesús, L’humanité, 29
Palms y Flandres) invitan al
espectador a participar en la
historia, rellenado los huecos
que deja el relato, y sitúan en
un lugar privilegiado los
cuerpos de sus protagonistas,
que buscan desesperadamente
el contacto y la capacidad
de sentir en un entorno
alienante y opresivo.

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