Otra mirada que cuenta el exilio

La sala Cuarta Pared de Madrid reunió a finales de marzo la trilogía teatral ‘La fragilidad de la memoria’, de Victoria Szpunberg. Después del estreno, nos colamos en las oficinas del teatro para hablar con esta autora de origen argentino.

20/04/11 · 7:32
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Son las seis de la tarde. En la
puerta de la sala Cuarta Pared
Victoria Szpunberg (Buenos
Aires, 1973) y el crítico José
Henríquez (Santiago de Chile,
1947) esperan a esta escribana
para colarse en las oficinas del
teatro y hablar de El meu avi
no va anar a Cuba (els neus
pares si), La marca preferida
de las hermanas Clausman y
Memoria de una Ludisia.

Estas tres obras (dos teatrales
y una sonora) forman la trilogía
de Szpunberg, y responden a un
proceso de escritura muy particular.
Desde la experiencia personal
entroncada con el humor y la
ironía, las piezas tocan el doloroso
tema de la persecución, el
secuestro y la tortura en la dictadura
argentina, así como la
relación de quienes nacieron
en los ‘70 con sus padres y ma-
dres militantes de izquierdas
exiliados. Esta generación de
jóvenes empieza a hacer balance
de su propia historia.

El arranque de la trilogía se
sitúa en 2007. La dramaturga
recibió una beca de Iberescena
para trabajar sobre la memoria
y el exilio. “Cuando me la dieron
me entró el pánico. Me daba
mucho pudor y vértigo, así
que aproveché un encargo que
me hizo el festival Grec para
reunirme con gente muy cercana
cuyo trabajo artístico admiro
mucho, y que también son
hijos de exiliados”, explica Victoria
Szpunberg.

“Me junté con Lucas Ariel
Vallejos, Sabina Witt y Marta
López, y empezamos a trabajar
el material. Cada uno hizo lo
que sabía hacer. Lucas es batería
y sonidista, y en la primera
pieza se reconocen las batucadas
y los movimientos de
H.I.J.O.S con el tambor, por
ejemplo. Trabajaba con el
equipo, me iba a casa, escribía,
volvía, probaba, reescribía.
Fue una escritura escénica
más que una escritura de autor”,
comenta esta autora.

La escritora leyó los textos de
Pilar Calveiro y Primo Levi, y
muchos materiales teóricos
sobre la relación entre horror y
literatura, sobre cómo tratar eso
que llaman ‘hecho abismal’.
Viajó a Buenos Aires y estuvo
en la antigua ESMA (Escuela de
Mecánica de la Armada), y en
los campos de concentración
(ahora hay un debate abierto
sobre qué hacer con estos espacios):
“Cada uno tiene su visión
sobre la dictadura argentina
y el exilio”, dice Szpunberg.

El feed-back continuo con el
equipo de la primera obra le valió
mucho para la escritura de
las siguientes. Al final de El Meu
avi ya estaba escribiendo Las
Clausman. “Acabé una primera
versión y la entregué a Iberescena”,
cuenta.

Después aprovechó la petición
de unos textos radiofónicos
para hacer Memoria de una
Ludisia, pieza sonora de nueve
minutos que cierra la trilogía.
“Me cuestioné mucho cuál
era el formato para hablar de
este tema. Al principio no sabía
si tenía que hablar de la dictadura,
de mi familia... No sabía
por dónde entrarle al tema.

Antes de escribir me parecía
que todo iba a ser ridículo y pretencioso,
pero luego una vez
escrito no tuve esta sensación”,
admite la escritora.

Tener la posibilidad de formatos
diferentes le ayudó para
no limitarse a una única mirada.
“En esa línea delicada entre
no ser paternalista ni irrespetuoso
¿dónde te sitúas? Es muy
difícil, y a mí no me gusta el teatro
que pega patadas de forma
explícita”, dice Szpunberg. Es
una apasionada de las técnicas,
de las elaboraciones formales,
pero su dramaturgia no responde
al modelo de causa y efecto:
“Lo de la causa-efecto no lo he
entendido nunca. Creo que no
funcionamos así ni psicológica
ni socialmente. Si no, todo sería
más fácil”.

