Los nervios de Flandes

Angelo Scola, tifoso del Milan y papa en Wikipedia durante unos minutos, se perdió el partido de octavos de final de su equipo frente al Barça, que coincidió con la primera jornada del cónclave. Los actos previos a la misa de consagración del papa Fran­cisco tampoco le permitieron asistir a la salida de la Milán-San Remo. Más se perdió en Roma. En su caso, es literal.

A modo de calendario litúrgico, ofrecemos una breve semblanza de los cinco hitos del ciclismo clásico. Las fechas corresponden al presente año, pero apenas varían de un año a otro.

28/03/13 · 8:29
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Tete de la course.

Angelo Scola, tifoso del Milan y papa en Wikipedia durante unos minutos, se perdió el partido de octavos de final de su equipo frente al Barça, que coincidió con la primera jornada del cónclave. Los actos previos a la misa de consagración del papa Fran­cisco tampoco le permitieron asistir a la salida de la Milán-San Remo. Más se perdió en Roma. En su caso, es literal.

A modo de calendario litúrgico, ofrecemos una breve semblanza de los cinco hitos del ciclismo clásico. Las fechas corresponden al presente año, pero apenas varían de un año a otro.

Milán-San Remo

El tercer domingo de marzo, la classicissima finaliza en el lungomare Italo Calvino. Tras casi 300 kilómetros de nervios, fuerza y estrategia, sólo la cima de Poggio, a apenas seis kilómetros de meta, supone un obstáculo para la llegada al sprint. El cántabro Óscar Freire ganó en tres ocasiones la prueba. Su imagen en 2004 estirando el manillar y arrebatando la victoria al alemán Erik Zabel, que ya había alzado los brazos, muestra que más de seis horas de pedaleo pueden quebrarse en un descuido.  

Tour de Flandes

El último domingo de marzo, en una tierra inundada durante meses por el gris, la llegada de un día claro se asemeja al cumplimiento de una promesa. Llegan unos rayos de sol y la gente sale a la calle a celebrar que está todavía viva. Pero ese último domingo, incluso si llueve de forma torrencial, la población flamenca inundará las cunetas para esperar el paso de los corredores. Si añadimos un número ilimitado de banderas leonadas, adoquines y barro, el resultado se llama Tour de Flandes. Los muros –cuestas de poca distancia y pendientes imposibles– suelen romper la carrera y desbaratar cualquier pronóstico. El más conocido es el Kapelmuur (el Muro de la capilla). Por alguna razón incomprensible fue borrado de la carrera el año pasado.

París-Roubaix

El primer domingo de abril, “el infierno del Norte” –nombre no oficial de la prueba– espera la llegada de un pelotón dispuesto a circular por las cunetas para evitar los adoquines de lo que en algún tiempo fueron caminos rurales. Existen dos posibilidades: si llueve, el barrizal hará inevitables las caídas; si no llueve, la polvareda hará inevitables las caídas. Para el espectador, en las dos horas finales no hay espacio para el tedio: ataques sin mirar atrás, tramos-trampa y las esperadas emboscadas en el Bosque de Aremberg y el Carrefour de l’Arbre. Sólo la llegada a Roubaix, donde es probable que el ganador circule escapado con una ventaja suficiente, permite al público solazarse en la contemplación de los muros de ladrillo de esta ciudad tan lejana a los cánones de la belleza turística.

Lieja-Bastoña-Lieja

El tercer domingo de abril, el cuarto monumento demuestra que en torno a la ciudad de Lieja es posible trazar un bucle de 260 kilómetros plagado de cotas: subidas que convierten a la decana de las clásicas –data de 1892– en un ir y venir de ataques, reagrupamientos y contraataques. El momento más extraño de la prueba tiene lugar en sus últimos cinco kilómetros. Antes de acometer la última subida, los corredores que disputan la carrera circulan por las afueras de Lieja por un polígono industrial. No hay nadie. El contraste entre el tedio de una tarde de domingo en la periferia de cualquier ciudad y la emoción de la prueba sugieren un instante de duda. Da la sensación de que el corredor escapado va a detenerse en la cuneta a preguntar si de verdad es ésta la carrera para la que lleva entrenándose toda su vida.

Giro de Lombardía

El primer domingo de octubre, cuando la resaca de las grandes vueltas se ha ido apagando, se disputa la última prueba del calendario europeo. Han pasado seis meses desde la salida de la Milán-San Remo y los corredores se reencuentran de nuevo en el mismo lugar como en un acto melancólico de fin de curso. Aunque el recorrido de la prueba suele variar con frecuencia, el aficionado confía en encontrarse con dos imágenes recurrentes: el pelotón bordeando el lago Como y la ascensión a Ghisallo. En la cima de este puerto se encuentra la iglesia en la que se venera a la Madonna de Ghisallo, proclamada en 1948 por el papa Pío XII como patrona universal de los ciclistas. Maillots, banderines y bicicletas decoran su nave a modo de ofrendas.

Desde este santuario, ubicado en la archidiócesis de Milán, bajo competencia de Angelo Scola, el ciclismo contemporáneo inicia cada año su vía crucis invernal.

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comentarios

1

  • |
    Pirri
    |
    29/03/2013 - 12:34am
    Muy correcta y precisa descripción de los cinco &quot;monumentos&quot; del ciclismo, carreras de un dia que no gustan demasiado en este pais, pero que son CICLISMO con mayusculas.<br />
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