Sólo tres palabras
A las mujeres africanas.

ITZIAR PASCUAL, autora teatral. Este texto inédito forma parte de un proyecto sobre el SIDA promovido por la compañía Dante, que dirige Adolfo Simón.

18/05/06 · 13:20
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// ALBERTO VELASCO

MUJER: Perdone. Disculpe. Sólo tres palabras.
Yo no soy la persona que parezco ser.
(Niega y sonríe) Yo no soy de aquí.
Soy de Mbour, sí, Mbour es mi ciudad.
Está en la región de Thies, ¿le suena?
¿No ha oído hablar de los Guardianes de Thies?
En La Pequeña Costa, de luz y arena blanca.
¿No sabe dónde está La Pequeña Costa?
Pues existe, yo vengo de allí, está...
Allí donde crecen los mangos y los baobabs.
Allí donde las redes siguen trayendo pesca.
Allí donde quedan más niños que ancianos.
¿A que parezco blanca? Pues no lo soy.
Tengo la piel oscura como la de las cabras.
Soy de la etnia wolof, la más hermosa,
La que procede de los Mandinga, ¿le suena?
Parece que hablo su idioma, incluso con su acento.
Pero le hablo en lengua wolof, la de los míos.
El wolof se dice, se habla, pero no se escribe.
Sirve para contar historias y para imaginarlas.
Parece que soy letrada, uso palabras de ricos.
Pero mis palabras hablan de la noche y del fuego.
Parece que compro la comida en el supermercado.
Parece que tengo tarjetas de crédito y débito.
Pero compro el pescado ahumado en Mbour.
Y el olor de los peces muertos se funde con la basura.
A veces, algunas veces, compro plátanos en las cunetas,
A las mujeres que venden fruta en los caminos de polvo.
Casi siempre como arroz hervido y pescado ahumado.
También he comido pollo, pero ya casi no me acuerdo.
Parece que tengo zapatillas Nike y vaqueros Levis
Pero visto telas de colores que me envuelven el cuerpo.
Parece que soy joven y fuerte y sana y hermosa, ¿verdad?
Pero, ¿sabe? yo sé que hay algo que me está comiendo.
Yo sé que es una bestia que se me ha metido en la sangre.
Desde que la bestia se metió en mi cuerpo no me deja vivir.
Es un cebú que unas veces pace calmo y otras, me ataca.
Mi marido llegó a casa una noche tarde y trajo el cebú consigo.
¿Sabe? En Mbour, en la región de Thies, en La Pequeña Costa,
los dineros que su gobierno da para el desarrollo no llegan.
Llega la televisión, el satélite, el Real Madrid, Raúl, Beckham.
Llegan todas esas cosas que son tan importantes, tan necesarias.
Pero el dinero de las medicinas, las medicinas mismas, no llegan.
En el muro del dispensario de salud de Mbour está escrito en francés.
“El remedio al SIDA es la castidad sexual”. Claro que yo no sé leer.
No leo en francés, ni puedo pagarme el dispensario médico de Mbour.
Yo sólo sé que guardo un cebú que me embiste en la noche.
Me clava sus cuernos y me arrastra entre los caminos vacíos.
Yo parezco una mujer de su raza, de su lengua, de su ciudad.
Una mujer sana, joven, guapa, prometedora, con futuro. ¿Verdad?
Qué fácil sería amarrar el cebú que me embiste en la noche.
Qué fácil atarlo, dejarlo atado y sereno mientras termina el día.
Pero debe de ser muy difícil, imposible, una cuestión inalcanzable.
Si en mi ciudad, mi región, mi país, mi continente, morimos tantas.
Si nos dejan pudrir como los pescados al sol de La Pequeña Costa
Y en las mezquitas y las iglesias nos ofrecen rezos a los dioses.
Pero los rezos, señor, no calman al cebú que llevo dentro.
Y yo sé que pronto le sabrán a poco mis carnes y mi piel oscura.
Así que he decidido hacerme blanca, europea, legal, bilingüe y rica.
Para no tener que rezar a los dioses ausentes.
Para no esperar a que lleguen las medicinas que no llegan.
Para no creer que lo más importante es la Champions League.
Y para poderle decir que voy a curarme.
Sin tener que usar el wolof, que es lengua de cuentos, pero no de Historias.
(Niega y sonríe) Voy a curarme, señor. Voy a curarme.
¿Lo ve? Sólo son tres palabras.

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