Sonidos periféricos
Músicas del gueto: entre el sudor y el saqueo

La capacidad de mantener la alegría define un buen puñado de músicas llegadas desde los barrios pobres globales.

08/11/12 · 16:29
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Hay una línea de bajo que nunca se apaga. Suena en las villas miserias argentinas, en las favelas brasileñas y en los autobuses de línea de Luanda. El retumbe de los graves cruza cada día el Atlántico para conectar Kingston con la emigración en Londres y los barrios latinos de Europa con México DF, Cartagena de Indias o Buenos Aires. Ese bajo también zumba en los clubes pijos de Ibiza, Las Vegas o Shangai. Hace al menos una década que el sonido dominante para bailar es el global bass, una bestia mutante que se alimenta de la creatividad de las zonas marginadas de Nueva Orleáns, Atlanta o San Juan de Puerto Rico. Las fiebres del bounce, reggaetón, crunk y moombahton se suceden y superponen sin descanso. Estrellas globales como Calle 13, Pitbull y Don Omar construyen su discurso apoyados en la música de “los de abajo”.

El siglo XXI llevó a los barrios pobres un mayor acceso a la tecnología. Bastó ese pequeño cambio para confirmar que podían competir con cualquier producción de la industria discográfica occidental. Las grandes estrellas, al menos las más espabiladas, se han apuntado al carro, con diversos grados de dignidad. Madonna, la peor, plagió sin permiso al artista de technobrega João Brasil. Más pragmática, Shakira encarga sus bombas veraniegas al reggaetonero El Cata, autor de Loca o Rabiosa. Siempre a la penúltima, el rockero Andrés Calamaro intenta conectar con el público popular colaborando con Pablo Lescano, rey de la cumbia villera.

Las músicas del gueto destacan por su sustancia política. A veces, de manera explícita, como pudo comprobarse con el hip hop gángster de EE UU Las músicas del gueto destacan por su sustancia política. A veces, de manera explícita, como pudo comprobarse con el hip hop gángster de EE UU, los rabiosos raperos de las banlieues francesas o el colectivo venezolano Hip Hop Revolución. Cualquier sociólogo que quiera conocer la realidad de estos barrios tendrá que recurrir a las rimas de artistas como NWA, Immortal Technique o Supreme NTM. Otras veces, la reivindicación consiste en conservar la alegría y sentimiento comunitario frente a los sueldos de miseria, jornadas extenuantes y políticas de exclusión. Si lo único que te dejan tener es tu cuerpo, habrá que exprimir al máximo el placer que te proporciona. Incluso en las músicas más festivas hay mensajes sociales rotundos. Basta escuchar el himno Modern Day Slavery del jamaicano Busy Signal o la desafiante Loíza, donde el puertorriqueño Tego Calderón recuerda que en su calle falta la justicia desde la colonización española. La champeta colombiana es otro estilo claramente enraizado en las comunidades originales de esclavos africanos.

Por desgracia, España ha acogido esta revolución sonora con frialdad. Desde mediados de los 2000, la mayoría del público despachó con desprecio la fiebre del reggaetón. Se han registrado incluso incidentes delirantes: en 2004 el periodista, DJ y gestor cultural Luis Lles fue desalojado de una cabina en el festival Monegros por atreverse a pinchar el éxito de Lorna Papi Chulo (el censor fue un ejecutivo de Máxima FM, emisora de la SER, patrocinadora del evento). Gran parte de la crítica musical y el público más selecto sigue tratando con desdén a Manu Chao, la primera estrella que consideró que la vida de los migrantes merecía inspirar un disco entero, el sensacional Clandestino (1998).

Dentro de los festivales indies, ha provocado polémica la inclusión en el cartel de artistas sudamericanos como Julieta Venegas (Benicassim 2011 ) o Calle 13 (Sonorama 2012). Temazos tan adictivos como Inténtalo (3Ball MTY) o Abrázame (Los Rakas) tenían todos los ingredientes para convertirse en canción del verano en España. Si no lo han conseguido es porque ninguna discográfica, radiofórmula o revista se ha interesado por ellas. ¿Tenemos un problema de racismo cultural a la hora de acercarnos a estas músicas? Quien pretenda responder con un “no” tendrá que sudar tinta para argumentar su posición.

TRES CONCEPTOS CLAVE

 

Sound system

Traducible como “sistema de sonido”. Son las potentes torres de altavoces con los que se difunden estas músicas en la calles, plazas o centros sociales, entre otros lugares. Su aportación ha sido clave para la difusión de la música electrónica, dominante en todo el planeta desde los ‘90 (también fueron esenciales en la difusión del hip-hop). Los sistemas de sonido han sido la mejor idea para dinamizar y democratizar la circulación de música.

 

Bajos

Mientras la industria y la crítica convencional apuestan por las melodías, arreglos y la presunta “calidad literaria”, los géneros de barrio exploran los mil matices del retumbar de un bajo. Estar conectados por este sonido faci- lita el acercamiento de géneros. Véase el ejemplo de Arular (2005), el disco donde la estrella pop M.I.A. fusionaba The Clash, Missy Elliott y el Miami Bass con el funk de las favelas brasileñas.

 

Viralidad

Los éxitos del gueto se hacen populares sin necesidad de la industria cultural. Su difusión es principalmente viral, usando mixtapes, blogs o soundclouds. Artistas sin contrato discográfico pueden arrasar en YouTube registrando millones de visitas. En la última década el fenómeno más impresionante es el de la resurrección de la cumbia, un estilo popular que lleva siete décadas mutando por toda América Latina.

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