Nostalgia de un mundo no colonizado

Cada vez que se enarbola la palabra ‘pueblo’ es en favor de una homogeneidad de raza intrínseca a una patria o a una tierra. Sin embargo, no es éste el sentido que Pasolini da a esa palabra.

20/04/12 · 8:00
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Pasolini es un nombre propio de misteriosa congruencia. Cuando una tira de sus hilos parece que se pudiera deshilvanar toda la madeja siguiendo una lógica impecable. Un hilo de poesía lleva a través de su cine a su ensayística. Si se eligiera otro hilo (esto es: otra idea motriz), la madeja se desharía igualmente. Da igual que se comience por su defensa de lo dialectal, su crítica a la Iglesia o su gusto por los rostros arrebaleros, todo acaba casando, de algún modo raro, pero casando. Lo curioso es que la obra de Pasolini no es un ejercicio tortuoso de no-contradicción a través de infinitas matizaciones y notas eruditas, no; incluso da la sensación cuando se acerca una a su obra que es algo basto, poco fino en sus razonamientos, desmesurado en sus afirmaciones. Regis Debray identifica pueblo con “la árida soledad de las fuerzas anónimas”. Esta definición parece ajustarse a Pasolini.

Para Pasolini, ‘pueblo’ es aquello que se resiste a la imparable homogeneización del lenguaje

Pueblo, para Pasolini, no es Estado, siquiera es sociedad, es aquello que se resiste a la imparable homogeneización del lenguaje (y para Pasolini, como para tantos, la realidad es lenguaje). El pueblo habla, para Pasolini, en dialecto, no sólo se comunica, también se expresa, no es culto, ansía una revolución, pero no es una revolución política tradicional (el “izquierdismo”, dice parodiando a Lenin, “es una enfermedad verbal del marxismo”); es antropológica, más lenta (“La revolución tiene la pereza del sol sobre los campos medio pelados, sobre las barracas”), pero más profunda, afecta al propio hombre, no sólo a su organización social. No cree Pasolini que esa revolución pueda llegar de la burguesía, siquiera del obrero o campesino ya educado. “Tengo nostalgia de la gente pobre y verdadera que peleaba por derribar a un patrón sin convertirse en aquel patrón. Como estaban excluidos de todo, nadie los había colonizado. Yo tengo miedo de esos negros rebeldes, idénticos al patrón, otros saqueadores que quieren todo a toda costa”.

Fascismo

El fascismo mutó rápidamente para sobrevivir poniéndose al servicio de la nueva estructuración antropológica de la sociedad: la sociedad de masas. Pero también ha mutado, piensa Pasolini, la izquierda. Tanto el uno como la otra se han doblegado al progreso; hasta tal punto, que pudo escribir en 1974 que “en Italia una diferencia apreciable -más allá de la opción política como esquema muerto que se ha rellenado gesticulando- entre un ciudadano cualquiera fascista y un ciudadano cualquiera antifascista. [...] Ambos son cultural, psicológicamente y, lo que es más impresionante, físicamente intercambiables”. El fascista de hoy no es un fascista de bigotillo, con regusto cristiano y valores obsoletos. Quedan fascistas así, pero nos engañaríamos pensando que son el enemigo.

Pasolini no pudo describir el rostro de ese nuevo enemigo con detalle, aunque sólo fuera porque fue asesinado en 1975, un año después de escribir lo anterior (curiosamente pocos días después de Pasolini, murió Francisco Franco, acaso penúltimo vestigio del viejo fascista). Apenas sí pudo pensar en esta nueva mutación: “El retrato robot de este rostro aún blanco del nuevo Poder le atribuye vagamente rasgos modernos, por la tolerancia y una ideología hedonista autosuficiente, pero también unos rasgos feroces y sustancialmente represivos [...]. Este nuevo Poder, que todavía no tiene un representante y es el resultado de una mutación de la clase dominante, en realidad –si queremos conservar la vieja terminología– es una forma total de fascismo. Además, este poder también ha homologado culturalmente Italia. Es una homoogación represiva...”.

Dialecto y cuerpos

El dialecto (y, junto a él, la creación de lenguaje) y los cuerpos no burgueses son para Pasolini las dos formas principales de resistencia al fascismo como homogeneización cultural y lingüística. Parecen dos caprichos nostálgicos, pero Pasolini argumenta ambas resistencias de un modo muy inteligente.

Sobre la primera escribe en una carta a Allen Ginsberg de 1967: “Mucho mejores tus palabras, y ya te dije por qué. Porque tú, al rebelarte contra los padres burgueses asesinos, lo haces quedándote dentro de su mismo mundo... clasista (sí, en Italia nos expresamos así), y por tanto estás obligado a inventar de nuevo y por completo –día a día, palabra por palabra– tu lenguaje revolucionario. ¡Todos los hombres de tu América están obligados a ser inventores de palabras para expresarse! En cambio, nosotros aquí (incluso los que tienen 16 años ahora) tenemos ya hecho nuestro lenguaje revolucionario, con su moraleja dentro”.

Sobre la segunda, la fisonomía, dice: “Hay locos que se fijan en las caras de la gente y su comportamiento. [...] Saben que la cultura produce códigos; que los códigos producen el comportamiento; que el comportamiento es un lenguaje; y que en un momento histórico en que todo lenguaje verbal es convencional y está esterilizado (tecnificado), el lenguaje del comportamiento (físico y mímico) adquiere una importancia crucial”.

Acaso Pasolini cayera dentro del mismo saco que románticos idealistas con respecto a su idea de pueblo. Pero creemos (y hemos sostenido) que no es así. Quizá sea un constructo (¡lo es! ¡y qué no!) pero entonces nos acordamos del dictum de René Char y nos quedamos pensando otro rato: “Obedeced a vuestros puercos que existen. Yo me someto a mis dioses que no existen”.

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