LA CULTURA DE LA TRANSICIÓN
De mamoneo ochentero y putrefacciones actuales

¿Es posible coquetear con el mercado ¿y seguir haciendo “arte útil”? El escritor Kiko Amat tiene claro que la respuesta es ‘no’.

01/07/11 · 8:00
Edición impresa

Le empequeñece a uno el estar
rodeado de firmas tan insignes
como las que rubrican los espléndidos
análisis sobre la
Cultura de Transición y las
aguas del mamoneo ‘80s; aguas
que descargaron en nuestras
 puertas muchos de los barros
que pringan nuestros presentes
zapatos espirituales. Desearía
atinar de una forma tan preclara
y certera, pero –tras rebuscar
con desesperación en mi
bolsa de armamento dialéctico–
me siento incapaz de siquiera
rozar tales cúspides. No, lectores:
en el presente artículo
hallarán solo exabruptos, denuncias,
 berridos y acusaciones
furibundas. Y un par de
panegíricos enloquecidos.
Pues, aquí donde me ven, yo soy
de pueblo y muy bruto, y vengo
de una época en que las desavenencias
se saldaban a sillazos.

"Los protagonistas de esa cultura eran lo peor de cada casa, los advenedizos, los farsantes, los charlatanes"

Pues bien: existe una razón
–perfectamente explicada por
los pensadores antes mencionados–
por la cual tantos jóvenes
 ochenteros ignoraron y despreciaron
de manera augusta la cultura
oficial de la post-movida y
la Cultura de la Transición, los
fastos achampañados de las
concejalías de cultura y las inauguraciones
 de otra birria informe
 esculpida en latón para la
enésima plaza de pueblo de
ayuntamiento sociata: era BASURA.
Basura subvencionada,
inútil, inane, sin alma ni coraje
alguno, mercantilista y clientelista,
que no representaba otra
cosa que el afán de lucro y la celebración
de la fiesta-por-la-fiesta
de sus adalides. La confusión
entre “espiritual y espirituoso”,
que diría Sánchez-Ferlosio. Los
participantes en dicho circo no
eran grandes músicos, escritores
ni pintores, sino lo peor de
cada casa, los advenedizos, los
farsantes, los charlatanes apolíticos
y los miserables. Por consiguiente,
la cultura resultante de
su “trabajo”, aquella cultura que
reposaba sobre demenciadas
subvenciones e inauguraciones
fastuosas, era muy parecida al
arte que generó el III Reich: estéril,
rectilíneo, desprovisto de
toda emoción o valentía, banal,
muerto. Arte cuya única función
era la propaganda, y que no obedecía
al menor impulso humano
de compasión, emoción, empatía
o entusiasmo.

No es extraño que tanta gente
de mi generación creciera considerando
que toda colaboración
con el establishment era un beso
de la muerte en cuanto a actitud y
principios, y tampoco sorprende
que de 1979 a 1990 Barcelona
estuviese infestada de fanzines
autopublicados, grupos que ni
rozaron las publicaciones musicales
mayoritarias, subculturas
que proliferaron furiosamente
sin el menor contacto con la industria
o el comercio. Fue aquella
educación (ergo: que el cheque
en blanco que nos tendía el
imbécil de turno con traje bolsudo,
peinado acaracolado a lo
Simply Red y carné del PSC era
el mayor suicidio emocional y
espiritual que podíamos llegar a
practicar) la que nos mostró los
peligros inherentes con que trajinaba
la “cultura oficial”. Y gracias
a lo fraudulento, feo, pasajero
y mezquino de la “Cultura
de la Transición” y sus discos/revistas/
exposiciones/estatuas inmundísimos
hoy insistimos en
seguir arrugando la nariz cuando
nos enfrentamos a un nuevo
showcase esponsorizado, un
festival con marca colosal adherida
a sus pasquines y escenarios
o cualquier otro repugnante
ejemplo de cultura mercantil. Y
nos preguntamos, tan azorados
como furiosos, ¿cómo puede no
parecerles obsceno y asqueroso
a estos cretinos con guitarras el
hecho de que todos los carteles
de su gira lleven el logotipo gigante
de una empresa de gafas
o pantalones cursis? ¿Cómo puede
ser que nadie de ellos vea que
esto es –no hay otra forma de decirlo–
poner el culo, o –déjenme
ser más bestia aún– “chuparle la polla a Satán” (lo dijo Bill Hicks),
y que no hay manera humana de
emerger digno de algo así, sino
manchado para siempre, tras
haber mancillado de forma irreversible
algo tan elevado y maravilloso
como es la música pop?

"Seguimos arrugando la nariz cuando nos enfrentamos a un nuevo showcase esponsorizado"

Francisco Casavella vio esto,
y jamás colaboró con El Mal. Y
como él, muchos otros artistas
(escritores, músicos, lo que
sea) seguimos firmemente convencidos
de que cualquier tipo
de colaboración con el mercado,
las empresas privadas de
ocio, las marcas de ropita y
cachivaches sónico-automovilísticos,
son la definitiva muerte
del arte puro y útil. Asimismo,
del mismo modo que
unos cuantos majaras opinamos
esto, otros muchos minimizan
tal claudicación, considerando
de forma algo estulta
que no sucede nada si uno se
deja comprar una pizca por las
corporaciones y los empresarios,
y que al fin y al cabo el fin
último es vender más discos.
No les hagan caso: venderse es
morir, y todos ellos (y el putrefacto
arte que hayan producido
en su tiempo) descenderán un
día u otro al más flamígero y
chamuscante de los infiernos.
Se lo prometo.

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comentarios

4

  • |
    anónima
    |
    03/07/2011 - 6:09pm
    <p class="spip">Qué a gustito te has quedao y que descansaíto me quedo después de leer esto.</p> <p class="spip">Grande, Kiko</p>
  • |
    anónima
    |
    03/07/2011 - 1:42pm
    Sí claro, pero él a publicado su último libro en la editorial Mondadori, que si no me equivoco es propiedad de Berlusconi.
  • |
    anónima
    |
    02/07/2011 - 9:53pm
    Menudo artículo. Plagado de neologismos chocantes, sobreentendidos, metáforas indescrifrables... Oscila entre lo lo pedante y lo coloquial con una facilidad desconcertante. En fin, hacía bastante tiempo que no leía un artículo tan deslavazado. Aunque tenga toda la razón, creo que merece la pena explicarse con un poco más de cuidado. No obstante, gracias por su sentido crítico.
  • |
    anónima
    |
    01/07/2011 - 10:23am
    Yo tampoco. <strong class="spip">Santiago Mercado</strong>
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