FUERA DE LUGAR
Paisaje de un proyecto (86-92)

Como una autorremezcla de su relato La vida londinense, la autora dibuja
un espacio generacional más allá de la historia o del fin de la misma.

04/07/11 · 16:15
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Ilustración: Quique de la Fuente

“Sólo porque está muerto, somos
capaces de leer el pasado”

Enrique Vila-Matas,
Historia abreviada
de la literatura portátil.

Nacimos justamente al comienzo
del fin de la Historia. 1975.
1977. Crecimos en el gueto del
fin de la Historia,
en inmuebles
con techos de 2,5 metros de altura;
casas donde la autopista, como
una muralla defensiva, nos
separaba de la ciudad y donde
los bloques baratos se sucedían
por grupos de variaciones nimias.
Las torres tenían siglas
asignadas, muros de papel de fumar,
suelos de terrazo, paredes
con gotelé, cocinas funcionales
y, en todos y cada uno de los salones-
comedor, un ojo, ídolo y
mascota, el jefe de la tribu: la televisión,

haciendo de nosotros
un solo niño que miraba hacia
otro lado mientras se desenvolvía
a la perfección el engranaje.
625 líneas de imaginación listas
para ser consumidas.

Fuimos adiestrados para servir
y ser servidos por el capital.

Para perpetrar convenientemente
el fin de la Historia. Para desempeñar
al dedillo el programa
evolutivo según el cual primero
seríamos niños ahistóricos, después
adolescentes ahistóricos,
más tarde juventones ahistóricos
y por fin hombres y mujeres
libres y capitalistas. Deberíamos
mover dinero, generarlo para
luego gastarlo para después volverlo
a obtener.

El proyecto estaba escrito y el
proyecto se cumplía. Y en ese
fondo nos recortábamos como
figuras. Hablo de la Ahistoria,
de lo que sucedió justo antes de
la destrucción imparable. Hablo
de inmensos descampados urbanizados
sin tregua.
Hablo de
colegios de ladrillo visto levantados
en mitad de la nada. Hablo
de parques artificiales, de plazas
duras y sin sombra, de mercados
sin tradición, de ascensoresataúd,
de barandillas sin dibujos,
de cuartos colectivos para bicicletas,
de horizontes dibujados
por repetidores de alta frecuencia.
Hablo de tardes completas
sentadas en un bordillo, de
chabolas en badenes, de vías
muertas y charcos gigantes que,
como partículas de carbono 14,
desmentían el placebo de la
Ahistoria. Hablo de autobuses
atestados que, como un tren correo
nos depositaban en lo Otro,
lo que no era nuestra zona, el incuestionable
Centro Ciudad,
donde sucedían o, al menos, habían
sucedido otras cosas.
Antes. Se infiere que la Historia.

Pero la Historia estaba bien
resguardada gracias a la autopista,
los polideportivos y el
cementerio. La Historia estaba
callada y la ficción de nuestra inmortalidad
era tan efectiva,
que
todo intento de épica quedaba
reducido al momento a anécdota.
Eran años de apuntalar a
nuestro alrededor el parque temático
de la Normalidad por el prurito de cumplir una misión: la
abolición de la incertidumbre y
la sucesión idéntica de los años
sobre el esquema temporal marcado
por los cursos y las vacaciones
consecutivas.

Tendríamos que encontrar nosotras
solas el pliegue que nos
sacara de la Ahistoria. Que nos
devolviera al devenir, a lo informe
y a la posibilidad. Naceríamos cuando halláramos el modo
de cruzar definitivamente la autopista.

Había que abandonar la
Ahistoria. Y no, no era tan fácil.
Porque cuando una se ha criado
en un refugio al margen de la
Historia, es tremendamente ignorante
y no tiene absolutamente
ninguna propuesta que
hacerle al mundo. Y el proyecto
estaba escrito y el proyecto se
cumplía. El proyecto existía y el
proyecto se había cumplido. //

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