La revolución no pasa en casa

que tienen los hijos, y esto lo
abordo en Las Clausman.
Cuando tocas el tema de los militantes
de esa época, generalmente
se mitifica. Evidentemente
fueron héroes, pero –y
esto me ha costado mucho– se
trataba de cuestionar sin “confundir
al enemigo” –puntualiza
Szpunberg–. “No se trata de atacar
lo que hizo la izquierda, con
todo lo que hizo el otro bando,
pero creo que la izquierda en La
Argentina también tuvo parte
de responsabilidad con lo que
pasó. Fue muy asimétrico y desproporcionado,
por eso casi no
se habla de estos temas”.

comentario:
“Hay una crítica dura
e irónica a la vida de cierta izquierda
que estuvo en una posición
en un momento, y también
un análisis de lo que ha sido la
izquierda en su vida personal y
familiar”.

Szpunberg devuelve: “La relación
surrealista de muchas de
esas personas militantes con
sus hijos me cuesta mucho
entenderla”.

La tercera en la mesa apostilla:
“Como cuando te refieres en
la segunda obra al (ausente) padre
de las Clausman que brinda
con champán francés por la caída
del muro de Berlín, o el hecho
de que las hijas estén en
mundos paralelos y no quieran
cargar con la angustia (ni la felicidad)
de su madre”.
Szpunberg se adelanta: “Yo
intenté no juzgar. Para las hermanas
Clausman, Rick Astley
y Che Guevara están en el mismo
plano de valores, ¿y por qué
no? En Barcelona a mucha
gente que no tiene ni idea ni interés
en la dictadura argentina
le gustó la obra por reconocerse
en los ‘90 y por la relación
de hermanas, con la que
se identificaban”.
Pausa. Respiro. Cambiamos
de asunto y hablamos de los
recursos escénicos que se
usan en las dos obras teatrales.
En la primera, entramos a
través de una película sobre el
exilio argentino que se graba
en escena. En la segunda, en
el juego de unas hijas que imitan
a su madre.

Szpunberg entonces se sincera:
“Intuía que para tratar este
tema tenía que hacerlo desde la
representación de la representación.
Me cuesta mucho pensar
en convertir el espacio dramático
y escénico en un campo
de concentración, por ejemplo.
No concibo este tipo de teatralidad.
No me la creo, y no creo
que el teatro tenga derecho a
hacer esto, casi ni el cine.
Porque cuando Spielberg se
permite entrar con su cámara
en las cámaras de gas es una
obscenidad. En realidad, nadie
que estuvo allí pudo contarlo,
con lo cual filmar eso es mentira
y una falacia. A mí me produce
mucho pudor, y he visto trabajos
de este tipo. ¿Pero dónde
está el límite de la representación?
¿Cómo podemos abordar
desde la ficción el horror?...
Esta pregunta que me inquieta
aparece en las obras”.

En Memoria de una Ludisia,
la tercera parte de la trilogía,
aparece otro enfoque de la
misma historia, y atraviesan
los oídos del público una descripción
que una mujer argentina
exiliada en Barcelona hace
de su día a día, una entrevista
en la que una periodista
pregunta insistentemente a la
mujer si se siente una víctima
o no, y una voz en off de una
militante que explica lo que
ella hacía de joven (“yo a tu
edad me la bancaba”).

Después de más de dos horas
de conversación nos tomamos
un café en la biblioteca de
la Cuarta Pared, y José Henríquez
expone un pensamiento:
“Para los inspectores de dramaturgia
sería fácil interpretar
tu obra como un trauma entre
hermanas hijas de exiliados de
la represión argentina. Pero
hay un equilibrio, no sentencias
y creas un territorio que mira
desde todos los ángulos qué está
ocurriendo”

Según Victoria Szpunberg,
“hay gente que se ofendió al ver
Las Clausman porque no explicaba
la dictadura argentina, pero
yo no quería explicarla”.

La dramaturga también cuenta
que hay gente de la generación
de sus padres que vio la
obra y que en general tuvo buena
aceptación. Aunque reconoce
que es un tema muy delicado.
Se acaba la conversación. Su
hija la reclama, y el teatro está
abriendo las puertas.

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