FOTOGRAFÍA
Luces y sombras de la modernidad

El libro Yo disparé en los ‘80, editado por
Munster Books, aporta el testimonio gráfico
de una década tan desfasada como imaginativa.

23/04/12 · 6:16
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Pepe Risi, de los Burning, durante un concierto. Foto Marivi Ibarrola

Igual que unos padres que, por
temor al trauma, consienten a
sus hijos, se comportó la sociedad
española durante la década
de los ‘80. Obedeciendo al
lógico movimiento pendular,
tras la muerte del dictador, recorrimos
el espacio que va de
la represión al “vale todo” en
cuestiones artísticas
. Si bien
dentro de aquella amalgama
surgieron altas dosis de talento,
también hubo algún pescador
de río revuelto que edificó
una carrera al socaire de
la recién estrenada libertad
de expresión. Pocas voces se
alzaron a criticar durante
aquella década a los que se
dedicaron a tomarnos el pelo
y conviene dar a cada cual lo
suyo: no se pueden meter en
el mismo saco las canciones
de Derribos Arias o Radio
Futura
, que a cuatro caraduras
en bañador y con orinales
por sombrero, tratando de
emular a Devo.

Madrid fue el lugar escogido
para la gran quedada del
resto de las Españas. Con la
excepción del rock radical
vasco que hizo la guerra por
libre, todos coincidieron en
algún momento por el foro:
autóctonos y llegados de otros
lares.
Era el momento de repartir
cartas y cada cual hizo
su apuesta: Alaska con los
Pegamoides intentaba seguir
los pasos de Siouxie, a
Auserón se le veían las costuras
de David Byrne, Los Nikis
como unos Ramones de
Algete e incluso productos genuinos
como los primeros
Gabinete Caligari o Derribos
Arias referían a Joy Division.
Así las cosas la guerra de géneros
estaba servida.

Bajo la denominación de
Hornadas Irritantes se agruparon
una serie de grupos de tendencia
roquera y gamberra como
Glutamato Ye-Yé o
Siniestro Total. Los que se escoraban
hacia el pop recibieron
el calificativo de “babosos”
y en sus filas se integraban
gente como Los Secretos,
Mamá o Golpes Bajos (para
colmo, nacidos de la deserción
de Germán Copini, primer vocalista
de Siniestro).

La disyuntiva era semejante a
la pregunta ¿follar o enamorarse?
Del cinturón metropolitano
llegaban las propuestas de rock
& roll mucho más ortodoxas
aunque no exentas de calidad y
talento, caso de Burning o Leño.
Y el punk que en su deriva ibérica
mezclaba las crestas con
los cantos regionales: con
Eskorbuto, La Polla Records,
Larsen o Espamódicos.

¿La edad de oro?

Parece mentira que la improvisación
y las ganas de juerga
dieran lugar a algo perdurable,
pero así fue. Cuchitriles,
como el Agapo o el Penta, se
transformaron en los CBGB’s
malasañeros. Astutos periodistas,
como Jesús Ordovás o
Paloma Chamorro, se olieron
la trascendencia del momento
y plataformas insólitas, como
el programa infantil La Bola
de Cristal, actuaron como altavoces
de un movimiento
prolijo y provechoso.

No soy de los que tienden a
culpar al sistema, pero hay
que admitir que la reinstaurada
democracia tuvo bastante
que ver en este florecer creativo.
Sobre todo los presupuestos
de las fiestas patronales y
otros eventos municipales.
Encabezados por Tierno Galván,
la mayoría de alcaldes de
la piel de toro sufrieron su deriva
del pasodoble al moderneo:
había que ser moderno al
precio que fuera y gracias a
ello hicieron carrera Loquillo
y los Trogloditas, Ilegales o
Burning. Aquello duró toda
una década, antes de que las
plazas populares se poblaran
de “triunfitos” y dejaran a dos velas a los hijos del rock &
roll, tal como relataba Josele
de Los Enemigos en una entrevista
reciente. La música
moderna durante los ‘90 quedaría
relegada a la sala (club
para los esnobs) y al festival
veraniego con epicentro en
Benicàssim. Había terminado
la boda gitana de la que deja
cumplida cuenta el libro Yo
disparé en los ‘80
a través de
las instantáneas de Mariví
Ibarrola.

Las crónicas del momento
narran que la ciudad de
Madrid era una fiesta y, como
a todo guateque que se precie,
acudieron gorrones que, con
su orinal en la cabeza, tomaron
el pelo al personal a base
de bien
. No nos extenderemos
en nombrarlos pero ahí estuvieron,
al amparo de la relajación
de costumbres, la juerga
colectiva y la subvención.

También de la Factory de
Andy Warhol salieron obras
maestras como el primer disco
de la Velvet Underground o
tomaduras de pelo, como el vídeo
en que una modelo dormía
una siesta de seis horas.
Que cada cual escoja. //

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Pepe Risi, de los Burning, durante un concierto. Foto Marivi Ibarrola
Pepe Risi, de los Burning, durante un concierto. Foto Marivi Ibarrola
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