PANORAMA // LA OBRA DE UN EXPLORADOR DEL LENGUAJE CINEMATOGRÁFICO
Los misterios de David Lynch

Amado y odiado a partes iguales, David Lynch es autor de una obra repleta
de imágenes hipnóticas y alucinadas e historias que siguen la lógica de los
sueños. Mientras esperamos el estreno de su última película, ‘Inland
Empire’, que promete ir todavía más allá en la senda de la experimentación,
es momento de repasar su filmografía e invitar al lector a sumergirse en ella.

15/10/06 · 0:07
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30 AÑOS TRAS LAS CÁMARAS. Este año se cumplen tres décadas del primer largometraje de David Lynch, ‘Cabeza borradora’.

Nadie con un talante
artístico como
David Lynch, tan
controvertido a la
vez que carismático, ha sabido
forjarse una imagen de deconstructor
del lenguaje cinematográfico.
Su incursión
dentro del cine vino precedida
por su pasión por el arte
pictórico. Ahora es el momento
en el que el mundo artístico
le respeta gracias a su
premio honorífico en el Festival
de Venecia 2006, pero ve
con incredulidad la transfiguración
de su universo en algo
más que una mera yuxtaposición
de imágenes abstractas.

Inland Empire, su última película,
se presentará al público
español dentro del homenaje
que se le va a realizar en
el Festival de Sitges (del 6 al
15 de octubre), y muestra la
fase de experimentación más
extrema y radical del autor
norteamericano, ya que el director
es productor por primera
vez desde el inicio de
su carrera y por el uso de la
cámara digital, que hizo posible
reducir los costes de
producción.

El James Steward de Marte,
como así le llaman en Hollywood,
aproxima su creación
desde una óptica que,
lejos de ser incoherente e
ilógica, es producto de su
tiempo. A finales de los ‘70
hizo de Cabeza Borradora
la primera experiencia sonora.
Con ella consiguió que
el cine moderno dinamitara
sus cimientos al saberse
que, ante todo, el arte cinematográfico
es pura sensación
y, como tal, un simulacro de
lo real, una realidad fingida
que necesita del espectador
para ser comprendida.

De ‘Eraserhead’ a
‘Inland Empire’

Lejos de representar el colmo
de la posmodernidad, Lynch
construye relatos, y por increíble
que parezca, pone de manifiesto
unas claves que cuestionan
las grandes historias.
Sus héroes, con el transcurso
de la acción, se convierten en
antihéroes a consecuencia del
desorden de su mundo, ocasionando
un desdoblamiento
que quebranta las normas de
la lógica. Y cuando el lenguaje
deja de explicar lo real surge
la distorsión, lo irreal y lo imaginado.
La fragmentación a la
que se ven sometidas sus obras,
desde Carretera Perdida
hasta Mulholland Drive, pasando
por la siniestra Twin
Peaks: Fuego, camina conmigo,
son el origen de un no retorno
de unos personajes sacudidos
por una desorientación
marcada por el compás
de unos acontecimientos históricos
que no consiguen ser
representados.

El siglo XXI es una mirada
que ya no responde a lo que
es mirado, tan múltiple, variada
y relativa que el sujeto que
mira ya no puede contener
tantas multiplicidades. Si los
siglos anteriores eran producto
de una esquizofrenia sobrevenida
por las alteraciones de
una realidad que no es asimilada
por las sociedades -póngase
el caso de la novela de
Robert Louis Stevenson El extraño
caso del Dr. Jekyll y Mr.
Hide (1886); en la actualidad,
los procesos de la identidad
son más frágiles que nunca,
debido a que los humanos somos
especialmente vulnerables
a que los espacios de la
locura accedan poderosamente
para derribar las barreras
de una realidad desvanecida
por una incoherencia emocional,
histórica, política, geográfica,
económica...

