EL COMPONENTE DE THE KINKS PRESENTA NUEVO DISCO
La trayectoria de Ray Davies: el rayo que no cesa

La voz cantante de los míticos
The Kinks afianza su carrera en
solitario con su segundo trabajo
en solitario con aires sureños,
‘Working man’s café’.

10/01/08 · 0:00
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No había mucho
que rascar en el
suburbio londinense
de Muswell
Hill durante la década de los
‘60. La población deambulaba
de la fábrica a casa, pasando
por el pub, mientras
uno de sus vástagos, Raymond
Douglas Davies, se las
arreglaba para componer, en
el piano familiar, You really
got me, uno de los hits más
versionados de la historia de
la música pop. Su célebre riff
es obra de su hermano, Dave,
con el que recientemente había
fundado The Kinks.
Aunque, hasta el momento,
la trayectoria de la banda podría
definirse de errática (algunos
singles estilo Merseybeat
y una versión de Little
Richards), The Kinks no iban
a conformarse con eso.

Atravesando con una aguja
de punto el amplificador de
su guitarra, encontraron el
sonido que andaban buscando
para The Kinks. Peter
Quaife y Mick Avory completan
la formación de una de
las mayores fábricas de singles
de la historia y firman
discos gloriosos. Kinks,
Kinda Kinks y Kontroversy
son discos potentes, de aroma
garagero, una sucesión
de melodías eléctricas capaz
de producir la mejor de las
adicciones, pero la carrera
no había hecho sino comenzar.
Y Face to face y Something
else, sus siguientes
trabajos, lo confirman. La colección
de éxitos por minuto
es de vértigo: Sunny afternoon,
Waterloo sunset, Autumn
almanac, Well respected
man… no caben mejores
credenciales.

Tras el preceptivo disco en
directo (Live at Kelvin Hall),
Davies podía haberse dormido
en los laureles, pero su inquietud
le lleva a firmar dos
obras fundamentales: The
Village Green Preservation
Society (1968) y Arthur or the
decline and fall of the British
Empire (1969). Discos maravillosos
e imperecederos,
donde da rienda suelta a sus
obsesiones tan británicas, tan
proletarias, tan humanas. El
primero es una burla, en forma
de homenaje, a esa tradición
británica de la que, gusten
o no, forman parte. Como
ya es habitual en Davies, lucidez
y nostalgia en estado puro.

De Arthur se dice que era
la banda sonora para un telefilm
que nunca se llegó a rodar:
el disco retrata la vida
agridulce de un Juan Nadie
británico y se desgrana en joyas
costumbristas como Victoria,
Nothing to say o
Shangri La. Después vendrían
Lola vs. Powerman and the
Money go round y Muswell
Hillbillies, su particular tributo
al blues.

That’s entertainment!

Al final todo artista tiende a
evolucionar, eso que tan mal
se les daba a los Ramones. Y
tras tocar tanta cumbre, cunde
el desconcierto cuando
Davies y los suyos se pasan
parte de los ‘70 enredados entre
el vodevil y la ópera rock.
Afortunadamente, su fina ironía
le impide despegar los
pies de la tierra y entregarse a
visiones mesiánicas. Son los
años de Preservation, Schoolboys
in disgrace o Soap opera.

La gráfica de genialidad
desciende pero, en toda la
obra de Ray Davies, puede
rastrearse su mirada, heredera
de la de Dickens o Chesterton.
Y las melodías, que salvan
a la banda de la catástrofe
total durante los confusos ‘80,
cuando el sonido de The
Kinks ya en poco recuerda al
de sus días de gloria.
En 1993 Phobia supone el
canto de cisne de The Kinks.

Un digno cerrojazo, con
canciones que merecían
más atención de la que
obtuvieron (ninguna). To
the bone aparecerá años
después como recopilatorio,
a base de versiones de
éxitos atemporales. Como
reza el poema, siempre quedará
la belleza en el recuerdo.
Davies desaparece un tiempo,
para regresar con un libro
bajo el brazo: X-Ray, su propia
“biografía no autorizada”,
y se sube a los escenarios para
leernos algunos párrafos.
Además, ameniza a la platea
con parte de su clásico repertorio
en formato mínimo, de
una o dos guitarras.

Después del revival, nuevo
silencio creativo. Se tienen noticias
de sus frecuentes viajes
al sur de EE UU, donde conocemos
que ha sido víctima de
un tiroteo en plena reyerta callejera.
Todos nos preguntábamos
qué buscaba Ray a orillas
del Misisipi, pero hasta 2006
no muestra los frutos de su inmersión
sonora. En Other people’s
lives se pueden rastrear
los ritmos de Nueva Orleáns y
ciertas sonoridades latinas.
Algo debe andar moviéndose
dentro de la cabeza del artista
para que, en poco más de un
año, nos entregue este Working
man’s café que no es sino
la continuación del anterior,
con una producción más acorde
al género rockero, de aires
sureños, que ahora practica.
Que sea por mucho tiempo.


UNA NOCHE CON RAY DAVIES

En la última visita
de Ray Davies a
Madrid, recuerdo la
decepción al contemplar
el aforo de
la sala: algo más
de 200 personas
en un recinto que,
días antes, habían
abarrotado los Artic
Monkeys. La decepción
se disipó al
comprobar que los
convocados éramos
pocos pero fieles.
Davies acudía con
su primer trabajo
en solitario y temíamos
que antepusiera
su Other
people’s lives a su
repertorio de clásicos.
Más listo que
el hambre, supo
dosificarse manejando
a la platea
a su antojo, colando
alguna de sus
nuevas composiciones
entre un grueso
de canciones
incombustibles
que no paramos
de saltar y corear
hasta quedar afónicos
y exhaustos.

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