David Lynch ha trasladado
este sentir a sus obras, para
ello ha puesto en duda el
principio de toda verdad del
lenguaje cinematográfico, la
verosimilitud, es decir, el
axioma fundamental para
que se pueda decir qué es lo
real o cuál no, o si la realidad
que vemos en sus películas
es una información procedente
de la mente del personaje
o del director.
Deteriora la lógica a través
de la amnesia y el sueño como
invasores de lo real. Lynch es
un insaciable creador de realidades
dentro de realidades,
esta es la base de su ambicioso
proyecto artístico. Su lenguaje
cinematográfico pertenece
a la esfera de la memoria,
no a la estructura lineal de
los procesos del relato. Es aquí
cuando introduce insertos que
no significan nada o aportan
poco a la significación de una
determinada escena, su función
es puramente emocional.

Los saltos temporales son
mentales, no espaciales, existiendo
una ambivalencia de
fronteras entre lo real y lo soñado
que permiten dibujar
paisajes humanos. Es aquí
cuando el análisis de su obra
cobra una amplísima cobertura
al presentar los procesos reales
como síntomas de algo simulado,
cuyo original ya no
puede ser fotografiado. La incesante
búsqueda de una
identidad de los personajes
lyncheanos es síntoma de la
fractura de la memoria deformada
por la velocidad de las
circunstancias, apremiada por
los discursos contemporáneos
de una movilidad acuciante,
vacía, sin sentido y ‘fantasmática’.
Al romper el principio de
verosimilitud, su cine no narra,
ni describe, ni filma lo que
se ve, sino que transcribe lo
que sienten los personajes.
Estrategias que fecundan un
proceso encaminado a demoler
la narrativa moderna y recomponer
en la medida que se
pueda un puzzle nuevo que
oriente y defina los rumbos
del nuevo milenio. Por ello, los
sonidos en sus películas no
acompañan a la imagen, ya
que su intencionalidad está
por encima de lo que se observa
y la puesta en escena es una
proyección de los personajes
que pone en relación con los
aspectos morales y éticos de
sus acciones.

La intertextualidad de sus
trabajos cinematográficos genera
un profundo debate entre
la comunidad intelectual,
al considerar que sus obras
nombran los problemas de la
sociedades postindustriales,
pero no las definen, dejando
en evidencia el poder simbólico
del relato. En definitiva,
Lynch juega con el cine de forma
caprichosa, somete lo real
a pura ficción para desvelar
las paradojas y contrastes de
un mundo en el que la palabra
ya no está capacitada para
nombrar los procesos de la realidad.
La maestría del autor
sobrevive al proponer un metalenguaje
genuino que desvela
la insatisfacción contemporánea
latente en cada imagen
de sus películas, poniendo
de manifiesto que la propia
insatisfacción es el motor generador
de un consumo (visual,
artístico, material, sensitivo)
cíclico y absurdo que jamás
concluye en los misterios
del alma humana. Walter Benjamin
decía “que el fragmento
es lo máximo de realidad que
podemos aprehender”. David
Lynch se empeña en recomponer
en un todo la imposible
tarea de dibujar la cartografía
de un mundo roto por una lógica
desvanecida por una cultura
(posmoderna) que premia
la multiplicidad.

FILMOGRAFÍA

Cortometrajes

¬_ Six Figures Getting Sick
(1967)

¬_ The Alphabet (1968)

¬_ The Grandmother (1970)

¬_ The Amputee (1974)

Largometrajes

¬_ Cabeza Borradora (1976)

¬_ El Hombre Elefante (1980)

¬_ Dune (1984)

¬_ Terciopelo Azul (1986)

¬_ Corazón Salvaje (1990)

¬_ Twin Peaks: Fuego, camina
conmigo (1992)

¬_ Carretera Perdida (1996)

¬_ Una Historia Verdadera
(1999)

¬_ Mulholland Drive (2001)

¬_ Inland Empire (2006)

Televisión

¬_ Twin Peaks (1989)

¬_ American Chronicles
(1990/91)

¬_ On the Air (1991/92)

¬_ Hotel Room (1993)

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